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Chloe sin cortar

CHLOE SIN CORTAR

– GUSTARÁ:
Para lectores de poemarios de verso suelto, desinhibido, sin complejos y alejados de la formalidad, la pompa y la ceremonia de otros autores. Poemas que luchan, muerden, reivindican, lloran y piden paso entre tropezones, caídas y vueltas a la verticalidad. Chloe afila la pluma para pinchar al lector y averiguar si sangra o está abducido por los nuevos tiempos de la indiferencia digital y el hastío vital.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos lectores que buscan poemas de formas clásicas, ornamentadas, reglamentarias y pulcras. Tampoco será del interés de aquellos que ya lucharon en su juventud y no se acuerdan del órdago de sentimientos que se conjugan en aquella etapa en la que se camina con pies de barro y con la mente apelotonada a la espera del orden que le darán los años venideros.

– LA FRASE:

ERES TÚ
Te instalas en mí,
y siento que quizá puedas entender cuando te miro.
Eres el final y cualquier principio
que quieras regalarme.
¿Estás segura de que hay más gente aquí?
Parece que solo seas tú, cada una de estas personas
que caminan a nuestro alrededor.

– RESEÑA:
La poesía más que un género literario es, en su más pura concepción, un lugar etéreo, intangible, reivindicativo y, esencialmente, espinoso. Mediante el canto de sirenas varadas en el desierto el autor, autora concretamente en el presente caso, nos espolvorea una rutilante suerte de conceptuosa arquitectura de interiorismo vital. Boquea en mares procelosos agarrada al mástil de proa de un barco de destino incierto. La vida se desmaya en la pluma de la poetisa que recorre toda su paleta de sensibilidades en trazos gruesos y finos, siempre en connivencia con el viento que recorre su diario aprendizaje de este mundo plagado de sinsabores, corazones cercenados, hipocresía y selfies de encuadres felices pero de cimientos vacíos y faltos de autoestima.

Al igual que en el clásico cinematográfico de Disney, donde el príncipe Felipe se abre paso entre la intrincada y salvaje vegetación creada por el hechizo de la bruja Maléfica, para despertar a su amada Aurora de las garras de Morfeo; aquí, Chloe, intenta traspasar dichos obstáculos sin cortarse o, al menos, sin desangrarse por el camino. Su narración va encaminada a despertar a carnes propias y ajenas para compartir su mirada inquieta, salvaje y despojada de reglamentos métricos. La autora concreta un concilio apóstata que congrega a aquellos lectores que andan por los mismos caminos y fases dubitativas que ella pero que están faltos de unos canales de comunicación apropiados para gritar y saltar al vacío. Chloe pone la red para que nadie se lastime en la caída, pero de la impresión de que se suba el corazón a la garganta al enfrentarse al vértigo de la ingravidez, nadie se podrá salvar.

En Chloe sin cortar se dan cita una paleta temática policromática que vertebra y psicoanaliza a su autora, desgajándola en múltiples capas y estratos. Se conjuga el dolor, el desamor, la búsqueda del conocimiento, los celos, la propia existencia, el perdón, la malicia, el cuestionamiento de la realidad y de la ficción, la autoestima, la distorsión del pensamiento, la valentía, el ahogo vital, la fluctuación del “yo” y del “tú”, el sueño de la evasión del cuerpo físico, el alienante ahogo mental, la pasión, la ofensa, la disculpa y el desasosiego de la búsqueda de uno mismo y de aquel que engalana y decora el alma del que ama. Todo en Chloe sin cortar empasta las fijaciones recurrentes de la autora que persigue a un esquivo conejo blanco por una madriguera psicotrópica de luces y sombras bajo el manto de un mensaje que lucha por salir a la superficie. Con tintes libertarios y esquiando fuera de las pistas normativas del género, este pequeño poemario rezuma naturalidad y crudo realismo al haberse eliminado el filtro de la corrección política, los cánones y los reglamentos académicos.

Los lectores podrán comprobar que aquí hay fruto prohibido pero no gato encerrado. Chloe hilvana un circo urbano lleno de todo aquello que le duele, que le motiva y que le calma. Al abrigo de las letras ofrece su tinta roja al sacrificio de los dioses asfixiantes de la cotidianidad. Entre ellos se mueve, cohabita, lidia, pelea y disfruta. En ocasiones sus letras mirarán a los ojos del lector para que sea consciente de que su castillo de naipes está cimentado en arenas movedizas de desconfianzas, miedos y desasosiegos. Chloe le empujará a que vaya más allá de su confortable estufa, y allí, donde el viento arrecia y golpea con fiereza, comprobará de qué está hecho realmente.


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