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LAS MUJERES IMPOSIBLES

LAS MUJERES IMPOSIBLES

–GUSTARÁ:
A aquellos exploradores amantes de la literatura que quieran entrar en el universo existencialista y de realismo mágico que nos propone el autor. Algunos lectores incautos solamente verán la concatenación de encuentros y desencuentros amorosos del protagonista, otros, los más avispados, absorberán una atmósfera de profunda pérdida, miedos, inseguridades e idealismos forjados a machetazos. Todo ello coronado con la dubitativa pregunta del lugar al que se quiere pertenecer, los medios para llegar a él, y las caídas al deslucido pavimento ante la atenta mirada de un mundo que no comprende al individuo ni a su ímprobo esfuerzo por permanecer a flote.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos lectores de narrativa que prefieren guiones más fluidos, pegados a peripecias excitantes y frenéticas con giros de guión y carreras de infarto. Tampoco gustará a aquellos obnubilados fanáticos de las políticas de género. Estos verán aquí a un hombre mujeriego, en ocasiones hosco, distante y antipático; clamarán entonces al cielo exigiendo una satisfacción, abofeteando las letras del autor con el tomahawk de la diosa de lo políticamente correcto por montera y el mantra de la censura calumniosa y borreguil como pentagrama de su griterío. (Por supuesto, no habrán entendido nada).

– LA FRASE:
“No envejeceré más. Digan lo que digan, no lo haré porque no me lo no me lo me merezco, porque ya envejecí todo lo que debía. Así me previne de seguir haciéndolo. Me hice tan viejo porque alcancé la edad de los griegos, unos dos mil quinientos años, justo la edad de mis prejuicios; de ese modo he decidido no envejecer ni un solo siglo más”.

“Acaso yo era un personaje en busca de autor, del mejor guión y quise recrearme frente al mundo, pero ahora, desfondado, no era apenas nada. Era probable acaso que hubiera roto con cierta personalidad caduca y enclaustrante, con la que no me reconocía; salí a recrearme en un mundo distinto, armando de nuevo las calles, avenidas y azoteas… Todo tan estéril y lúdico, tan admirable como la belleza de lo literario”.

– RESEÑA:
Cuando cae en nuestras manos algo diferente, curioso, desinhibido y que exuda detalles por mil recovecos laberínticos nos alegramos de haber estado aquí para que el autor haya entrecerrado su ojo felino y nos haya servido su prolífico proyectil en mitad de nuestra línea de flotación. Siempre es una buena noticia encontrar, tras marabuntas de publicaciones apiladas hasta donde alcanza la vista, algo que destaque por su beso, atrevimiento y verdad. Decimos encontrar, pero sin buscar. Hallar más bien. ¿Saben ese momento en el que en una librería de segunda mano ven el entresacado lomo de alguna obra que les llama con trinos de cantos de sirena?, ¿conocen los oscuros designios de El cementerio de los libros olvidados de Carlos Rúiz Zafón? Pues en esas estamos. Hay autores conscientes de que sus letras no están ornamentadas para el público mayoritario ni van por el cauce por el que con la espada de Damocles tienen que lidiar día a día las editoriales (dubitantes entre la calidad de sus obras y la viabilidad económica de sus cuentas). Cayetano Santana, como otro pequeño grupo de irreductibles (galos/autores) tiran por la calle de en medio y “a portagoyola” regurgitan sus desvelos en formatos no fácilmente digeribles e identificables. El público abarrota pabellones y plazas muy transitadas, pero deja huérfanos a pequeños teatros de barrio donde surgen chispazos que conviene, al menos, atender. Tomar asiento, escuchar la soflama y obrar en consecuencia. Los aplausos reverberan en las plateas, pero con tino y estrategia siempre se puede desviar alguno de ellos a territorios menos frecuentados. En el mundo de la creación caben todos.

Si algo tiene esta novela (¿nivola?) es la atronadora voz alfa de su protagonista. Encontraremos una larga ristra de personajes, femeninos la mayoría y espectadores de las acciones del maestro de ceremonias, además de una especie de “moriarty” antagonista, más interesante por la visión que nos ofrece en su calidad de cuasi doppelgänger del actor principal que de su propia esencia como elemento narrativo. Cayetano Santana nos arroja sin pasaje de vuelta a una ruta suicida eastwoodiana que, alejada de su vertiente más frenética, sí nos permite pulsar el estado de ánimo de un personaje que de su debilidad hace su fortaleza y de su lágrimas colma sus conquistas.

Todo sucederá a golpe de grano de arena cayendo por el estrecho acristalamiento de su reloj. Una batería que según avanzamos vemos que se agota (y que agota a su protagonista) en un desequilibrio de vencedor o vencido que orbita entre estertores de un tiempo que ya no le pertenece y que, viendo el cartelón de los minutos de añadido que presenta el cuarto árbitro en la banda, se revuelve contra el consecuente paso de las canas, en un último intento de plantar batalla a lo inevitable. El protagonista ideado por Cayetano Santana rompe cadenas y se dispone a comenzar una nueva singladura con una meta difusa en el horizonte y con armas romas y balas de fogueo. En este mundo de Comala de Pedro Páramo nos encontramos a un Ulises seducido por los cantos de sirena, pero que, en vez de atarse al palo mayor para evitar el desastre, se lanzará de cabeza a las procelosas aguas de la seducción para nadar a contracorriente y yacer a los pies de todas las Prima Donnas con las que se encuentra. Este Ulises, dotado de nuevo ímpetu fruto de su desconexión con su pasada vida de cotidianidad, rutina y enclaustramiento, se nos muestra juguetón, bravucón, casanova y con el arrojo suficiente para abordar a las acrisolasadas, bienintencionadas y variopintas féminas que se le ponen por encima (y por debajo). En el devenir de los días de una ciudad real o inventada surgen las más reflexivas peripecias, trasnoches, efluvios de vapores etílicos y psicotrópicos, encuentros y miradas de gatas en cada esquina, comidas bajo los manteles y cenas en azoteas coronadas por estrellas que lucen al compás de los guiños del protagonista. Si fueran veinticuatro horas este Ulises sería el de Joyce y no el de Homero, pero aquí el tiempo corre más rápidamente y nuestro antihéroe, en su particular rito de paso, necesitará más tiempo para sus asuntos de alcoba y de orden interior. Esta vez, ya perdida Penélope, desfilarán, a juego con los estados de ánimo y el nivel de aguante y testosterona del protagonista, una ristra de mujeres imposibles de alcanzar por la descentralización personal del Don Juan y la algarabía disfuncional de sus neuronas más reptilianas.

La presente fábula, que tiene miga para mojar y hacer unas competentes y tradicionales torrijas, parte de un ritmo circadiano que es alterado por la implosión de su proganista que traspasa barrotes de jaulas invisibles para renacer hacia un superhombre nietzscheliano, aunque a mitad de su travesía de exploración y auto descubrimiento verá como nunca consigue que la masa de magdalena de la que está hecho “suba” como marca la receta. En su nueva trascendencia no se ha dado cuenta de que la kriptonita siempre se ha hallado dentro de él y, llegado a la mitad de la partida, no encuentra las fuerzas suficientes para poder extirpársela. Cayetano Santana es de profesión filósofo, así que, amigos lectores, abróchense los cinturones, para bregar con mil capas superpuestas, conceptos enterrados que aparecen sutilmente solamente los días de lluvia, metáforas y puntos de vista interconectados dentro de un juego de espejos y palabras que, llevándose algunas de ellas el viento, regresarán con fuerzas renovadas para estamparse en la cara del más apuesto galán.

Mario Tuyone, el seductor que aquí busca su camino, es un intento de escritor que persigue su obra maestra. De este calibre nos hemos encontrado en numerosas novelas personajes parecidos. Todos tienen algo en común, su fluir, su latir y su concepción de la vida va en paralelo al de su creador, a su Luis Pirandello particular que les da vida. Cual monstruo de Frankentein o el pequeño Pinocho trascienden su existencia, desligándose así de los hilos de su marioneta. Tuyone ya conoce la música del flautista de Hamelín y sabe a donde lleva. Rota la flauta se abre un nuevo camino, pero también una libertad de movimientos lejana a su conocida zona vital que desorientará a este buscador de historias. En este proceso de escritura creadora (y creativa) se halla nuestro protagonista, siempre con su cuaderno en la faltriquera para poder recoger todos los detalles que la vida ni repite ni rebobina. Su fin es terminar su ansiada novela que retará a la fama y posición de su némesis de la pluma.

En la presente obra, las mujeres se manifiestan como un camino de desvelamiento de la musa punzante. Por todas ellas deberá pasar el protagonista cual casillas del parchís, adelantando, retrocediendo, comiendo y siendo comido para, en última instancia, auparse al trono de la consecución de su obra. En esta cacería se topará con piezas de mayor y menor tamaño, pero siempre, aunque él no lo sepa, todas ellas serán parte de una trama mayor, que él mismo desconoce, y de la que se vale para adquirir bajo los doseles los arrestos suficientes para ultimar el mayor de sus logros: su novela. Fruto personal e intransferible como las cicatrices, ya maduras, que han dejado en su piel el aroma almibarado de tanta moza. La escritura como fin último de todas las cosas, el escritor como maniquí de todas las vidas que no podrá vivir y sus personajes como canal de expiación de todo aquello que pudo ser y no fue.

Las Mujeres imposibles es un cuento contemporáneo barrido por el desencanto del falso empacho que da la conquista efímera y que se esfuma rápidamente al sonido de la primera corneta del toque de diana. La presente obra rezuma óxido existencialista del absurdo de Albert Camus. Este “extranjero” libertario y amoral se acerca al encuentro de la fatalidad, de la rebelión de la vida burguesa y contemplativa. Busca quebrar reglas y crear un universo nuevo que le permita alcanzar el más allá de sus ensoñaciones. La presente novela también habla del orden personal y habitacional (un apartamento como paradigma de la estructura de una vida, de lo que guardamos, lo que tiramos, lo que veneramos y lo que compartimos), de la nostalgia; de cómo fuimos criaturas que han llegado a mirarse de frente en el espejo. Una imagen que ya lejana nos sisea aún en lo más recóndito de nuestro recuerdo.

Contemplamos un artificio (arte + oficio) que sigue con cámara al hombro y en primera persona a un hombre que se intenta descubrir mediante una impostada seguridad y galantería que lo deconstruye y lo centrifuga en el ojo de un huracán asaeteado de estrógenos. Su aparente control de la realidad se resquebraja en cada encuentro con el sexo apuesto, del que aprende nuevas lecciones que se evaporan inmediatamente por el desagüe de la amnesia sentimental.

¡Ah! y aunque pueda tener ciertos componentes de novela erótica, no, no lo es. 50 sombras de Cayetano tendrá que esperar.


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