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TODO PERDIÓ EL CONTROL

TODO PERDIÓ EL CONTROL

–GUSTARÁ:
A los lectores que disfrutan con el relato directo, sencillo y sin artificios, aquí hallarán un cuento sobre la crisis personal de un individuo que se plantea su mundo interior justo después de caerse en un abismo. Lectura ligera y sin grandes pretensiones que acompañará al lector en una primera persona rauda y eléctrica sobre un hombre común y sus desventuradas andanzas.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos que gustan de mayor profundidad en las historias que caen en sus manos. A los lectores que necesitan novelas de buen ancho para acabar bien saciados con relatos entreverados de mil ramificaciones, escenarios y árboles genealógicos. Tampoco gustará a los seguidores de la ficción más fantasiosa.

– LA FRASE:
“Entonces se me vino una imagen a la cabeza, la mía con diecisiete años bebiendo litros con mis colegas en un descampado a las afueras de Los Blázquez. Y tuve que hacerlo, pasé por un 24 horas, pillé cuatro litros de cerveza bien fríos y me dirigí al descampado. Estaba tal y como yo lo recordaba, sucio, lleno de escombros, malas hierbas, colillas y vidrios rotos en lenta descomposición. Sin embargo, había un árbol, un manzano creo, aunque manzanas no echaba y yo no sé mucho de plantas. Y había un muro pequeño, ancho y alargado donde solíamos sentarnos a beber. A veces la puesta de sol se entreveía a través de las hojas de aquel árbol. Fue un recuerdo que me hizo sentir bien. La realidad era un hombre de cuarenta y cuatro años bebiendo litros de cerveza solo en un descampado putrefacto”.

– RESEÑA:
Parece que el ser humano no escarmienta hasta que un aldabonazo le golpea con virulencia en la base del cráneo y así es como Hugo Larra, tras ser pateado por el destino de la forma más cruel, se embarca en un viaje involuntario para encontrar, con suerte, un remedio, una explicación o una redención, que le haga abrir los ojos al mundo real (Matrix ya ha habitado en él demasiado tiempo). El protagonista del libro es el pilar fundamental de la presente novela, sobre él recae toda la responsabilidad del éxito o fracaso, a ojos del lector, de la presente obra.

Hugo Larra, hablando finamente, diríamos que lleva una vida “desordenada” y, hablando en plata, diríamos que su vida es una auténtica montaña de mierda de la mala suerte concatenada. Algunos de sus sinsabores se los ha buscado él mismo, otros son fruto de la casualidad o de alguien que “le pone la pierna encima para que no levante cabeza”. Quizás esta pesarosa existencia es un camino de rosas con espinas para que finalmente pueda abrirse a un nuevo yo, bajo la guía de primeros auxilios de “El superhombre” de Nietzsche. Esta eclosión del Übermensch será dolorosa, desquiciante y, finalmente, catártica, ya que después de la tempestad, siempre viene la calma. A Hugo le ha tocado lidiar con el The Game de Michael Douglas. Algo que le haga despertar, aunque sea a golpe de bayoneta.

Asistimos en primera fila a la función teatral de la bajada a los infiernos de Dante, pero sin un Sancho o Cicerone de confianza que pueda aconsejar a nuestro héroe caído en desgracia. Los nueve círculos de este infierno se entrelazan cual espinos de La Bella Durmiente del cuento clásico para poner a prueba a Hugo Larra, que no se arrugará en su batalla personal en la búsqueda de “algo” que lo saque de su desencanto infinito. Bogará por su Jaén natal donde tendrá que escuchar (y entender) las razones de sus familiares sobre sus raíces de pertenencia a una manada, que aun dispersa, conserva un nexo inviolable de sangre. Perderá sus pasos por la Universidad Complutense, por Ciudad Real, por Málaga, por bares de carretera y polígonos industriales. Este decorado no casa con la épica de Virgilio en el infierno, pero es perfectamente reconocible para el lector español.

Hugo está a medio camino del “Falcó” de Arturo Pérez-Reverte y del “Torrente” de Santiago Segura. No llega a la elegancia insidiosa del primero, pero no es tan inmundo como el segundo. Vive su Tarde de perros particular de Al Pacino, de la que podrá salir con los pies o con la sonrisa por delante (esto lo tendrá que averiguar el lector). Cuando se vive muy rápido creyendo que en tu coche deportivo el karma no te puede alcanzar, seguramente estés equivocado. El karma te estará esperando en la gasolinera y se cobrará su merecido peaje con intereses. Durante este camino de exploración personal se encontrará con multitud de personajes secundarios que irán desmigando su alma (y su cartera) para intentar que espabile o definitivamente caiga en la tumba de los derrotados.

Iván Aranda Maqueda nos ofrece un personaje carismático que boquea en tiempos difíciles, de crisis económica, social, personal y familiar. Nos apunta notas reflexivas del porqué los individuos somos maquinas perfectamente engranadas hasta que un día nos salta un muelle o una bisagra y empezamos a convulsionar como danzantes profesionales del baile de San Vito. Un hombre llevado al límite de implosionar y que se ahoga en sus sentimientos si antes no consigue encauzarlos adecuadamente. El autor nos hace reflexionar acerca del mundo en el que vivimos, la desconexión de nuestros semejantes, el hastío infinito hacia nuestro trabajo y nuestros familiares. Todo ello ocasiona una crisis personal de valores que nos afecta irremediablemente. Algunos lectores se reconocerán en algunos momentos de la lectura. Los arranques de mala leche y bilis siempre nos acompañan muy de cerca… listos para aparecer al primer pistoletazo de salida.

Hugo tiene una largo camino por recorrer… Esperemos que el final del túnel tenga salida y no sea un lienzo pintado al final del mundo conocido como en la película El show de Truman. ¿Quieren averiguarlo?


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