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EL DICCIONARIO DE JLFJ

EL DICCIONARIO DE JLFL

– GUSTARÁ:
A todos aquellos que no tienen palabras suficientes para llenar este mundo de matices y detalles mínimos. Despertará el interés de aquellos que entienden la lingüística y la gramática como algo que tiene margen para el divertimento, el juego de malabares y el trampantojo literario. Todos aquellos inventores y soñadores con formas nuevas de expresarse están de enhorabuena.

– NO GUSTARÁ:
A los seguidores de la narrativa tradicional en cualquiera de sus vertientes. Tampoco será del gusto de todos aquellos que buscan su diversión en el chiste fácil o en la algarabía soez de la telebasura o del contenido viral del momento, fácil de digerir y fácil de olvidar. Este diccionario viste ropa casual de lunes a viernes, pero cuidado que engaña, ya que viste de smoking los fines de semana.

– RESEÑA:
En esta etapa histórica digital que nos ha tocado vivir de encasillamiento de géneros, diseños, escenografías y modas, tan estúpidas como efímeras, aparece, muy de vez en cuando en el oasis de la contemplación y del filosofar, un autor que pugna por menear las mentes bajo el trampantojo del clown, la risa de Jardiel Poncela y el aforismo de los que le retratan como bufón pero que se reivindica como sabio. Vivimos tiempos en los que el que ríe más alto es el que ríe mejor, dando por supuesto que el chiste recibido ha sido de mejor calidad. Vivimos tiempos en los que se debaten cuáles son los límites de humor, normalmente, en su versión más chabacana, escatológica, pisadora de la memoria de los muertos y “adulticida”. Vivimos tiempos en los que las redes sociales viralizan bromas de dudoso gusto en las que la víctima inocente mira a la cámara con ojos de cordero degollado que se pregunta qué ha hecho para ser defenestrado al matadero. Pero también son tiempos en los que se publica El libro de Gila: Antología tragicómica de obra y vida, con una grandísima acogida. Tiempos convulsos en los que cuatro orangutanes copan las redes con sus teatros zafios e insustanciales, mientras una minoría de autores llevan el humor y el juego retorcido de la lengua a lugares donde les está vedado a todos aquellos que son fagocitados por Mediaset y los youtubers del momento. Estamos en el ambiente de la corrección política y del lenguaje inclusivo en el que nos tiramos a la cabeza “los todes, los todxs y los tod@s”, mientras la RAE hace lo que puede, dando más explicaciones de las que el sentido común aconsejaría dar. Bajar al campo de batalla de los que quieren ajustar sus modas y sus reivindicaciones con la fuerza de la inmediatez, en vez de con los designios del tiempo en el que el lenguaje se va adaptando, es un flaco favor a la lengua de todos. Recordemos que la RAE, fija, limpia y da esplendor y, para que el lenguaje no sea de unos pocos, deben velar para que sea de todos. Por otro lado, nos encontramos en los medios tradicionales y en los digitales con un miedo acompañado de un exquisito cuidado de no decir o escribir aquello que pueda ser tachado de cualquiera de las etiquetas que nos rondan a todos y, que en cualquier momento, pueden descender para marcarnos con la letra escarlata en nuestro perfil social o laboral.

Pues en este panorama estamos cuando recibimos El diccionario de JLFJ de José Luis Fernández Juan y, observamos, que aún quedan autores que reivindican la fuerza de la palabra con respeto al significado, sentido y ortodoxia del idioma, pero que a la vez, la estiran, retuercen, voltean y amplifican para dotarla de un sentido metaliterario. Todo ello urdido en un juego del que el mismísimo Ramón Gómez de la Serna o Forges fueron algunos de sus máximos exponentes. Muchos piensan que un escritor que se precie no debe salir del redil del cultismo para bajar a pisar el mojado adoquinado del “agua va“. Pero no seamos obtusos; si el propio Pablo Picasso dijo una vez: “Desde niño pintaba como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”, pensamos que es de fácil aplicación también al mundo de las letras. Solamente el maestro puede jugar con técnicas aparentemente más sencillas. Muchos años de estudio y conocimiento hacen al sabio llegar a dominar lo pequeño, lo mínimo. ¿Qué es si no la poesía, los refranes o los haikus?, ¿es mejor un tomo de mil páginas de Tolkien o un haiku con sus tradicionales tres versos y diecisiete breves sílabas?… Tiempos también de la regresión comunicativa donde volvemos a los iconos jeroglíficos egipcios para comunicarnos mediante iconos de whatsapp. Pereza, culto a la rapidez, modelos educativos que caen y casi no se levantan… Todo ello constituye un lugar adverso que se retroalimenta de la decadencia de un sistema y de unos individuos que lo acompañan para dejar de aprender, de pensar, de filosofar y de cuestionarse. Aquí, José Luis Fernández Juan, abre su tienda de campaña con la cruz roja literaria en mitad del fregado bélico para coger a todos los que quieran disfrutar de un educativo pero, sobre todo, divertido viaje a los límites del lenguaje, de la metáfora, del doble sentido, de la chanza y del jolgorio de la palabra que tiene vida propia y se cuela por cualquier vericueto de la mente del autor. Así es, a todo escritor le faltan palabras. El lenguaje se le queda pequeño para definir aquellos asuntos que son indefinibles. Pensemos en el personaje de La Colmena de Camilo José Cela (que en su adaptación cinematográfica daba vida el propio autor): el inventor de palabras. Por un lado están las personas que quieren pervertir el lenguaje haciéndolo suyo o de su grupo de presión particular, por el otro, están aquellos escritores como José Luis Fernández Juan que crean un universo nuevo lleno de aprendizaje de buena fe.

El diccionario de JLFJ es un juego muy personal de aquel que ha tenido que gozar mucho en su redacción. El autor trabaja sobre el mismo mecanismo de cultura general que hay que tener para “pillar” los homenajes, guiños, tesoros ocultos, huevos de pascua o “easter eggs” en series como Los Simpson o Big Bang Theory, etc. Aquí el trampantojo se atrapa al vuelo si la mochila se lleva cargada con algunas virutas de conocimiento. Ahí radica la riqueza de esta obra. Divertida pero profunda en ocasiones. El cliché sería decir que se lee rápidamente al ser una obra de poco más de cien páginas, pero esto no eso sería del todo cierto, ya que esa velocidad nos restaría fijarnos en la trampa lingüística que encierran muchas de las palabras que propone el autor. Este diccionario es un claro homenaje a todos aquellos que inventan palabras a sabiendas de que son incorrectas como parte del juego de la comunicación y el aprendizaje. Si el Meme, el microcuento o el microrrelato se han consagrado en sí mismos como un género literario propio, aquí viene el diccionario de JLFJ para pedir su espacio propio y alternativo de cultura y diversión. ¡Deléitense!


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