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Hijo del hierro

HIJO DEL HIERRO

–GUSTARÁ:
A aquellos seguidores de la distopía y de los futuribles im(posibles). A los amantes de la ficción apocalíptica que se recrean con nuevas normas y escenarios nacidos de las cenizas de nuestro mundo beligerante y en decadencia. También llamará la atención de aquellos que quieran ver otras ópticas en la lucha de géneros, nicho de radicalismo e intransigencia por ambas partes. Sin olvidar la cuidada edición que tenemos entre manos de Ediciones Labnar, que siempre se esmeran en presentar productos de máxima calidad respecto a materiales, edición y maquetación. Por cierto, algunos “pillarán” la simbólica portada del libro a la primera, otros necesitarán un empujón.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos lectores que la ficción no es su fuerte, y menos, los escenarios más irreales y fantasiosos cargados de una vibrante adrenalina narrativa de idas y venidas. Tampoco gustará a aquellos que comparen esta obra con la de los grandes maestros del postapocalipsis. Aquí el tono es menor, mucho más cercano y menos grandilocuente. Para los versados en la materia pueden resultar algo repetitivas las andanzas del protagonista y demasiado casuales y azarosas el tipo de relaciones y alianzas que sella recorriendo medio mundo. El bastón de mando de la rebelión y el seguimiento ciego de sus acólitos pueden resultar en ciertos momentos algo forzados. Para gustos…

– LA FRASE:
-¿Ves aquellos arbustos amarillos y rojos? -me pregunta cuando me uno a él, señalando a la maleza que rodea los túneles formados con el fuselaje de los aviones-. Son lirias de sangre. Mi madre decía que antes de la Guerra Global de Naciones su flor solo era blanca, y se usaba para decorar las tumbas de los difuntos. Hoy, gracias a la radiación, son de las flores más bonitas que hay en este mundo”.

– RESEÑA:
Si la presente novela fuera una película, podríamos decir: “De los productores que nos trajeron La opción Wesser (Áquí reseña) y Querido asesino (Aquí reseña) regresan ahora con la obra más extensa, postapocalíptica y socialmente transgresora de la temporada, de la mano del director J.P. Orangetree, ya versado en estas lides y con varios títulos de éxito a sus espaldas. En septiembre en los mejores cines…” Pero bueno, de momento dejémoslo en una licencia poética. Hijo del hierro sería un libro muy interesante para llevar a la gran pantalla, o lo que está más de moda, que Hbo, Movistar o Netflix se peleen en el fango, con uñas y dentelladas a la tráquea, para hacerse con los derechos de autor de la presente obra. Cierto es, que las grandes producciones, y este libro la necesitaría, no son del gusto del mundo audiovisual español y del riesgo que no se quiere correr.

En España está acreditado que se nos da bien vestirnos de época: Curro Jiménez, El ministerio del tiempo, Velvet, Las chicas del cable, La peste, Cuéntame, Isabel, El Quijote, Águila roja, etc, y de realismo tragicómico: Médico de familia, Farmacia de guardia, Verano azul, Siete vidas, Aquí no hay quien viva, Anillos de oro, Manos a la obra, etc, ¿pero que ocurre con el género fantástico?, porque autores no nos faltan: Manuel Loureiro, Juan de Dios Garduño, Laura Gallego, Carlos Sisi, Enrique Laso, Javier Negrete, Pilar Pedraza, José Carlos Somoza, Elia Barceló, Juan Gómez-Jurado y muchísimos otros. Pero el problema ocurre en el tránsito a las adaptaciones a cine y televisión. Aquí ganan siempre el resto de géneros y, quitando algunos loables ejemplos como Historias para no dormir de Chicho Ibañez Serrador, tenemos unos formatos bastante flojos y pobres que normalmente se cancelan rápidamente por falta de audiencia. Ejemplos son: La zona, El internado, Luna. El misterio de Calenda, Los protegidos… y muchas más, casi totalmente desconocidas, que pinchan en hueso. ¿Hay solución?, ¿merecemos esto los fervientes seguidores del género fantástico? Pues el único camino que se nos ocurre a nosotros es seguir creando historias para que ellas solas se extiendan entre un nutrido grupo de lectores que posteriormente demandarán que lleguen a la televisión. Y qué mejor ejemplo que con Hijo del Hierro. Leyendo el libro es muy difícil no abstraerse en pensar que, puliendo, abrillantando y adaptando sus páginas a un guión audiovisual, se podría crear un producto ágil, cercano, vigoroso y encaminado a un amplio espectro de audiencias con todos los elementos que hoy en día son necesarios para que triunfe una serie: Luchas de poder + Malos malísimos + Venganza + Folletin romanticón = Juego de Hierro, digo, de Tronos. O esto o a seguir confiando en el mercado estadounidense sine die.

Hijo del hierro, pertenece al género de la distopía postapocalíptica, uno de los géneros qué más dificultades acarrean a un escritor al tener que crear un mundo prácticamente desde cero. Los únicos pilares que se mantienen en pie son los de una sociedad que caducó en sus propósitos y que arrasada en su lento marchitar se ha convertido en polvo. Con los rescoldos de un mundo pretérito en el que solamente bailan unos leves reflejos en su estructura, el autor tiene la libertad (y la gran responsabilidad) de armar un cuerpo estructuralmente cohesionado, verídico, formalmente inteligible, rico en matices y con rasgos anticipativos de lógica evolutiva. Todo un aparato social, político, religioso, comercial, legal y relacional que tenga lazos atrayentes en todas sus capas para que pueda formar una unidad que funcione sin errores ni sinsabores en la mente del lector. Esta es una labor descomunal en la que se pueden escapar muchos detalles que lastran el resultado final y lo alejan de una composición robusta. Por ello cuando vimos que el libro de J.P. Naranjo tenía casi seiscientas páginas nos alegramos. Crear un mundo nuevo salido de las cenizas del anterior es una obra de ingeniería literaria al alcance de pocos. Muchos se han atrevido con resultados desiguales y, aunque las comparaciones son odiosas, no podemos dejar de mencionar los pilares de este género, como son: La carretera de Cormac McCarthy, Soy leyenda de Richard Matheson, El mundo sumergido de J.G Ballard, La tierra permanece de George R. Stewart, Apocalipsis de Stephen King, El canto del cisne de Robert McCamon, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago o Hijos de hombres de P.D James. Los títulos anteriores son los que más se pueden asemejar a la parte de Hijo del hierro más madmaxiana, de lucha de clanes, de agrestes y vastos espacios naturales yermos jalonados de retazos de supervivencia. Sin embargo, los cien años pasados desde la destrucción completa de la humanidad y los progresivamente consolidados nuevos organismos y estructuras de poder, la asemejan también a una inversión siniestra de El cuento de la criada de Margaret Atwood o a las sumisiones de los distritos en Los juegos del hambre de Suzanne Collins o a reflejos de la santísima trinidad y sancta santorum del género de ciencia-ficción: Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. De este último incluso disfrutaremos de un cameo muy interesante en el presente libro.

Hasta la fecha los únicos Hijos del hierro que conocíamos eran los de la Casa Greyjoy de Juego de Tronos. Se podrían realizar interesantes paralelismos entre aquellos y los que ahora traemos a colación en la obra de J.P Naranjo, pero solamente dejaremos apuntada la idea. Aquellos que les interese el tema pueden indagar en los libros de George R.R. Martin.

J.P. Naranjo nos presenta esta hercúlea obra con firme pulso en un pentagrama que transita serpenteando notas bélicas entre el adagio y el allegro. La novela está dividida en dos partes complementarias (intramuros y extramuros). En la primera seremos espectadores de lujo, desde la atalaya del protagonista, de la cotidianidad de un nuevo orden mundial en la que el género femenino ha subyugado al masculino, designándole tareas puramente operativas y reproductivas. Esta exposición que contemplamos es una suerte de extra omnes del ritual vaticano de elección papal, que en este caso es pervertido y dado la vuelta por la nueva oligarquía femenina dominante. Quizás esta primera parte sea la más interesante del libro ya que fija la estructura de una nueva sociedad nacida de una anterior aniquilada y que, con su propias razones, ha originado un nuevo régimen autoritario de deriva fascista, déspota y opresora. Esta primera puesta en escena se queda un poco corta en explicaciones, estructura y profundidad, ya que muy rápidamente se desata el paroxismo y el desenfreno de una road movie cargada de anfetaminas. Tras este aldabonazo en la línea de flotación del relato nos adentramos en un planteamiento narrativo muy parecido al de Mad max: Fury Road, 2015, esto es, una breve introducción del estado distópico establecido e, inmediatamente, rock & roll. (Nota Spoiler: Al final de esta película la victoria recae en manos de un grupo de mujeres. ¿Acaso no sería una extraordinaria precuela de Hijo del hierro? Recordemos que a Tom Hardy se le ordeña literalmente la sangre). Asistimos al escrutinio de una generación de mujeres cansadas de la violencia, las violaciones y el abuso masculino, que se rebelan usando la mayor de las fuerzas para imponer sus nuevas normas, invirtiendo la situación y convirtiendo ahora la ciudad de Matter en el centro del mundo libre y civilizado, pero sin abandonar la guerrera que todas llevan dentro y que es esencial para la supervivencia y dominio de la sociedad.

La segunda parte de la novela incide más en la temática clásica del camino del héroe y de la carga reflexiva y filosófica acerca del ejercicio del poder, de las herramientas de la democracia y de la eterna pregunta de si la violencia es capaz de resultar eficaz para erradicar más violencia. El protagonista, una vez abandonado su infierno particular, escenificado en una fundición de metal donde las altas temperaturas, el desapego de sus compañeros y la institucionalización del entorno, le conminan a llevar una vida alienante, insípida y gris, pese a ser un adolescente que en otras circunstancias disfrutaría de los juegos propios de su edad, deberá madurar a un ritmo endiablado. La estima que se ha ganado entre sus semejantes hará que un reducido grupo de “Virgilios” le acompañen en su iniciático camino de redención transitando por los nueve círculos del infierno de Dante para espabilar, aprender y responsabilizarse de la ingente tarea que tiene por delante. Entre todos ellos le abrirán los ojos a una nueva realidad en la que los pueblos oprimidos deberán alzarse en armas para forjar un destino con un nuevo equilibrio de fuerzas. (Recordamos aquí el papel de Daenerys de la Tormenta de la Casa Targaryen, La Primera de su Nombre, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, La que no Arde, Protectora del Reino, Rompedora de Cadenas, Madre de Dragones, Señora de Rocadragón, Reina de Meereen, Yunkai y Astapor, Hija del Dragón, Reina de Dragones. Larguísimo nombre para una tarea unificadora parecida a la de nuestro protagonista). Nos zambullimos en un viaje de descubrimiento cual Compañía o comunidad del anillo de Tolkien en aras de congregar a los diferentes pueblos que afrontan individualmente su pugna contra las imperantes féminas, pero que no tienen ni la fuerza suficiente, ni un mando único carismático que les permita tener un mera posibilidad de victoria. El protagonista irá progresivamente adquiriendo conocimientos de varias ramas del saber existente, así como habilidades diplomáticas para revertir la situación del caudillaje imperante. Cual Lawrence de Arabia uniendo a las tribus árabes contra los turcos o como William Wallace haciendo lo mismo con los clanes escoceses ante las tropas inglesas, Dórean, Hijo del hierro, comandará una coalición de intereses para la consecución de un bien mayor: la libertad que no rinde nunca pleitesía.

La obra está escrita en primera persona, por lo tanto lo que ganamos estando tan cerca de la respiración agitada del protagonista y de sus vicisitudes, inseguridades y desvelos, nos lo perdemos de conocer circunstancias que suceden en el mismo tiempo y en distinto espacio, así como de la omnisciencia de un narrador que podría entrar por todos los vericuetos de este complejo mundo. (Nos quedamos con ganas de conocer más a fondo, en paralelo a la historia principal, el sentir de la ciudad de Matter con la actividad de sus líderes). Nosotros preferimos las diferentes ópticas y tiempos del narrador, ya que en estas novelas tan colosales, suman riqueza, matices y enjundia a la composición. La narración tiene un lenguaje cercano, gramaticalmente adaptado a unos personajes que nos indican que en cien años se han moldeado nuevas palabras y giros expresivos. Hijo del hierro juega con terminología y formas que nos recuerdan que estamos en un mundo futuro que ha sufrido grandes modificaciones en todos sus aspectos, excepto en el tecnológico, en el que andan todavía en pañales. La vuelta a la edad media de los conocimientos iguala a la mayoría de sus moradores. Únicamente en este camino se le podría achacar a la novela no tener esa profundidad texturizada y ambiental que ha dotado al mito del héroe desterrado y resucitado en referencia inmaterial de la literatura: Ulises en la Odisea, Paul Atreides en Dune o Aragorn en El señor de los anillos, etc. Todos ellos tendrán que forjar su alma lejos de su casa, en el exilio, para demostrar con su retorno el crecimiento interior adquirido. Pero no creemos que debamos hacer comparaciones y menos con los maestros: Homero, Frank Herbert o J.R.R Tolkien.

Por último y, no por ello menos importante, cabe destacar la velada reflexión del autor a la identidad de género tan de actualidad en nuestra sociedad y que ha conseguido llevar a las trincheras de la discusión más tirante a las distintas ideologías y corrientes de pensamiento sobre este aspecto. Si la Historia nos ha enseñado algo es que cuando un régimen es abolido por la fuerza de los que han sido oprimidos por el propio sistema suprimido, es muy difícil volver a la normalidad, con el perdón y el olvido de los bandos enfrentados. Normalmente la bancada ganadora impone su criterio por la fuerza y la legitimidad de la victoria, armando un discurso oficial y populista que no permite ni un atisbo de disidencia. Este nuevo orden tendrá vigencia hasta que se alcen en armas unos nuevos rebeldes y así volvemos al principio del mito del círculo infinito (ver de nuevo la portada del libro)… Por eso la saga cinematográfica de Star Wars (ahora en manos de la mercadotecnia de Disney) nos sobrevivirá a todos y se convertirá en eterna, como eterna es la lucha entre los que mandan y los que obedecen. Anotar también que el autor expone un canto libre a las relaciones homosexuales y entre diferentes, como parte de ese espíritu germinal de concordia y sensibilidad de los pueblos oprimidos que defiende el protagonista.

Hijo del hierro de J.P. Naranjo es la otra cara tenebrosa de “El cuento de la criada” de Margaret Atwood. Una fábula de amazonas guerreras, educadas en el matriarcado radical y alejadas del discurso feminista clásico de justicia e igualdad de Wonder Woman. Road Movie madmaxiana despiadada, beligerante y visionaria con un trasfondo reflexivo semejante al Bellas durmientes de Stephen y Owen King. Bienvenidos a Matter, donde el hombre sumiso vale lo que produce y no tiene opción a ponerse en huelga como en la Lisístrata de Aristófanes.


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