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LUCES DE LA HABANA

LUCES DE LA HABANA

– GUSTARÁ:
Principalmente a aquellos lectores que disfrutan de la buena literatura, venga de dónde venga, la escriba quien la escriba y cuente lo que cuente. En concreto apasionará a los que las obras de personajes perfectamente delineados en una atmósfera auténtica y llena de matices les hacen seguir leyendo hasta bien entrada la noche. Luces de La Habana reivindica la mirada sin complejos y desinhibida hacia un fenómeno cultural único y particular que congrega a unos personajes que están sometidos a un reglamento férreo en las formas pero, normalmente, laxo entre sus bambalinas. Hecha la ley se manifiesta la trampa; esa que obliga a que los sucesos habaneros que aquí se reúnen tengan una densidad guionizada prodigiosa.

– NO GUSTARÁ:
A los que las colecciones de relatos o cuentos no sean de su predilección. Tampoco será del interés del lector de novela de género marcado y encorsetado en una temática concreta de librería de centro comercial. A los que no tienen tacto, empatía ni sensibilidad alguna por sus congéneres no querrán ponerse tampoco en la piel de este clown que ríe por fuera lo mismo que sufre por dentro.

– LA FRASE:
“Reinaldo era un anciano religioso, aficionado al culto y los rituales yorubas. Soltero y solo en la vida, Reinaldo vivía en casa de su hermana Greter. En la salita, bajo la lámpara de neón, yacía la piedra con dos ojitos que personificaba a Elegguá, el San Antonio de los cristianos, junto a su hermano Ogún y sus herramientas. Más o menos cada veintiún días, Reinaldo acudía a casa de su madrina de santería, reputada vidente, allá por el barrio de Ciénaga. Y es que la letra del santo, o sea, su admonición, perdura durante veintiún días, ni uno más; después cambia el astral y se debe hacer una nueva consulta. Omaida, la madrina de Reinaldo, cobraba a éste ciento cincuenta pesos cubanos por cada consejo espiritual. En una de aquellas ocasiones, como de costumbre, realizaron el culto con profusión de velas prendidas entre imágenes de santos afrocubanos. Cubierta de abalorios, Omaida echó los caracoles a la tenue luz de las bujías, escuchó la voz de Elegguá, escribió sobre un cuaderno, y luego dirigió a su ahijado una penetrante mirada. Reinaldo sintió un estremecimiento. Omaida pronunció:
-¡Cuidado! Elegguá dice que puede desaparecer alguien de tu familia. Debéis andaros todos con ojo, grandes y chamacos, pues un peligro se cierne sobre vosotros”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar Luces de La Habana del polifacético lingüista, conferenciante, escritor y gestor cultural, Jesús Greus. Nos presenta un compendio de cuentos o relatos cortos con La Habana como clave de bóveda y Cuba como escenario catedralicio. En esta obra se abrazan en el gran teatro del mundo una sucesión de personajes que bien podrían haber parido Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carmen Laforet, Rafael Sánchez Ferlosio o el mismísimo Miguel Delibes en Los Santos inocentes o Camilo José Cela en La Familia de Pascual Duarte o en La Colmena. Siempre se ha dicho que España tiene una gran tradición e interés literario en el género picaresco que ha exportado a otros países con obras inmortales como La vida del Buscón o Rinconete y Cortadillo. Pues bien, ¡agárrense a lo que viene ahora desde Cuba! Y así es, principalmente, en épocas de carestía donde nace “la inteligencia del hambre” que realiza todos los actos pertinentes para apaciguar, no solo la gusa, sino para saciar las ganas de vivir que han sido condenadas por la guerra o por el bloqueo económico. No solo el resonar de las tripas vacías hace espabilar al carpanta de su galbana, sino las ganas de proclamar a los cuatro vientos que el alma es inconquistable aunque las penurias hayan arrasado la inocencia de la mirada. En palabras del poeta inglés William Ernest Henley, que pasó las de Caín en su niñez postrado en la cama con tuberculosis durante un año con amputación de la pierna incluida: “…No importa cuán estrecha sea la puerta. Cuán cargada de castigos la sentencia. Soy el amo de mi destino: Soy el capitán de mi alma”. Palabras que pasarían a la posteridad por ser las que Nelson Mandela se repetía durante 27 años para poder soportar su cautiverio. Es esta lucha personal contra los elementos y por la salvaguarda de la dignidad intrínseca de toda persona sobre la que pivota este fresco costumbrista que se introduce en tantas almas del purgatorio habanero.

Dicen que para diferenciar un buen vino de uno del montón es suficiente con el primer sorbo. Una vez hecha la criba y desechados los caldos menos afortunados, ya puede uno sentarse y deleitarse con las diferentes notas y sensaciones de los taninos. En Luces de La Habana, con el primer sorbo de las primeras 12 páginas se alcanza a degustar un Crianza, en la 19 ya alcanzamos el Reserva, y en la 50 nos topamos con un Gran Reserva compartido con María Clara en Miramar (antes de que la visite un pícaro despiadado y sin escrúpulos, ya que si vamos después no quedará ni por quién preguntar). Ya desde el principio de la obra podemos asegurar que encierra una verdad arrebatadora que no es fácil de encontrar en el panorama literario actual. Y si no nos creen solamente lean las primeras 12 páginas de este libro, si luego no les gusta, abandónenlo como los zapatos viejos que declamaría el maestro Sabina. Pero lleguen hasta ahí, aunque sea solo para averiguar hasta dónde puede alcanzar la sensibilidad y la paleta del realismo de un autor. Si se animan a llegar al final de la obra les prometemos que habrán ganado años a la vida.

Luces de La Habana introduce todos sus ingredientes en una coctelera bondiana que mezcla artesanalmente múltiples conceptos pero sin agitar soflamas reivindicativas ni “revolucionar” al lector con un exceso de aportaciones políticas ni idearios personales. El narrador de la presente obra prefiere mantenerse neutral, al margen. Se sienta muy atento en el Malecón con su cuaderno de campo y toma certeras notas de lo que allí se cuece. Escucha pacientemente y bosqueja lo que luego serán sus personajes protagonistas. De esa realidad, que solo conoce un “reportero de guerra” que ha tragado bilis y recibido metralla por doquier, Jesús Greus es capaz de dar puntadas con hilos de plata y sensibilidad delicada, vaporosa y humanista. Sucede con cierta frecuencia que en toda obra el continente y el contenido no consiguen equilibrar sus fuerzas, ocasionando que el lector se quede cojo de ciertos aspectos de la narración. Ocurre, que las descripciones del envoltorio no están a la altura de la historia contada o al revés, la historia no tiene un continente con suficiente entidad para merecer lo que se cuenta. El lector se enfrenta a autores que van desde el aldabonazo constante con el barroquismo descriptivo o otros que se sienten muy cómodos dentro de un guión de película de persecuciones y que no prestan atención a lo que sucede a su alrededor a tan alta velocidad. De Thomas Mann a Dan Brown para entendernos. Pues en Luces de La Habana podemos asegurar que el contenido narrativo y el continente descriptivo engarzan a la perfección. Se abrazan con tal delicadeza que se hacen inseparables. No podrían existir el uno sin el otro. El autor hace un encomiable trabajo de inmersión en la cultura cubana, sus gentes, sus costumbres, su idiosincrasia, el legado y sus raíces caribeñas y africanas, la religión reglada y la arraigada santería de los ancestros o la relación con el sexo en todas sus vertientes: desde la más lúdica y festiva, pasando por la clandestina, hasta la que es puro refugio transaccional para ganarse las habichuelas.
maxresdefault.jpgDe lo divino y de lo humano; de la filosofía de aquel que vio como llegaron los casinos y las luces de neón, para ser desplazados, a continuación, por la revolución que enrasó al vulgo por abajo dejando reservadas las prebendas a aquellos que venían, supuestamente, a liberarlos del azote de la tiranía del capitalismo; de las feromonas danzarinas que entre rumba, bolero y chachachá se sacuden la carestía material y la reemplazan por el goce espiritual y espirituoso; de la soledad de quien tuvo y ahora le cuesta retener; de la magia de lo inefable enraizada en el antiguo folclore de mitos y leyendas o de la rutina de aquellos que hacen de las piedras en su camino un canto a la esperanza y a la supervivencia. Jesús Greus introduce a sus personajes en este microcosmos y tira la llave. Desde dentro su trabajo de investigador y observador se torna en un ejercicio de rugiente desempeño. Al igual que en El ángel exterminador de Luis Buñuel, el autor espera pacientemente para encontrar lo mejor y lo peor del alma humana cuando el reducido espacio vital obliga a jugar al mismo juego, aunque algunos, los más espabilados, guarden las jugadas maestras en la manga.

Y todo lo anterior con un autor que limpia, fija y da esplendor al lenguaje utilizado (con un pequeño glosario de cubanismos al final del libro incluido). La voz de cada personaje se eleva por encima de la del narrador, ocasionando un impresionante cuadro realista, sencillo y natural. No hay espacio para la impostura. De la sencillez del estilo empleado nace la complejidad. El mensaje es cristalino y transparente. Las pinceladas son perfectamente entendibles, pero al mismo tiempo, llevan inherentes una carga expositiva que hará de la lectura un ejercicio de comprensión de la realidad cubana desde la sensibilidad y el sosiego de quien cuenta sus historias sin aspavientos, hipérboles ni fanfarronería. Tras capas y capas la cebolla queda desnuda y aparece la esencia del relato.

Lean Luces de La Habana de Jesús Greus si les queda algo de sangre en las venas, en caso contrario se las verán con Changó y ese no hace prisioneros. Avisados quedan.


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