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ARDE HASTA EL FIN, BABEL

ARDE HASTA EL FIN, BABEL

– GUSTARÁ:
A los seguidores de las historias extrañas e irreverentes cargadas de reflexión y mala leche narrativa. A todos aquellos que disfrutan en la incomodidad de los puntos de vista tangenciales y originales en historias construidas con premisas que chirrían en los áticos y, sobre todo, en el alma.

– NO GUSTARÁ:
A los amantes de la novela clásica o contemporánea pero de construcciones más amplias, elaboradas y nutridas. Tampoco gustará a los que leer en constante inquietud no es su fuerte ni a aquellos que prefieren lecturas que transiten por zonas más templadas, accesibles y calmas.

– LA FRASE:
“Sin embargo, a los padres de la chica desaparecida les resulta imposible quedarse de brazos cruzados. Mientras esperan a que los amigos de su hija les traigan carteles con la fotografía de ella y con sus teléfonos para repartirlos por la ciudad, deciden volver a llamarla. Es inquietante y esperanzador al mismo tiempo que el teléfono siga encendido; de alguna manera, para ellos esto significa que todavía existen posibilidades de encontrarla pronto”.

– RESEÑA:
Arde hasta el fin, Babel, de Diego Vaya nos llega por la gentileza de la editorial Maclein y Parker para que buceemos en sus ramificaciones narrativas en un intento de hallar la sustancia de la que están hechas las ideas de su autor. Tenemos entre manos un libro de relatos cortos, que junto con los poemarios, son, seguramente, de los géneros que más exigen del lector. El libro de Diego Vaya cuenta con seis relatos que no guardan una relación narrativa ni de personajes claramente identificable. Ahí radica la dificultad. La novela y su clásico orden de: presentación, nudo y desenlace se sextuplica en este caso para formar una teórica suma de dieciocho escenas y esto es lo que siempre despista al lector. Además no olvidemos que las editoriales tradicionales suelen huir básicamente de tres tipos de propuestas de borradores: poemarios, colecciones de relatos y trilogías. Todos estos ejemplos tienen sus respectivas explicaciones, siendo la principal, la de la viabilidad económica. El editor busca el estándar de ventas en una tipología concreta: novela de aproximadamente trescientas páginas de lenguaje ágil, contemporáneo y realista. Es por esto que nos alegra que alguien haya confiado en este libro para que hoy lo podamos traer aquí ante todos vosotros. El “problema” de un libro de relatos es la dificultad de armar una sinopsis comercial digna que atraiga a los posibles lectores. El lector abdica en ciertos momentos de entrar y salir a cada poco de un relato. No termina de fijar la trama y a sus personajes cuando de repente finaliza el acto y tiene que volver a empezar de cero. Tiene grandes ventajas para los lectores ocasionales, pero se le queda corto a aquellos lectores asiduos. Valga el ejemplo de quienes devoran series televisivas de tres en tres pero les aburre una película de dos horas y media. Además tenemos el asunto de la falta de retención y el olvido y, con ello, las menores posibilidades de recomendación por el boca-oreja ya que el lector no se acordará exactamente de los relatos disfrutados. Mención a la excelente película Relatos Salvajes (Damián Szifrón, 2014) donde echando la vista atrás siempre se nos olvida alguno de dichos relatos, y esto, con un largometraje, no ocurre. Algunos recordamos con cariño que en las recopilaciones literarias clásicas de relatos de terror, de ciencia ficción inglesa, de Alfred Hitchcock presenta…, etc, subrayábamos con lápiz los cuentos que más no habían gustado, para un futuro lector o futura segunda lectura supongo.

Diego Vaya nos presenta un articulado muy variopinto de inquietudes. Curiosamente empieza por el lado más clásico del género con el relato que más páginas ocupa. Se trata de una casa misteriosa que afectará poderosamente a su pareja de inquilinas. (Por cierto, este relato tiene, seguramente, el momento más terrorífico de todo el recopilatorio. Avisados están). Además de los consabidos y, en ocasiones, manidos recursos del género de suspense y terror que, aunque ya los conozcamos son del todo imprescindibles en estas lides, hay que destacar el reparto humano de los protagonistas de estos cuentos. Ahí justamente reside el éxito de la reciente serie televisiva La maldición de Hill House de la plataforma Netflix; en la familia protagonista. Sin ellos la narración televisiva no pasaría de una pieza del montón olvidable. Pero la génesis del miedo está en las personas que lo contraen, lo afrontan, lo abrazan o lo rechazan. Es en esa pelea donde el lector o espectador encuentra la abertura para internarse con credulidad en el mundo que el creador le expone. Si el personaje que mira debajo de la cama tras haber escuchado un crujido nos es del todo indiferente, el potencial del miedo desaparece por completo, convirtiéndose la narración en un simple pastiche de slasher.

Si el rumbo que marcaba el autor parecía transitar por terrenos ya bien pisados, nos encontramos que nos lleva por sendas más oscuras, entre el realismo rural más descabellado, pasando por (tristemente) historias que podrían aparecer en portada de cualquier periódico o noticiero de tirada nacional, hasta encuentros con personajes sin escrúpulos ni consideración hacia el prójimo. Terrores hay muchos y sufren siempre de un cíclico resurgimiento dependiendo de las condiciones socioeconómicas, políticas y evolutivas de la sociedad. El terror gótico y romántico de los siglos XVIII y XIX tenía su propio canon lógico que asombraba a las gentes más crédulas y pegadas al folclore y a las leyendas locales. A lo largo del siglo XX según fue avanzando la tecnología científica y la comunicación llegaba cada vez más lejos se ha ido desechando progresivamente el oscurantismo y la superchería. Las sociedades urbanitas empezaron a modificar sus miedos a los castillos encantados en páramos neblinosos y bosques plagados por satánicas apariciones hacia una tipología de miedo que se ha ido consagrando en los últimos tiempos. El terror a las nuevas tecnologías, a la soledad, a la indiferencia, a la crueldad del vecino, a la locura del compañero de trabajo, al aislamiento del grupo social, a la indiferencia del resto, en definitiva, a la dificultad de adaptarse en un tiempo de falta de valores, consumismo, desapego y frustraciones continuas. Solamente hay que ver la evolución del género desde Twilight Zone, Cuentos asombrosos o Historias de la cripta hasta Black Mirror. El miedo cambia de cara, pero nunca nos abandona.

Es aquí donde Diego Vaya saca su varita de mortífago para entrar por unos vericuetos que desestabilizarán al más bregado en la materia. El autor ataca una temática muy variada incluso dentro del mismo relato. Es característico de este género buscar el giro último, bien con un final cerrado o abierto. Los autores afrontan el relato en una loca carrera por dar ese aldabonazo final que han madurado durante tiempo. El error radica en que algunos escritores para concluir “que todo era un sueño” o que “el asesino era el propio protagonista” se olvidan de la atmósfera. En cambio Diego Vaya busca crear el desasosiego antes que jugárselo todo a la carta más alta con el notable acierto de que fluya la narración sin métrica encorsetada de tal manera que el lector la perciba como inconexa, desorientadora e incompleta. Algunos relatos juegan con la abstracción de juego de matrioska en la que con distintas capas superpuestas no sabemos, o no podemos adivinar, hacia dónde nos lleva la pluma del escritor.

La soledad, la falta de empatía, el aislamiento, la locura, la expiación, la desesperación, la arrogancia, la obstinación, la falsedad, son temas que se dan cita en la presente obra. El aspecto paranormal, esotérico o misterioso aparecerá con infausta presencia pero siempre desde la óptica más social y humana de los personajes que lo sufren, nunca gratuitamente. También contiene trazas de crítica a los modernos medios de comunicación, a las redes sociales, a la ausencia de intimidad, a la telebasura, al consumismo o a la dispersión de la familia y de las relaciones personales tradicionales.

Arde hasta el fin, Babel, es, por encima de todo, un elegante ejercicio estilístico, nada corriente, fulgurante y, en ocasiones, escabroso, más que por las imágenes que representa, por el trato con que las alimenta. Y si nos piden recomendar un único relato nos quedamos con Los padres de la chica desaparecida. Es en él donde radican todas las virtudes de este recopilatorio: atmósfera opresiva, desasosiego, ausencia de respuestas y complicidad del lector en su final.


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