Ellos llegaron desde una galaxia muy lejana… para salvarnos. En el espacio profundo, un agujero negro ha colapsado. La Tierra arderá y nuestro sistema solar desaparecerá. Mientras tanto, en Galicia, un grupo de antropólogos encontrará un extraño petroglifo, que hará que descubran un secreto escondido durante milenios. Ese secreto les llevará a los confines del cosmos en busca de respuestas, en un universo donde nada es lo que parece. Nuestro planeta se extingue. ¿Podrán salvarlo?
– AUTOR –
Nací en 1966, el mismo año en el que el mundo conoció al Capitán James T. Kirk y al resto de los tripulantes de esa maravillosa nave interestelar que era el Enterprise. Mi fascinación sobre el espacio fue alimentándose durante años: las misiones Apolo a la luna, los libros de Flash Gordon, series como Star Trek, Espacio 1999 o V, y como no, ese fantástico universo creado por George Lucas en las películas de Star Wars. Esa admiración por la grandiosidad del cosmos fue tomando cuerpo en un universo imaginario, un universo distinto, peligroso e implacable, pero también repleto de vida.
…Y llegó el momento de compartirlo. Como diría el Sr. Spock «Larga vida y prosperidad».
– GUSTARÁ
A los seguidores incondicionales de la ciencia ficción en sus múltiples propuestas y en cualquier formato visual o narrativo. También gustará a los amantes de las novelas de aventuras con multiplicidad de escenarios y personajes. Agradará a quienes disfrutan analizando y diseccionando actitudes y comportamientos lineales de los personajes. A aquellos que aprovechan cualquier oportunidad para interrogarse sobre qué y quiénes somos, de dónde venimos y cómo fuimos creados. A quienes encuentran nexos y aprecian el esfuerzo para conseguir la vinculación narrativa entre lo real y lo fantástico.
– NO GUSTARÁ
A los que consideran toda la ciencia ficción un género menor, solo “enmarcable” en las páginas de un tebeo o cómic. A los puristas de la densidad literaria y las más completas y minuciosas descripciones de paisajes, métodos, procedimientos y sistemas tecnológicos. Tampoco gustará a quienes prefieren entornos barrocos y profundas descripciones psicológicas de los personajes, cuanto más retorcidos y atormentados mejor. A los que gustan de relatos con multitud de incógnitas que no se revelan y momentos intensos, alternados con otros más planos y reposados.
– LA FRASE
El universo se creó para ser perfecto, y lo que no sea perfecto ya estáis vosotros para solucionarlo”, esta frase ya se ha quedado como el exponente máximo de colaboración entre nuestras dos razas —dijo Makio con voz cansada.
—Pues esto ahora ya no es perfecto y lo sabes, viejo amigo—respondió Planco—. Los Frabontes terminarán por encontrarnos y no podréis con ellos.
—Ya lo sé— contestó el general Makio—. Aunque también sé que, aunque somos muy pocos, la fuerza de un Atlante, de uno solo, podría ponernos en ventaja.
—Todos aquí lo sabemos, tenéis una fortaleza que ninguna raza tiene —replicó Planco—, pero la destrucción de vuestro planeta pesa como una losa, quizás sea el momento de olvidar para luego reinventarse.
– RESEÑA
¿Qué pensó el eminente científico Jor-El cuando tuvo la certeza de que su planeta, Krypton, iba a ser irremediablemente destruido? Es evidente que el futuro de su hijo Kal-El supuso la mayor de sus preocupaciones y también su principal ocupación para preservar al futuro Superman de la extinción. La célebre publicación de Action Comics, creación de Jerome Siegel en colaboración con Joe Shuster en 1938, es probablemente la obra más conocida y la que mejor representa para el gran público del siglo XX el arquetipo del final de una civilización.
Hoy nos asomamos a la novela de G. Vicente Arche, El Cabo del Fin del Mundo, que nos muestra su particular visión sobre la inquietante posibilidad de la total aniquilación de la vida en el planeta Tierra. Una obra con extensa nómina de civilizaciones y razas, cada una con sus peculiaridades, sus actitudes filantrópicas y ocasionalmente sus nefastas ambiciones. Razas y civilizaciones protectoras o destructoras según convenga al caso. El autor, incorporando a su relato los clásicos recursos literarios de la ciencia ficción, como el descifrado de inscripciones, jeroglíficos, textos de leyendas, cuevas misteriosas, sagas, escrituras religiosas y mitológicas, etc. presenta al lector un amplio espectro. La Biblia o el Talmud, los Vedas o el confucionismo, las obras de Erich von Däniken o del controvertido Lobsang Rampa, son mínimas referencias del amplio y variopinto catálogo que El Cabo del Fin del Mundo refleja.
La ciencia ficción casi siempre va más allá de procurar un cierto divertimento al lector y en el terreno audiovisual al espectador. Los autores, guionistas y directores suelen enviar mensajes y códigos que encierran diversos grados de dificultad a la hora de ser aprehendidos y asimilados por los receptores. Ni siquiera en todos los casos los emisores actúan deliberadamente pues, en ocasiones, estos proceden directamente de su subconsciente e incluso de su universo onírico. Se ha dicho que la magia (o la alquimia) de ayer transformó la ciencia del presente y que alucinadas profecías del pasado podrían convertirse, o haberse convertido ya, en catastróficos futuros. Pongamos, como pincelada de muestra, el mensaje de Mel Gibson en su impresionante film Apocalypto.
Podemos escarbar en la Historia o en la Fantasía y siempre, tras el cataclismo apocalíptico, atisbaremos la esperanza. Con Atila a las puertas de Roma, los ángeles tocando estruendosamente las trompetas del Juicio Final o los protagonistas de esta obra en el corazón de la Atlántida, indefectiblemente habrá hombres y mujeres con fe en su futuro. Otra cosa será la forma en que decidan afrontar ese futuro por breve y oscuro que pueda parecer y la influencia en sus comportamientos y actitudes que fuerzas tan poderosas como el amor o su contrario, el desamor, la traición y los celos puedan tener.
Los protagonistas de la obra de G. Vicente-Arche recorren sus páginas con un ritmo y dinamismo tan juvenil (mientras acometen proezas cósmicas, titánicas y universales), que resulta muchas veces más propio de Los tres investigadores de Robert Arthur o de la pandilla de Los Cinco de Enid Blyton por contraposición con el jovencísimo Ender Wiggin de Orson Scott Card o del mismísimo Han Solo y los jedis de Star Wars.
La lectura de esta novela, con estilo sencillo y directo resulta fácil, divertida y amena. Cada cual puede trascender el mero entretenimiento y rebuscar por su cuenta capas más profundas de introspección o metafísica, pues pistas y enunciados, para los menos versados, no faltarán.
Seguramente para la mayoría de lectores hispanohablantes, especialmente españoles, resultará gratificante ver a la cabeza del grupo de héroes plurinacionales o “plurigalácticos” a Santiago, un Vigilante galaico de pura cepa, que aprovecha sus peripecias para transmitirnos las excelencias de su tierra, la hermosa Galicia, que en nuestra opinión todos deberían conocer. Como dijo el poeta Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este”.
¿Qué hacer cuando tu deber no obedece a lo que dicta la razón? Cuando la única solución es separarte de tu familia para que estos no corran peligro… Heinrich y Gabriel son los protagonistas de esta historia cargada de intriga, emoción, guerra, lealtad y amor. Métete en la piel de los personajes y descubre todas sus emociones. En la Alemania Nazi, desde el frente, hasta el holocausto, para finalmente, verte involucrado en un plan arriesgado y complejo ideado para salvar vidas, cuya pieza clave es el libro de un escritor famoso. ¿Cómo acabará todo?
– AUTOR –
– GUSTARÁ
El precio de sus almas será del interés de los lectores de novela histórica contemporánea con una profunda carga didáctica y expositiva. Los hechos sorprenderán a aquellos que no sean duchos en la materia y recordará a los conocedores del Holocausto que el ser humano es capaz de las mayores aberraciones al tiempo que de los gestos de solidaridad y compasión más arriesgados. Interesará también a todos los lectores que quieran ampliar conceptos y sucesos particulares más allá de los grandes temas del género mucho más comunes y conocidos.
– NO GUSTARÁ
A los que prefieren dejar a un lado la cara más oscura del alma humana y centrarse en lecturas más vitalistas, ligeras o acomodadizas. Tampoco será del interés de aquellos lectores más cercanos al vértigo y al dinamismo de novelas que bullen en el suspense o en la acción. El precio de sus almas, para puristas e historiadores, se podría quedar algo corta ya que el relato toma mayor peso en el apartado relacional y dialogante por encima de la minuciosidad descriptiva.
– LA FRASE
«A cada prisionero se le ubicaba en un barracón en función del tipo de insignia que llevara en el traje. A mí y a otros cuatro prisioneros que lucíamos en el pecho la estrella de David amarilla, nos asignaron uno que estaba situado muy cerca de la entrada al campo, exactamente, el barracón número 38. Cuando pisé por primera vez el suelo del cuarto de literas, una sensación de desamparo me embargó por completo. El hedor reinante en la sala se antojaba insoportable y las literas de madera de tres pisos presentaban un estado lamentable».
– RESEÑA
Hoy traemos para reseñar la novela de Manuel S. Pérez, El precio de sus almas. Una novela que indaga en la relación entre la crueldad y la compasión, entre los horrores más ignominiosos de la guerra y las almas salvíficas que intentan adaptarse incluso en el mismísimo infierno sobre la tierra.
Para algunos, el Holocausto, el genocidio y la limpieza étnica son temas trasnochados y de otros tiempos. Algo caduco que ocurrió en blanco y negro y del que estamos ya todos a salvo en nuestras confortables vidas modernas, digitales, de bailes, tuits impertinentes y coreografías en las redes sociales. Pero la memoria, que es flaca cuando el horror no nos golpea en el presente, es necesario refrescarla sin aspavientos ni ruido ensordecedor, pero sí con docente exposición. Ya lo dijo Thomas Hobbes: Homo homini lupus (El hombre es un lobo para el hombre).
Hasta aquí hemos llegado los más fuertes e inteligentes (lean la amena exposición de este concepto del historiador Yuval Noah Harari) a costa de los menos preparados y peor adaptados. Una vez en la cúspide de la cadena alimenticia y social hemos traicionado a nuestros ancestros. En la naturaleza hay pocas muestras de crueldad, tampoco de solidaridad o empatía (propias del Homo Sapiens). Estas características, inherentemente humanas, han originado que juguemos con la comida, aspecto que no ocurre en la lucha por la supervivencia natural. No nos conformamos con el bienestar personal y el de nuestro clan, sino que disfrutamos pisando el cuello al otro. Y cuando se dan los condicionantes históricos para que el horror se propague como la pólvora sin que nadie frene la mecha, ocurre lo que tenemos en estas páginas. El demonio se abre paso como un cuchillo caliente en mantequilla. Ya lo dijo el telepredicador de la película El amanecer de los muertos de George A. Romero (Dawn of the dead, 2004): cuando el infierno esté lleno, los muertos caminarán sobre la tierra. Algo parecido debieron pensar las tropas aliadas cuando fueron liberando campos de concentración por toda Europa y fueron testigos de las deplorables y famélicas condiciones en las que se encontraron a los prisioneros supervivientes.
El precio de sus almas nos introduce en el campo de concentración de Sachsenhausen. A tan solo 40 kilómetros de Berlín el terror se instaló dentro del territorio alemán. Más lejos quedaban otros campos alemanes como Bergen-Belsen, Breitenau, Buchenwald o Dachau. Más lejos aún los infames campos polacos con Auschwitz-Birkenau tristemente a la cabeza con su legado documental, literario y cinematográfico. De la epopeya dramática de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) podemos rescatar varios momentos para acercarnos a la novela de Manuel S. Pérez, principalmente tres: El descubrimiento gradual por parte de Oskar Schindler de los horrores del exterminio de los judíos por los nazis; la locura del comandante de campo Amon Goeth con la cosificación de los prisioneros al tiempo de su divinización personal al más puro estilo del Nerón de Peter Ustinov; la niña del abrigo rojo como recurso para pasar de lo abstracto a lo concreto (Spielberg pone el foco del horror en la figura inocente de una niña para obligar al espectador a individualizar el horror y hacerlo propio y devastador. Uno de los grandes problemas de lo colectivo es que no somos capaces de observar las situaciones y dramas concretos. Si no se nominalizan las sucesos desgarradores se corre el riesgo de que estos pierdan importancia para el que se asoma a los mismos, aunque esté mirando directamente al abismo). Todos estos puntos los toca Manuel S. Pérez de una u otra forma en su conmovedora y realista novela. Una interesante reflexión jalona toda la narración: verdugos y víctimas son roles que pueden perfectamente intercambiarse dependiendo de los condicionamientos sociohistóricos con los que nos topemos. El ser humano es uno de los ejemplos más claros del yin y el yang. Fuerzas contrapuestas que se equilibran. El problema surge cuando un puñado de hombres encarnan al mal absoluto y a la oposición benefactora le es imposible aplacar la megalomanía del tirano de turno.
Manuel S. Pérez narra la historia paralelas en el tiempo de dos individuos que, como comentábamos anteriormente, solo son culpables de haber sufrido condiciones diferentes o dicho popularmente «estar en un sitio concreto, en el momento indicado». El autor va desgranando la vida de cada uno de ellos: relaciones familiares, laborales, sueños, expectativas, afinidades políticas, creencias religiosas… Todo ello contribuirá para que el lector conozca qué factores y decisiones les llevan a cada uno hacia un destino del que no será fácil desprenderse. Es importante, antes de criticar a una persona, saber cuál ha sido su bagaje cultural para llegar a tomar sus (buenas o malas) decisiones. En El precio de sus almas el autor hace un importante esfuerzo por cimentar los pilares de cada personaje para que el lector entienda que sus aciertos y sus errores vienen marcados por un pasado del que es difícil deshacerse. El rumbo de colisión de dos realidades muy diferentes llegará a establecerse en un lugar de pesadilla.
El autor va engarzando e hilvanando el rumbo de colisión de los dos protagonistas. Es muy interesante observar los distintos derroteros que toma la vida de cada uno de ellos. Partiendo de posiciones parecidas vemos el ascenso y la caída en desgracia progresiva de cada uno de ellos. El judío tendrá que hacer frente a un día a día de ocultación, estraperlo, juego de lealtades y traiciones, sacrificios familiares y personales, y toda una batería de artificios para procurarse la supervivencia en el momento en el que su nombre se convierte en un número. Al tiempo, el militar, se aplicará a fondo para conseguir un puesto en el estamento castrense que enorgullezca a su familia, aunque esto suponga hacer de tripas corazón y bregar con los aspectos más oscuros del alma humana con la eugenesia y la supremacía como estandartes. Para conseguir este lienzo cotidiano el autor acompaña a sus protagonistas por tareas rutinarias que le servirán al lector para profundizar en la psicología de cada uno de ellos. No son momentos de alta tensión ni frenéticos la mayoría de ellos, pero sirven para fijar el realismo histórico del momento y se alejan del corte más de thriller narrativo para entrar en terrenos más introspectivos en primera persona. Cuando la tragedia se desata en toda su intensidad llegará el punto de no retorno. La novela se encaminará entonces hacia la parte más dinámica con trazas de Los falsificadores (Stefan Ruzowitzky, 2007) o de La gran evasión (John Sturges, 1963). La esperanza se alternará con el dramatismo en los momentos finales y todo será posible en el desenlace de estas dos almas condenadas a entenderse.
«Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti». (Friedrich Wilhelm Nietzsche).
Max Béker, agente antidroga fallecido en acto de servicio, aparece en Penitentia, la megalópolis donde residen millones de almas con el propósito de expiar sus pecados. Dispuesto a redimir los suyos y escapar de este purgatorio donde solo van a parar criminales, Max debe colaborar en la investigación de la muerte de Simón Noret, uno de los jueces que la inflexible autoridad de la ciudad emplea en secreto para impartir justicia y decidir quién se salva y quién se condena para la eternidad.
– AUTOR –
Nace en Sevilla, en 1969. Año y medio después, su familia se traslada a La Coruña, donde transcurre su infancia. Actualmente reside en Madrid. Compagina su trabajo habitual como colaborador en varias editoriales con el de la escritura, publicando en 2012 La clave Blake, un thriller ambientado en el Berlín de 1944, que relata la misteriosa desaparición de un cuadro durante su traslado a la cancillería del Führer, y un año después Cíclopes y lestrigones, donde se narran las primeras horas de un grupo de comandos británicos en el desembarco de Normandía. Penitentia es su tercera novela de ficción.
– GUSTARÁ
A todos los amantes del género fantástico y policíaco. Penitentia conjuga ambos mundos derrochando un llamativo y efectivo brío. Será una lectura ideal para aquellos lectores que les gusta descubrir narrativas que fusionan elementos y recursos de una manera fluida e interesante. Penitentia es para todas aquellas almas descarriadas que se piensan que sus pecados no tendrán consecuencias negativas en un futuro.
– NO GUSTARÁ
A aquellos lectores, puristas la mayoría, que prefieren que los cánones de los distintos géneros se mantengan inamovibles o, al menos, contenidos. Quien no lleve bien fantasear e indagar por nuevos caminos del género tampoco hallará aquí su lectura ideal. Penitentia tiene una lógica única y especial que no es para todos los lectores.
– LA FRASE
«Pensar en acabar encerrado y torturado de por vida bajo la superficie de Penitentia acentuó la necesidad de beber un buen trago de cerveza. Tenía el gaznate tan seco como la negra tierra que rodeaba la ciudad. Una palabra más y brotarían de mi boca fumarolas tan violentas como las que escupía el subsuelo que había contemplado antes de traspasar los muros de aquella particular prisión».
– RESEÑA
Hoy traemos para reseñar la novela de Gonzalo Vázquez Cagiao, Penitentia. Una obra que puede calificarse por medio de sus muchas (y acertadas) aproximaciones al género fantástico. Son muy variadas las referencias que utiliza el autor para crear esta obra gigantesca. Nos vienen a la cabeza varios enfoques para la reseña. Esperemos ser capaces de aproximar el contenido y significado de la presente narración a todos aquellos que nos leen para saber si esta será o no una de sus próximas lecturas. Respuesta rápida para impacientes: sí, lo es. Cualquier amante del género fantástico en alguno de sus cientos de ramificaciones es un lector potencial de Penitentia (pero atención, que los amantes del noir más clásico aquí tendrán disfrute y homenaje para pasar un buen rato con destellos de los grandes del género a lo Dashiell Hammett o Raymond Chandler).
Pero ¿qué demonios es este conglomerado de Penitentia? (demonios, ahí está el quid). Cuando el cine o la literatura han tocado el tema del Purgatorio, siempre han acudido a una narración ascendente. Esto es, que todas las distintas peripecias que ocurren en estas tramas están fundamentadas en conseguir llegar hasta las puertas de San Pedro con un visado en vigor y válido de entrada al cielo. Todo pivota en torno a la llegada a la casilla central de El juego de la oca con diferentes vueltas sobre uno mismo para alcanzar el paraíso. Llamémosle juego templario de iluminación ancestral o Divina Comedia dantesca en donde los círculos enseñan a Virgilio que lo mejor es portarse bien durante la vida (misma idea del aviso de los tres fantasmas a Ebenezer Scrooge antes de que se convierta en potencial inquilino de los dominios de Hades). En Penitentia nos encontramos un cambio de guion sustancial. Esta escalera de Jacob de Gonzalo Vázquez está plagada de ángeles caídos en desgracia que se despiertan en una nueva realidad. Si en el Purgatorio clásico la esperanza y la expiación de los pecados elevan a la mayoría de las almas a la salvación, en Penitentia el camino es descendente (son los dominios de las causas perdidas). Pese a grandes esfuerzos la mayoría de sus habitantes arderán en el fuego eterno que ajusticia con mano firme a criminales y pecadores.
La realidad de Penitentia será percibida por el lector sin necesidad de una compleja y abigarrada descripción por parte del autor (que se podría haber pausado en mostrar hasta el último aspecto de esta interesantísima ciudad, pero que ha optado por el juego de capítulos cortos, cambiantes y dinámicos para hacer despegar la narración). La ciudad de las almas perdidas imaginada por el autor recuerda al Sin City de Frank Miller, al sucio Londres de V de Vendetta de Alan Moore, o a Los Ángeles de eterna lluvia oscura de Blade Runner (con menos luces y neones, pero con la misma alma liberticida). Penitentia es una Gotham City en donde la tristeza, la desesperanza y el desasosiego campan a sus anchas, con unos habitantes que, ante el destino que les espera, dan rienda suelta a sus más bajas pasiones (total, poco tienen que perder, ¿o sí?).
La novela comienza con una escena que sirve para fijar el tono y el encuadre que el autor quiere darle a la novela. Si lleváramos un poco más lejos una de las atroces electrocuciones de La milla verde de Stephen King, la llegada de las sombras oscuras del final de Ghost o la apertura de la Puerta Negra con la llave omega en Locke and Key de Joe Hill estaríamos cerca del comienzo de la novela. Si queremos dar un paso más hacia la locura podemos entregarnos al horror más absoluto del núcleo de la nave Horizonte final, a los dibujos de pesadilla de Zdzisław Beksinski, o al que habita al otro lado del umbral en los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Elementos que se comen el cuerpo y el alma de los condenados o de aquellos que han querido aproximarse demasiado a indagar en los misterios cósmicos que les están vedados a los humanos.
Penitentia también es un lugar que nos recuerda al caladero de ajusticiamientos del Juez Dredd y a la fórmula de erradicación del crimen de Minority Report con los Precogs. Esto no significa que Penitentia se parezca demasiado a algo ya manido y repetido. Gonzalo Vázquez es capaz de elaborar, con un buen puñado de referencias, un mundo nuevo y desligado de obras meramente repetidoras de clichés y lugares comunes. Si bien es cierto que es prácticamente imposible huir de los pilares del género y crear algo completamente nuevo y original, el autor ha hecho un gran esfuerzo para situarse en una tierra prácticamente virgen en la que establecer su espectáculo de juego de cartas efectivo con pequeñas dosis de experimentación y remezcla de elementos que engarzan perfectamente con la historia propuesta. Si las múltiples versiones de Blade Runner de Ridley Scott oscilan entre un Deckard humano, pasando por un Deckard con dudas, a un Deckard potencialmente replicante; en Penitentia seremos testigos de las reflexiones personales de varios de sus protagonistas en relación con el papel que se les ha asignado en esta ciudad libertina y endemoniada.
Tenemos interesantes reflexiones sobre La montaña mágica de Thomas Mann, el penal de Escher (¿subes, bajas o ambas?), un tipo llamado Pendergast (¿no serás tú, querido Aloysius?), una muy bien escogida elección de los nombres de locales, callejero y terminología en general, con trazas bíblicas (uso del latín para acercar más la ciudad a su origen sacro) y mitológicas. Un videojuego de mundo abierto que espera ser explorado. ¡Ah!, y a Johnny Cash.
Erradicadores, magistratus, judicatores, íncubos, súcubos… En Penitentia se dan cita una serie de personajes únicos que pertenecen a distintos oficios, clases sociales o niveles burocráticos. La lógica de todos ellos, su interacción con el entorno y el despliegue relacional fortalecen la estructura interna del relato. El autor consigue que la ciudad tome forma y realismo en la voz de cada actor. Tenemos muchos personajes en liza. Un reparto coral que habla en primera persona y que describe al resto de personajes. Esta descripción en primera persona concatenada a lo largo de capítulos de pequeña extensión refuerza el dinamismo de la novela y sirve para que la introducción de los distintos personajes sea progresiva, certera y se quede en la memoria del lector durante más tiempo (aunque sí recomendamos que Penitentia es para leer de una sentada y así evitar perderse).
Gonzalo Vázquez Cagiao se ha sacado de la chistera creativa una mitología fresca, llamativa y poderosa. Seguramente el mayor acierto de la narración es crear un «mundo espejo» con el contemporáneo en el que una narración policíaca engarza perfectamente en un mundo fantástico sin desentonar ni sacar al lector de la novedosa premisa. Penitentia funciona como un ente con cerebro propio sin tener que explotar el lado más extravagante del lugar, al poder ceñirse a una narración absorbente de género negro. Ahí radica su brillantez. Lo que se cuenta tiene sustancia propia independientemente del espacio y el tiempo en el que lo cimenta el autor. El aparataje se conjuga a la perfección con la trama y no se supedita a la misma. La forma y el fondo encajan. Las relaciones de los personajes, que dialogan en primera persona ofreciéndonos sus distintos puntos de vista, suman puntos para escrutar a fondo la ciudad.
Y recuerden: en Penitentia los teléfonos no empiezan por 555, sino por 666. Llamen si quieren al número de atención al cliente y pregunten lo que quieran. A lo mejor les responde el padre Karras con información muy útil por si algún día tienen que pasar por allí. ¡Penitenciagite!
Un grupo de amigos deberá enfrentarse a un mundo devastado. Un mundo en el que la muerte engrosa un ejército, cuya única misión es acabar con la raza humana. Para sobrevivir deberán luchar contra la oscuridad y contra ellos mismos. Y descubrirán que la mentira puede ser el arma más peligrosa de todas.
– AUTORA –
– GUSTARÁ
La quinta norma será del interés de todos aquellos lectores de novela juvenil contemporánea (young adult) con tintes fantásticos y de acción postapocalíptica. También a destacar el marcado componente relacional entre los personajes, desde los sinsabores familiares a los nexos de amistad y los amoríos en la batalla. Una novela que gustará a los lectores de piezas ágiles y entretenidas que juega sus mejores bazas en los diálogos y en el juego de lealtades y desconfianzas.
– NO GUSTARÁ
A aquellos lectores que prefieran embarcarse en obras más profundas en la descripción de escenas, lugares y situaciones, así como a todos aquellos que necesiten una cercanía mayor con la realidad y los sucesos factibles.
– LA FRASE
«Alyssa, abrumada, entró en la armería y contempló todas aquellas armas con cierto temor. Nunca le habían gustado, creía que provocaban más problemas de los que resolvían, pero ahora no era el momento de andarse con remilgos activistas. Las observó detenidamente. No sabía cuál escoger. En la pared del fondo estaban, perfectamente colocados, cuchillos, machetes, sables, dagas, espadas, catanas y otras muchas que no conocía. <<Elige la más grande>>, pensó. Entonces, una espada en concreto llamó su atención. Estaba en un segundo plano y se perdía entre armas más modernas. Pero cuando la vio, supo que debía cogerla».
– RESEÑA
Hoy traemos para reseñar: La quinta norma. Primera parte de la bilogía El legado del hombre, de Amelia Bennett. Una primera parte, de una obra todavía inconclusa, que nos introduce en una fantasía contemporánea con escenarios seguro muy reconocibles para una inmensa cantidad de lectores. Tanto por el tono como por el fondo de la narración y la tipología de los personajes la presente novela tiene un carácter juvenil, ágil y evasivo. A destacar también los lazos familiares por encima, incluso, de la propia narración fantástica. El subtexto que recorre toda la novela enraíza con temas de la literatura clásica. La institución familiar y todo lo que la rodea para mantenerla a flote, mentiras y medias verdades incluidas. Seremos testigos de la pugna de los distintos roles, la lealtad, la jerarquía descendente, el uso y el abuso de posición, la ocultación de secretos tanto para evitar el castigo como para alejar el sufrimiento. Toda esta tensión intra familiar queda muy bien reflejada en La quinta norma.
Sí debemos avisar a los lectores principiantes o con poco bagaje en estas temáticas que pueden sufrir, durante los primeros tres capítulos, una leve desorientación relacionada con el tiempo y el espacio narrativo. A lo largo de las primeras páginas de la novela tenemos numerosa información en un corto espacio de tiempo, esto hará que algún lector le cueste encontrar el tiempo y el lugar de donde parte la misma. Pero esta cuestión se solventa cuando la obra se sitúa ya en tierras gaditanas donde comenzará la pesadilla que pillará en mitad del fregado al grupo protagonista. Estos no solo tendrán que sobrevivir al pandémico suceso que les puede llegar a sobrepasar, sino que deberán unirse en sus desavenencias para superar el escenario de pesadilla en el que se verán envueltos.
La quinta norma toma como telón de fondo las consecuencias de una plaga o pandemia universal (tristemente de plena actualidad, aunque no de las devastadoras consecuencias que muestra aquí la autora). Este marco narrativo es el que espoleará a los protagonistas corales de la presente novela en su lucha por la supervivencia, tanto del enemigo externo como de algo más intangible que se mueve dentro de las propias filas y que puede hacer tambalearse los nexos de su improvisada comunidad. Un gran secreto que se va desvelando poco a poco y que entroncará directamente con la trama fantástica de la narración que ya asomó su planteamiento en el primer capítulo de la novela. En esta huida hacia adelante los personajes protagonistas irán creciendo en responsabilidades: en concreto, la «señalada» para empuñar el objeto esencial de la narración oscilará entre los momentos de seguridad, aplomo y tesón, y los de duda, impotencia y desconfianza. La autora pone de manifiesto con las relaciones que genera entre sus jóvenes personajes, a los que pone en primera fila por delante de los adultos que en condiciones normales deberían ser los que deberían tomar las riendas en este tipo de situaciones límite, las dudas y desencuentros entre las distintas formas de afrontar el mal.
Es precisamente en la categoría narrativa de infectados, zombis, no muertos o rottens (que no tomatoes), como los denomina aquí la autora, donde se fija La quinta norma. El concepto parte de la misma premisa aunque las características de cada uno de ellos dependerá mucho de cada autor y del contexto histórico en el que hagan su aparición. Del zombi clásico, lento y bobalicón de cementerio rural de George A. Romero hasta el moderno infectado por un virus de laboratorio de 28 días después, Resident Evil o World War Z que corre cual atleta de élite y es mucho más difícil de matar. Pero detrás de este género siempre subyace el cómo se enfrenta la humanidad a tal situación en pequeños grupos. Cuando la sociedad se desmorona vuelven los pequeños reductos familiares y tribales para protegerse de la amenaza externa al tiempo que surgen los problemas de cómo regirse en un nuevo mundo sin reglas férreas ni estados protectores.
Amelia Bennett vuelca el mayor peso narrativo en este primer volumen de El legado del hombre en las ligaduras familiares y de amistad caprichosa que se forjan en los momentos duros. A esto hay que sumar el papel crucial de los personajes femeninos en un mundo nuevo que no está diseñado para los débiles. Los cuestionamientos de lealtad son continuos y atañen a todos los personajes. Por supuesto, el lector dudará entre si lo que se le cuenta es verdad o los secretos serán más profundos de lo que realmente aparentan. La sombra de una misteriosa Hermandad sobrevuela por toda la novela y afecta a muchos de los hechos principales, aunque aparentemente sean estos casuales. Incluso la distorsión de la realidad se abrirá paso en este teatro de fatalidades.
También habrá tiempo para las pataletas juveniles, los romances de urgencia donde el roce hace el cariño y la pura convivencia del día a día de un grupo de personas que intentan continuar con su vida en mitad del peor escenario posible, hasta que todo llega al clímax. Un momento final para repasar los comportamientos de cada uno de los personajes en relación a una mitología fantástica que aporta la autora para explicar el por qué de las decisiones (a veces irreflexivas) de todos ellos. Cuando el mundo de los humanos se junta con otro que está más allá del umbral, las consecuencias serán imprevisibles.
La quinta norma de Amelia Bennett es una obra de fantasía contemporánea eminentemente juvenil por los personajes utilizados y el propio tono de la obra que trata los temas de la lealtad, la confianza, las relaciones personales, la superación, el sacrificio o el control de las emociones. La autora, en un tono sencillo, ágil y dinámico, pone la primera piedra de esta bilogía fantástica en la que quedan muchas explicaciones por explorar de un oscuro mundo que nos recorre en paralelo y que tiene sus propias normas y razonamientos.
Los 101 vericuetos de Marrakech resume quince años de vida del autor en Marrakech. Vividos en primera persona, nos describe los avatares de la vida social y cultural de una ciudad, cruce de caminos para una variopinta comunidad internacional. Esta recopilación de retratos y de relatos novelescos nos pasea por la peculiar e interracial sociedad local en una urbe delirante y heterogénea. Personajes disparatados, amoríos absurdos, delirios de grandeza, enardecidos artistas, asesinatos en la vieja medina, riqueza y pobreza amalgamadas. Desde la vida familiar de barrio hasta las fiestas más mundanas, un universo de asombrosos contrastes palpita en estas páginas. No pueden faltar las costumbres tradicionales: los imprescindibles cafés, los curanderos, la magia, el lenguaje gestual, las miradas en la calle, las festividades musulmanas tal y como se viven dentro de un barrio popular, la muerte y la vida codo con codo. A la vez, esta obra sirve de guía para el visitante ocasional, indicándole rutas a seguir en la ciudad, lugares y museos, así como excursiones al Atlas y alrededores. Esta obra es, en fin, una ventana abierta a la vida cotidiana de Marrakech.
– AUTOR –
Jesús Greus nace en Madrid y es licenciado por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los periódicos ABC, Diario 16 de Baleares, El Día del Mundo, Libération du Maroc y, actualmente, de diversas revistas literarias digitales. Novelista, ensayista, poeta, dramaturgo, músico, gestor cultural, conferenciante (Universidad de la Sorbona, Burdeos y Silves, institutos Cervantes…). En el año 2015 fue invitado a participar en la antena de Marrakech de la prestigiosa fundación Ted Talks. Ha publicado las novelas Ziryab, Junto al mar amargo, Aquella noche en el mar de las Indias, Sólo una sombra y El enigma de Abravanel; el libro Así vivieron en al-Andalus, en Ediciones Anaya, que ha sido 13 veces reimpreso; el ensayo Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores en Huerga & Fierro; los relatos de Laberinto de aljarafes. Cuentos morunos; un Diccionario español-árabe marroquí, y la obra poética Claro de luna y Luces de La Habana, libro de relatos ambientados en Cuba.
– GUSTARÁ
A los lectores que se deleitan con narrativas descriptivas, sencillas, directas y teñidas de humor. A los amigos de los libros de viajes que van más allá de las convencionales guías turísticas. A los curiosos escrutadores del alma humana, vista a través de sus interacciones y peripecias sociales. A quienes aprecian la ironía inteligente, las segundas lecturas y el encanto del vodevil social.
– NO GUSTARÁ
A quienes son partidarios de la construcción más barroca de la biografía y la novela. A aquellos que prefieren degustar estilos pragmáticos de ensayo o rehúyen el divertimiento literario. A los que se niegan a mirar un espejo en el que tal vez, si tuvieran la oportunidad, podrían encontrar su imagen.
– LA FRASE
“Pomerantz decía de Aldous que era masoquista, se regodeaba en el sufrimiento. Lo apodaba el Sufriente, y decía de él, socarrón: Le atraen las amistades peligrosas. Terminará sus días deliciosamente ahogado en un baño de sangre, con una sonrisa feliz en los labios”.
– RESEÑA
Hoy traemos para reseñar Los 101 vericuetos de Marrakech que nos relata Jesús Greus, en una muy ágil y entretenida obra, elaborada sobre la base de sus 15 años de vivencias en una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, por cuyo nombre también fue conocida antiguamente en español. Capital que fue en su momento del Imperio Islámico y centro de convulsas turbulencias durante siglos. A Marrakech fueron llegando en los años de entreguerras (los felices 20 y 30 del siglo XX) personajes multinacionales de toda laya: artistas, intelectuales, millonarios, bohemios y vividores, como exóticas vanguardias transformadoras de usos y costumbres ancestrales. Jesús Greus nos revela que llegó a la Ciudad Roja en el inicio del siglo XXI, con tiempo aún para disfrutar y padecer las tremendas modificaciones físicas que, inevitablemente, el padre Cronos propicia sin descanso y sin final. También para contemplar algunos retazos del pasado esplendor arquitectónico y, muy especialmente, para conocer e interactuar con algunos especímenes residuales, herederos intelectuales de aquellos colonos vanguardistas mencionados. Su relación con estos, y con la población autóctona con la que convive y se relaciona el autor, con naturalidad y en muy diversos planos, se incardina intensamente en estas crónicas que llegan directamente a la mente y al corazón del lector.
Cualquiera que se traslada de un país a otro puede hacerlo bajo una de las múltiples etiquetas que la sociedad ha elaborado: Turista, animoso viajero, emigrante económico, exiliado forzoso, refugiado político, expatriado voluntario, etcétera, todo dependerá de múltiples circunstancias, unas voluntarias y otras no. Jesús Greus nos permite transitar junto a él por sus 101 vericuetos de Marrakech con el espíritu abierto y la aguda mirada de un viajero, devenido en residente, que se pega al terreno y lo escruta con detenimiento. Ofrece al lector interesado ciento y una ventanas a las que asomarse con curiosidad para ser sorprendidos por ciento y un cuadros reflejados en un mismo lienzo. Pero el autor va más allá, consigue multiplicar por diez o por cien el título y nos hará vivir mil y una aventuras y saborear las pinceladas locales que todo turista sueña y que muy pocos osan experimentar.Pasajes sencillos de la vida de un expatriado, como Jesús Greus se autodenomina, que harán las delicias de aquellos apresurados coleccionadores de países, a más de uno por día, que trotan tras el guía acompañante para ponerse en manos del guía local. Ahhh (piensan algunos), quién pudiera ocupar asiento toda una tarde en un café de barrio y observar a los vecinos aborígenes, fuera de las rutas turísticas. No digamos dedicar una mañana entera a visitar un mercado local, cuyo nombre no está en las guías turísticas, y (quizás algo perturbados por penetrantes olores) entenderse por señas con paisanos y comerciantes que ni siquiera hablan el universal inglés, de Toro Sentado, que practican los más osados del colectivo visitante: “I like you product but it is very expensive” “yo gusta tu artesanía, pero ser muy caro”.
Para el turista occidental que visita por primera vez alguno de los destinos turísticos de la órbita musulmana, “estrella” de las agencias de viajes, como Estambul, Túnez o El Cairo, resulta muy impactante el estruendoso y colorido aspecto de plazas y mercados que, en alguna medida, resulta intimidante. No es extraño que los engloben en el terreno de lo exótico. Es como el misterio de la acera de enfrente, la que siempre está al otro lado de la calle, o de las antípodas con la necesidad de atravesar la tierra, o rodearla, para acceder a ellas. Con lo exótico pasa otro tanto, al puro neoyorquino de Manhattan le resultará exótico un paisaje de Groenlandia, una choza del Serengueti o una callejuela de Toledo. Al campesino indio de Sirikonda le parecerán exóticas la 5ª Avenida de Nueva York o las Torres Petronas de Kuala Lumpur.
Así que si piensa en viajar a Marrakech no deje de incluir este libro en su equipaje y disfrute con los escenarios reales que aún mantengan su presencia física en el mapa o disfrute imaginando el pasado esplendor, o la decadencia, de los lugares que Jesús Greus describe magistralmente en sus páginas. En lugares emblemáticos como La Plaza, Yemaa el-Fna, de irremediable visita, podrá encontrar (o podría haber encontrado) parte de la legión de contadores de cuentos, músicos “gnaua” o bereberes, hombres travestidos, encantadores de serpientes, videntes, dentistas, faquires “aisauas”, curanderos y charlatanes. Un madrileño de pura cepa, “un gato” que describiría con certeza Manuel G. Sanahuja, en su Historia de Madrid, pensaría en los mejores tiempos del Rastro, pero “a lo bestia”. También a un parisino, un londinense o a un lisboeta, les recordará a su Marché aux Puces, al Mercado de Portobello, o a la Feira da Ladra, respectivamente. Siempre, eso sí, multiplicados por muchos enteros, todo asombroso y desmesurado. Pero lo mejor es que también podrá hacer ese viaje sentado cómodamente en su sillón de lectura aunque le falten los olores, sabores, sonidos y, sobre todo, el pálpito cardiaco. No obstante, se aproximará tanto al Marrakech descrito como Douglas Quaid a Marte por medio de Memory Call (si recordamos a Arnold Schwarzenegger en el film de ciencia ficción “Desafío total” de Paul Verhoeven).
En cualquier caso consuela saber, y hace la lectura más agradable, que en la más cruda realidad hasta un curtido residente como Jesús Greus puede necesitar armamento más pesado que una zapatilla o un cepillo de dientes para “defenderse” de un ejército de gorriones (qué pensaría Hitchcock), o que también al autor puede costarle trabajo convencer a un pertinaz borracho, en el idioma del bebedor, que se vaya a casa a dormir la mona. Tampoco será una anécdota menor tomar el té en casa de un amigo con mayor o menor riesgo de que el techo se venga encima si no soporta el peso de una vaca aunque, como diría Asurancetúrix, probablemente eso no pasará mañana.
Sería quimérica la tarea de pincelar todos y cada uno de los 31 capítulos, que como 31 documentales de vivencias, merecerían su propio comentario. Pero cuando, de la mano de Jesús Greus, nos sumergimos en una fiesta de “marraxíes” (nada que ver con Mallorca) nos resulta imposible no establecer comparaciones con otras ”faunas”, cinematográficas o literarias, que tanto juego y tanto jugo han dado. Personajes como Lady Cebra, Anunciada de Bergia o el galerista gay Henry Heller podrían representar el compendio de estilos de vida que la mayoría de los mortales presencian solamente en papel cuché o en celuloide, si se permiten los arcaísmos. Por analogía “animal” resulta obligada la remembranza de Yalinka Galdámez, la propietaria, gestora y diseñadora del emporio Mundo Cebras, S.L., con la que nos hizo disfrutar, desde las páginas de Pinceladas de Harmonía.con, su creador José Luis Fernández Juan.
En Los 101 vericuetos de Marrakech podemos apreciar como el drama y la comedia a menudo se funden en los diferentes planos de una fiesta que puede ocultar miserias y frustraciones bajo capas de alocado histrionismo y “postureo”, escenas que ora divierten, ora inquietan al espectador. Innumerables los ejemplos, mayores y menores, dramáticos y cómicos que ciertos tipos de amalgamas sociales producen: desde La Dolce Vita de Fellini, hasta Los organillos (novela de Henri-Francois Rey y film dirigido por Juan Antonio Bardem), pasando por La Pantera Rosa del director Blake Edwars o Una jaula de grillos que orquestó Mike Nichols. La obra de Jesús Greus tiene estructura y materia sobrada para pasar con éxito al mundo audiovisual. Con soltura, humor y elegancia, el autor nos cuenta un sinfín de amenas anécdotas. Tan pronto nos pasea por La casa de los diablos de Guillaume de Pomerantz, creador de artistas insospechados por ellos mismos, a quien Jesús Greus describe como “un crío que no quería crecer”; como nos presenta a El Idrissi, chef de altura que tuvo su restaurante en la que fue residencia del Jefe de eunucos del Pachá de Marrakech (que también perteneció al modisto Pierre Balmain); así como nos invita a conocer a un estudioso “marrachí”, que por mor de presuntuoso fue apodado El Cardenal, y también al sufrido loco por amor Aldous, cuyas impagables desventuras pueden hacer saltar las lágrimas (de risa) a algún despiadado lector; sin dejar atrás la claridad mental de Liberto Albornoz y su amante. Tampoco faltan otros estrafalarios merecedores de llamativos y divertidos motes que recorren los vericuetos, como Juan Luis Monsalve, “Gopala” como nombre iniciático, “Abd el Malek” por nombre musulmán y “Abd el Plasta” para los amigos.
Desde el prólogo al adiós hemos disfrutado sin tregua y compartido con agrado las peripecias del autor en ese mundo fascinante, para nosotros mucho más que exótico y encantador en el sentido mágico de la palabra. Un gran autor, como Émile Salomón Wilhelm Herzog más conocido como Marcel Proust, dijo que “Cultura es lo que queda después de haber olvidado lo que se aprendió”, confiamos en que los vericuetos de Jesús Greus hayan dejado en nosotros algo de su personal cultura y una perdurable huella de su paso por la gran ciudad de Marrakech.