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LA LARGA ESPERA

LA LARGA ESPERA

– GUSTARÁ:
A los amantes de las narraciones pretéritas que rememoran a cada página unos sucesos que ya no volverán pero que tuvieron una gran repercusión y validez para sus coetáneos. Esta obra la disfrutarán los fieles amantes del misterio más reposado, reflexivo y del formalismo no deudor del fondo narrativo. Es para aquellos que visten de gala sus letras pero que siempre encuentran el momento para desanudarse la corbata llegados a los postres. La presente obra está dotada de un equilibrio que no permite el aburrimiento pero que tampoco se abandona al desboque.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos lectores que viven tan apegados a la realidad del presente que todo lo demás les huele a naftalina, leyendas de abuelos olvidadizos y cuentos de Calleja. Tampoco conectará con los fieles de la literatura cortoplacista diseñada en laboratorios editoriales para asegurar su éxito de ventas, tan impactante publicitariamente como caduca en su fecha de donación a la biblioteca municipal.

– LA FRASE:
“Siendo consciente de que he entrado en contacto con el demonio, acudo a misa y me acerco a recibir el cuerpo de Cristo. No obstante, lo único que hago es sentirme peor. No puedo olvidar el cuerpo de esa mujer, aunque no logro enfocar su cara. Tengo miedo; de madrugada la he vuelto a ver desnuda sobre mí. Reía sin parar mientras mi cuerpo yacía inmovilizado. Por primera vez he rezado a Dios”.

– RESEÑA:
La larga espera de J.S Roy es, ante todo, una buena noticia. Cuando un autor novel bucea en la historia para recrear su obra lo primero que hay que hacer es reconocerle tan magno esfuerzo ya desde el despliegue en la fase de documentación, ajustándose a la coherencia narrativa y a la atmósfera que quiere conseguir. El acercamiento a una obra no contemporánea siempre tiene la dificultad de saber aunar la fidelidad de la arquitectura de un mundo pasado con el propio guión al que nos quiere imbuir el autor en su propuesta. No siempre se sale victorioso de esta lucha dicotómica entre la inmersión en el pasado y la verosimilitud de los acontecimientos que se narran. A veces chirrían el enfoque de uno u otro aspecto. En el presente caso debemos elogiar al escritor que ha orquestado una competente obra que recoge muchos de los cánones del género pero que exprime otros tantos recursos estilísticos mucho más modernos y que juegan a su favor para la lectura de nuevos y jóvenes lectores. Aquellos que estén bregados en mil batallas literarias agradecerán la atmósfera que arma el autor, y, los menos avezados en la materia, contarán con un relato de un estilo ágil y sin grandes alardes en florituras ni barroquismos. Es precisamente este el punto fuerte del libro, aquel que versa sobre un tiempo, Francia a finales del siglo XIX, donde se abría a pasos agigantados el camino definitivo hacia los cambios en los usos racionalistas y empíricos de la investigación científica. Son los métodos deductivos los que superan la etapa del romanticismo de primeros de siglo donde lo sobrenatural y los sucesos inmateriales se les dotaba de un lugar preeminente en la sociedad del momento.

Con el símil de la ciudad de las luces como recurso estilístico llegamos al París de 1874. Una ciudad que, a mediados de la década de 1830, ya había sido conquistada por la luz de gas (ingenio desarrollado por, entre otros, el ingeniero y químico francés Philippe Lebon). Esta dualidad de luz en la razón (psíquica) y luz en las calles (física) fue la puntilla a un pasado de sombras, de callejones oscuros, de leyendas urbanas, de mitos y de fabulaciones. Se conjugó la tecnología con el cambio de mentalidad de las sociedades urbanas europeas. La Ilustración a mediados del siglo XVIII ya se había postulado como clara vencedora del duelo con la superstición sustentada en el poder omnímodo de la iglesia y del estado. La aristocracia y la burguesía apostaron por la política, la educación, la filosofía y las artes como una forma de expresión que superponía al Hombre a todos los elementos espurios que quisieran despojarle del trono de centro del universo. Porque hubo un tiempo anterior a la construcción de la Torre Eiffel de 1889. Antes de la aparición de la iconografía más importante de Francia (y, seguramente, de toda Europa) se encontraba una sociedad latente y expectante que quería elevar la mirada al futuro.

Respecto al relato detectivesco, es propio y va de la mano de esta nueva forma racionalista de entender el mundo. Ya no se pueden achacar a la intervención divina o a la insondable e ininteligible mano de la superstición los sucesos criminales que ocurren en las grandes ciudades. Aunque no así en las zonas rurales que seguían con esquemas oscurantistas del pasado (valga recordar la obra La leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving de 1820. En la versión cinematográfica de 1999 de Tim Burton, que difiere notablemente con el original, un agente (en el original, un profesor) es enviado desde Nueva York a una pequeña aldea para que investigue los terribles asesinatos que se están sucediendo. El protagonista se encontrará una pequeña sociedad anclada en el ayer, atada a las supercherías más caducas y con un temor reverencial al Altísimo y al diablo. Ichabod Crane, el protagonista, demostrará (y asombrará) a los allí residentes con sus nuevos métodos de investigación que harán frente a un misterio que pudo ser resuelto (en su mayor parte) mediante dosis justas de racionalismo y deducción). Valga el ejemplo para dilucidar de dónde viene la moderna novela detectivesca europea. Varias fuentes ponen como primera piedra del género el relato Zadig de Voltaire en 1748. A partir de ahí y hasta nuestros días se abre una pléyade de investigadores, detectives y fuerzas de seguridad que con las modernas herramientas (novedosas aunque ahora ya obsoletas) buscan la verdad por más profundamente enterrada que se halle. En una primera gran hornada tendríamos a Edgar Allan Poe, Wilkie Collins, Charles Dickens, Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, entre otros muchos. Luego vendría la novela negra detectivesca norteamericana con referentes en el género como: Dashiell Hammett, Erle Stanley Garner, Raymond Chandler, etc. Y llegamos hasta nuestros días con referencias claras en series televisivas como Colombo, Se ha escrito un crimen, Luz de luna, Canción triste de Hill Street, Remington Steele, hasta las más modernas: Castle, Bones, Mentes criminales, El mentalista, etc.

Toda esta tradición del afán en la búsqueda de la verdad se hace palpable en la presente obra de J.S. Roy de una manera manifiestamente desinhibida. Para nosotros es un punto fuerte en este género de misterio e investigación policial y criminal la ambientación en un tiempo anterior a Internet, a las nuevas tecnologías de posicionamiento por satélite y a la digitalización global. Pensar y analizar en modo analógico dignifica y agudiza los sentidos. Observar el entorno, recordar los detalles, retener las formas, los aromas, el tacto, las imágenes. Mirar a los ojos, percibir el tono de voz de tu interlocutor, compilar datos, darles forma, sentido, contexto y significado. Hoy en día la memoria es un extraño que nos mira con displicencia. La inquietud por la investigación duerme en cajones sucios y desvencijados. La atención, la reflexión y el enjuiciamiento sereno han cedido terreno al permanente multicanal sensorial en el que estamos embutidos diariamente. Hubo una época en la que las personas se miraban y se hablaban personalmente durante horas. Esto hacía que la realidad del alma humana aflorase entre los mares de dudas y sospechas. Ahora el telón digital vela a quien está al otro lado. Se ha perdido espontaneidad y madurez. El yo real pugna con el yo imaginario que nos devuelve el distorsionado reflejo de nuestra personalidad en las redes de la información computerizada. El resultado es la bipolaridad de muchos individuos que no saben si viven en Matrix o en la caverna de Platón. Pero existió un momento en que las células grises estaban ejerciendo todo su poderío y J.S. Roy nos regala un catalejo bien engrasado para poder acercarnos a tan gratos momentos históricos.

Debemos destacar en esta obra el equilibrio entre la forma y el fondo. Se nota el pulso del autor en dotar de sentido la trastienda del local mientras nos despacha un complejo, aunque no difícil, relato bien construido en cada una de las secuencias que nos propone. Se reconoce el estudio minucioso en sus páginas para hacerse con el caballo cimarrón introduciendo el bocado de la brida con delicadeza y conocimiento para no frenar al lector en seco y volver a salir al galope. En cambio, el ritmo resultante es trotón y desvergonzado. En ocasiones los autores aprovechan que se llevan los hechos de sus novela al pasado para darnos una homilía recauchutada de cifras y datos para su gloria y orgullo erudito. En cambio, en la presente novela, sí podría faltar alguna aproximación adicional a ciertos sucesos y ubicaciones, pero sobrar no, no sobra nada. Comentar también que, tangencialmente y, en consonancia con los tiempos de cambio que viven los personajes, se cuestionan curiosas, valientes y, en ocasiones, férreas diatribas sobre el mundo político, social y cultural que les circunscribe, les clasifica en estratos y les exige que su comportamiento se ajuste a tal situación.

La larga espera de J.A Roy es ante todo una novela viva, colorista y efectiva. Se conjugan a la perfección la descripción de finales del siglo XIX con los chispeantes y formales diálogos entre los personajes. Estos engarzan sus fuerzas con suficiente decoro, estilo e idoneidad para creernos sobradamente que tienen entidad propia, carácter y autonomía narrativa. La novela consta de dos partes, que si bien no pierden la cohesión de estilos, sí se puede observar que, mientras la primera de ellas es la que expone las reglas del juego y describe el estado de la situación, es la segunda en la que los pasajeros subirán a un tren que ruge furioso haciendo piruetas sobre una sola vía y que acaba desfondado habiéndolo dado todo para llegar a un final digno, tenso y jugoso.

Den cuerda a su reloj de bolsillo, vístanse para la ocasión, pongan sus córneas en blanco y negro, y, sobre todo, desenchufen ese terrible aparatito que les chupa la sangre. ¿De verdad se querrían perder una noche de baile en la última cubierta de tercera clase del Titanic? Allí solamente el humo del tabaco, los vuelos de las faldas, el roce de los desgastados zapatos contra el recién estrenado suelo y el olor fuerte e indecoroso a expectativas vírgenes y libertad fueron testigos de que no se necesita mucho para ser felices. Pasen y deléitense.


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