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MICHAEL MERECÍA MORIR

MICHAEL MERECÍA MORIR

– GUSTARÁ:
A aquellos lectores que disfrutaron con la anterior obra de Jackson Bellami, Querido asesino, ya que el tono, su universo y el contexto de la trama son bastante parecidos. Gustará a aquellos que capean bien el temporal en lecturas intergéneros donde los recursos de varios tonos narrativos se juntan en una misma obra, saltos temporales y videoblogs incluidos. Será también del gusto de aquellos lectores rebeldes que defienden su derecho a ser felices y a mantener sus ilusiones por encima de acosadores y verdugos. Seguidores de misterios, sospechas, cluedos e investigaciones policiales también gozarán con este volumen.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos que se les pasó el arroz de los años juveniles, de sus miedos, sus retos, sus enfados y sus descubrimientos personales y sociales. La presente novela es netamente juvenil en su planteamiento y problemática moralista. Los que ya no recuerden cómo transitaron por la edad del pavo y piensan que la etapa adulta es un automatismo y no una consecuencia lógica de una transición que lleva su tiempo y su sangre, sudor y lágrimas anejas, no encontrarán aquí su lectura. Tampoco gustará a los que busquen únicamente un thriller o una novela policíaca al uso de caza al asesino.

– LA FRASE:
“Me gusta disfrutar de las ruinas a solas. Me pierdo imaginando las historias que han presenciado estos árboles, las conversaciones que han oído estas paredes o las reuniones llevadas a cabo en este lugar. Fue un refugio para soldados heridos durante la guerra de Secesión y se convirtió poco después en la mansión de un hombre atormentado. River House debió de ser un lugar increíble en su momento, y me gusta cerrar los ojos para poder verlo así, con sus altos techos y sus ventanales cubiertos por las cortinas. Ese es el motivo por el que siempre vengo antes que los demás. Me gusta soñar que una vez alguien vivió aquí, ajeno al mundo, bajo sus propias normas”.

– RESEÑA: Podía haber sido en cualquier otro lugar, pero tanto en Querido asesino (primera novela de Jackson Bellami) como en la presente, Michael merecía morir, nos vamos a Misuri, EEUU. ¿Y qué pasa en Misuri?, pues para este autor muchas cosas. Es en este estado del medio oeste americano con una densidad de población de tan solo treinta y tres habitantes por kilómetro cuadrado, de boscosas mesetas y verdes praderas con el río Misuri y el Misisipi como baluartes de su geografía y confidentes de sus historias más ocultas y donde tras la fachada de idílicas familias de césped recién cortado y tartas de zanahoria enfriándose en el alfeizar de la ventana, subyacen terribles secretos. Recuerden que en el mismo Misuri se encuentran los Ozark, lugar que da nombre a la divertidísima homóloga serie de Netflix. Allí también hay un instituto que, aunque no tiene una Corte reconocida, sí pululan con descontrol, las drogas, el alcohol, el sexo, la mafia local y foránea. Hay un patrón común en la América menos cosmopolita. Las grandes distancias y el poco contacto personal y vecinal origina grupos endogámicos que se perpetúan en unas conductas definidas en barrios e instituciones siempre recelosas de las figuras externas, y es por ello que siempre intentan mantener sus privilegios en su cortijo personal. El incansable periodista y director Michael Moore nos ha contado en infinidad de ocasiones que la sociedad estadounidense desde siempre ha sido sometida al yugo de la farsa de la amenaza exterior, ya sea con el imperio inglés, con los indios nativos o con los sátrapas petrolíferos del lejano oriente como excusas. El pueblo norteamericano lleva los términos de la autoprotección al paroxismo. Siempre temen al vecino diferente, al que no se pliega a compartir con ellos la barbacoa de los domingos o a beberse unas cervezas en el porche de casa al atardecer. Una sociedad tan cohesionada en las formas, en los ritos y en las costumbres que va a ofrecerte una cesta de bienvenida cuando llegas a tu nueva residencia, no como muestra de cortesía y bienvenida, sino para intentar ver qué escondes en tu sótano (Lo que la verdad esconde, Robert Zemeckis, 2000). Este miedo se combate con el derecho constitucional a la tenencia de armas de fuego en el hogar, con el apoyo de la todopoderosa NRA y, sobre todo, con la pertenencia a un grupo de poder, lobby, asociación o congregación religiosa. Pero si eres adolescente y tus hormonas juegan al Hula Hoop en un looping infinito, no te queda más remedio que llevar la autoprotección al mundo de la pandilla juvenil, que será la que preserve la pureza de sus miembros (recordamos el concepto de los sangre sucia en Harry Potter) y de su forma de vida. Estas pandillas no se dedicarán únicamente a ir a pescar al río y a fumar a escondidas. Detrás de sus caballos bordados de Ralph Laurent, sus blanqueamientos dentales y las cabelleras recién peinadas de las cheerleaders, se halla una terrible crueldad racista, homofóbica, supremacista, excluyente y elitista con un único objetivo; hacerse respetar para auparse a las mejores esferas de poder en la futura universidad y posterior puesto laboral de influencia. Desde pequeños es la impronta del “sueño americano” tenebroso de muchos. Esta no es la imagen de esfuerzo, dedicación y disciplina de los eslóganes, sino que es una lucha intestina para auparse al escalón más alto (La fuga de Alcatraz, Don Siegel, 1979) defenestrando a todo el que sea necesario para alcanzar el trono. Pero para llegar a lo más alto se requieren unos escuderos que te cubran las espaldas y que, al tiempo, se aprovechen de su también cuota de poder. Se exige una organización bien planificada para alcanzar los objetivos marcados. Se necesita una Corte para encauzar las ansias de unos pocos que pisan los sueños de otros muchos.

Jackson Bellami ocultó al malo de su novela Querido asesino (AQUI RESEÑA) con una maestría, elegancia poética y tensión narrativa al nivel de (permítannos la licencia) la trilogía del asesino imposible de Agatha Christie (Telón, Diez negritos y Asesinato en el Orient Express). En Michael merecía morir también hay un asesino, despiadado, justiciero y moralizante. Quizás este sea más fácil de descubrir, ¿o no?, eso ya lo tendrá que experimentar el lector. Lo que sí queda claro desde el principio es que al autor le gusta el doble salto mortal en un circo de tres pistas. Utiliza para ello el recurso narrativo flashback/presente/flashforward en vídeo, de una manera tan equilibrada que no permite al lector decantarse por una de las tres líneas de la trama. Ya pasó con la utilización de este recurso en la serie Lost, que fue la primera que lo utilizó con toda su potencia guionizada. Y así sucede, que la riqueza narrativa crece al llegarnos informaciones cruzadas y tangenciales por varios frentes. Todos recordamos los mejores momentos de Lost en el pasado o en el futuro. Estos momentos liberan por un tiempo al lector o espectador de la tensión incierta de los acontecimientos para imbuirles en un terreno que, aunque es desconocido, al menos es más previsible a raíz de la constante de la narración presente. Y esto Jackson Bellami lo hace con notable destreza jugando con el plano temporal en la creación de un universo adolescente mucho más nutrido y completo. Al igual que los pasajeros del 815 de Oceanic Airlines, los miembros de La Corte y los compañeros del instituto de Greenwood son arrastrados por los caprichos “reales”. Son almas perdidas que deben encontrar el camino hacia la luz o hacia la oscuridad. Pecadores que deben ser castigados por sus pecados.

Pero, ¿qué es La Corte y por qué tanta repercusión? No tendría demasiado valor si solo fuera por el tirón narrativo que siempre origina un asesinato. Miles de víctimas han desfilado en las primeras páginas de los libros y en los primeros minutos de infinidad de películas (revisen La soga, Alfred Hitchcock, 1948. A los 30 segundos tras los créditos ya teníamos un fiambre en un arcón). Lo que interesa realmente al lector no es el muerto en sí, sino el merecimiento del asesinato y el discurso de sus verdugos. Nos interesa el contexto, no el muerto anónimo. Michael merecía morir y murió. Pero murió seguramente salvando a una institución educativa y siendo el mártir, el bofetón en la cara y el jarro de agua fría tras una fuerte resaca. Su muerte tiene una larga explicación que el autor nos relata con la voz en primera persona del finado y mediante la tercera persona para el resto de sus acólitos escuderos. La Corte es el paradigma adolescente y rompiente de la minoría de edad que genera el germen ético de los que luego formarán parte de los consejos de administración y las juntas directivas de empresas multinacionales despóticas en sus formas y eficientes en sus resultados, de organismos públicos que esquilman los bolsillos del ciudadano para derrocharlo impunemente y sin auditoría mediante, en burdeles, cocaína y lencería de lujo para sus mujeres. Este “experimento” de crueldad juvenil es alentada por unas familias que no solo no desautorizan sus prácticas, sino que incluso las jalean para que sus pequeños retoños tomen las riendas para alcanzar su puesto de preboste de la sociedad del futuro. Inseminada la semilla de la superioridad en el subconsciente de estos adolescentes se originan lo que luego serán los abusones de las cúpulas de dirección del futuro. Y aunque las mesas se quieran hacer redondas, los círculos nunca son perfectos, y el rey surge de entre los elegidos para dominar las voluntades de sus súbditos. Pero los reyes también caen y normalmente a manos de sus más cercanos admiradores y vasallos (“tu quoque fili mi“, que diría Julio César). ¿Y qué ocurre con los daños colaterales? Aquí recae lo que es, seguramente, el ancla temática y la paradoja de esta novela. ¿Qué pasa con aquellos chavales corrientes de colegios e institutos que no se meten con nadie, que empiezan a despuntar en habilidades varias y que únicamente desean pasar lo más desapercibidamente posible en una etapa de gruesa marejada hormonal? Pues que por medio del acoso, la burla, la intimidación, el menosprecio y el ostracismo se rompen prometedoras carreras, se truncan ideales, se ocultan sentimientos, se lastran ilusiones, se cercenan sonrisas y se generan individuos inestables; sí, de esos que entran en un instituto con un fusil de asalto y acaban con la vida de sus compañeros y profesores. No en todos los casos, pero la causa/efecto de las actitudes de ciertos abusones profesionales tiene un coste muy alto para la sociedad. Y más, como es en el presente cuento de Jackson Bellami, cuando los garantes del orden y la disciplina; los profesores, están del todo superados por este fenómeno y, más aún, con el beneplácito de unos padres que defienden a sus hijos por encima de instituciones y reglamentos. “Son solo juegos de niños”, dice el dicho popular, pero que no nos engañen sus tempranas edades, dentro de cada niño se esconde un tirano en potencia (El señor de las moscas, William Golding, 1954; Battle Royal, Koushun Takami, 1999; Rabia, Stephen King, 1977; Los chicos del maíz, Stephen King, 1978 o ¿Quién puede matar a un niño?, Narciso Ibáñez Serrador, 1976).

Michael merecía morir (#MMM) transita por la senda de la novela juvenil por su mensaje, su tono, su sencillez gramatical y su cercanía con la problemática que expone y ataca. La voz en las conversaciones de los jóvenes protagonistas, las referencias musicales, cinematográficas, de moda, de gustos, de aficiones, etc casan mejor con un sector de lectores más afines a estos postulados que, por edad, a los más lejanos a las circunstancias personales y sentimentales que asaetean a los protagonistas. Jackson Bellami, tiene varias virtudes, una de ellas es la composición poética y la funcionalidad y brío en las conversaciones de sus personajes. En una obra coral como la presente, todos ellos, equilibran su peso, su carácter, su espacio y su razonamiento interno. Pero por encima de todos ellos y, fagocitando incluso al propio protagonista, descubrimos el gran hallazgo y la piedra angular del libro. Un personaje que tardaremos en olvidar por ser el alma de la obra (de teatro también). Para ello recordamos la historia de Lot y su familia. En Sodoma y Gomorra, (Greenwood) cuando el Señor, no pudiendo ya soportar las peores acciones de los hombres, les dijo a Lot y a su familia que huyeran, porque esas ciudades estaban a punto de ser destruidas. “Escapa por tu vida”, dijo el Señor, “no mires tras de ti… escapa al monte, no sea que perezcas” (Génesis 19:17). La familia huyó, pero la mujer de Lot miró hacia atrás y Dios la convirtió en una estatua de sal. Para ella no era suficiente con salvarse, en el fondo sentía lástima por unos compañeros que no pudo salvar. Nuestro personaje preferido, pudo marcharse con su felicidad, su buenismo y su dulzura, pero decidió quedarse y mirar hacia atrás, pero La Corte no perdona y lo convirtió en sal.

El autor también deja un mensaje claro de superación de los problemas, de comunión de las personas y de su entorno, de lucha por los ideales, por los deseos más íntimos erradicando los males que intentan derribarlos. Deja espacio también para la expiación y la redención de los pecados, para las segundas oportunidades, para la entrega desinteresada y para el perdón. Si nos fijamos, al igual que en su anterior obra donde las tornas cambiaban a mitad de lectura, en la presente ocurre algo parecido. Lo que empieza con un thriller policíaco (recordemos a Hamlet y su final. No spoilers) de averiguar quién es el asesino, se va transformando en algo distinto (que dividirá a los lectores, los riesgos se pagan). La novela va recogiendo tintes más reivindicativos y justicieros. La espada de Damocles pende de un hilo de crin de caballo como cuenta la leyenda griega y puede caer sobre el que se crea con más derecho a disfrutar de un trono que nunca le ha pertenecido. Las autoridades policiales, su peso en la trama y las líneas de investigación de los primeros capítulos van dejando paso a un universo mucho más complejo, moralista y personal. Jackson Bellami juega sus cartas en varios planos. ¿Merecía Michael Foley morir como necesidad para la salvación de una causa más grande? El Cluedo ha empezado señora Fletcher.

Joffrey Baratheon fue envenenado y despojado del Trono de hierro. Michael Foley correrá idéntico destino. Sus vasallos ocultan terribles secretos que si salen a la luz acabarían con sus prebendas sociales. Todos son sospechosos en La Corte. Mientras tanto, un bufón bondadoso y entrañable, cautivará al lector con su música de laúd. Querido asesino Bellami, Mamma mía!, here we go again. El rey ha muerto. ¡Viva el rey!


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