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No temeré mal alguno

NO TEMERÉ MAL ALGUNO

– GUSTARÁ:
A los amantes de la novela negra y policíaca englobada dentro de una cadencia dramática familiar. Novela adulta que no pide ni permiso ni perdón. Se muestra tal y como es. Cruda, desasosegante por momentos, rauda en ocasiones y sensible con sus apaleados personajes en otras. También será del interés de los lectores de novelas de juicios y abogados que observan cómo funcionan los resortes y tejemanejes del poder en todos sus estratos y ramificaciones.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos que prefieren novelas más livianas y sencillas en las que no se introduzcan elementos que puedan distorsionar un hilo guionizado por cauces más o menos acomodaticios. Los lectores más jóvenes que casen más con elementos fantásticos o sobrenaturales tampoco encontrarán aquí su lectura predilecta. La presente novela navega por aguas realistas buscando el olor metálico de la sangre que se vierte periódicamente en los telediarios.

– LA FRASE:
“Las viejas lámparas que colgaban sobre el entrepiso ni siquiera producían la suficiente luz para provocar una tímida sombra, y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para reconocer las doce puertas de acero herrumbrado a los costados. Tan solo debió esperar unos segundos para escuchar el lamento de uno de los detenidos que con insistencia golpeaba el metal de sus cadenas, repitiendo una y otra vez, a galillo pelado y con un tono de impotencia: <>,<>. La escena era de por sí sola desgarradora. Un carcelero pasado de años y de peso, caminaba justo a su lado devorando un burrito y dejando con cada mordisco un trillo de frijoles molidos por el suelo. El eco del alimento triturado se mezclaba con las gotas que se fugaban de una vieja cañería de aguas negras, que al caer resonaban como el campanario de una iglesia anunciando el comienzo de la misa”.

– RESEÑA:
“El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia por amor de su nombre. Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento. Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos; has ungido mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días”. (Salmos 23).

Hoy traemos para reseñar No temeré mal alguno de Abraham Stern, un thriller gris oscuro que ahonda en la maldad del alma humana y que trata de esclarecer el porqué las garras del pasado se anclan con intensa virulencia en el presente de los personajes. La propia portada del libro apunta desasosegantes maneras. Una mano en blanco y negro que proviene de un pasado luctuoso nubla la visión de una mujer que grita desesperada por el oprobio experimentado en su adolescencia.

No temeré mal alguno camina con firmeza entre el género negro y el policíaco. Su escenario principal que vuela entre el pasado y el presente se sitúa en Nueva Orleans (ciudad de marcadas raíces, costumbres y mitos africanos). Uno de los focos más importantes del esclavismo del siglo XIX y que más resistencia opuso para evitar que se aboliera. Este legado es patente hoy en día; incluso la antigua Whitney Plantation se ha convertido en el primer museo de Estados Unidos dedicado a recordar la historia de la esclavitud en el siglo XIX. Una herencia recibida que se pone de manifiesto en la presente novela como un personaje más que despliega su significado a lo largo de toda la obra. La presente temática, que tanto nos ha mostrado el cine reciente reivindicando esta página amarga de la historia, no hace otra cosa que plasmar desde muchos enfoques el profundo significado del esclavismo para los descendientes de aquellas generaciones y para el propio legado cultural norteamericano. Desde series como Raíces o Norte y Sur, hasta películas de toda índole como 12 años de esclavitud, Django desencadenado, Amistad, El color púrpura o El nacimiento de una nación entre otras muchas, ponen de manifiesto pinceladas de las que hoy nos trae Abraham Stern.

En No temeré mal alguno se entrecruzan los problemas raciales de aquellos que todavía no han digerido que todos somos iguales en derechos y obligaciones independientemente del credo, la religión, el color o el sexo. Esta circunstancia se amplifica en la presente obra al agudizarse dentro del seno familiar. Es ahí donde la novela afronta uno de sus mayores retos y aciertos. Es precisamente en el núcleo familiar plagado de secretos y envidias donde los personajes protagonistas cobran la mayor fuerza narrativa. La familia como foco de distanciamiento, resquemores, distintas lealtades y explotaciones sentimentales. Intereses encontrados que recorren un árido terreno en una trayectoria de colisión de la que el espectador será testigo con fagocitadora ansia por resolver. Respecto al plano policíaco, la novela se nutre de elementos clásicos de la novela negra de Truman Capote, Dashiell Hammett, Raymond Chandler o James Ellroy. De Boris Vian y la dureza sin concesiones de su Escupiré sobre vuestra tumba selecciona la parte más descarnada y visceral del racismo vengativo. Mientras, de John Grisham, toma prestado la vertiente más jurídica, reglada y académica. Seremos testigos de autopsias, interrogatorios, juicios, fases probatorias y tácticas más o menos éticas de todos los estratos implicados: abogados, periodistas, testigos, policías, políticos…

A destacar el recurso narrativo de los distintos puntos de vista: uno omnisciente y otro en primera persona. Ambos destacan puntos esenciales y diferenciadores que enriquecen la historia y la dotan de un contexto mucho más completo. Un reparto coral que juega con sus marionetas, sus verdades, sus mentiras y sus medias verdades a lo largo de un juego del gato y el ratón en el que las cartas están marcadas con algún que otro as en la manga. El lector paciente desvelará al final qué se esconde entre las retuertas de los caminos apartados y de las aguas más oscuras de los pantanos sureños. En No Temeré mal alguno se dan la mano la justicia poética, la expiación mediante el arrepentimiento de los pecados propios y el perdón de los ajenos, la lucha por la supervivencia mental de personajes sufridores y castigados, la superación de los baches que impone una sociedad injusta y clasista, y el cobijo bajo el manto del amor insuperable de quien lucha por el bienestar de sus hijos.

De ritmo alto, muy conversativo, gráfico, descarnado, carente de ñoñerías ni concesiones febles, la presente novela se acerca con paso y firme y virtuoso al clasicismo novelesco que huye de lo políticamente correcto sin buscar contentar a nadie. Un autor a tener en cuenta para seguirle en corto en su, esperamos, prometedora carrera literaria.


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