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TE PINTARÉ UN MUNDO DE COLORES

TE PINTARÉ UN MUNDO DE COLORES

– GUSTARÁ:
A aquellos lectores (lectoras principalmente si nos atenemos a las estadísticas de hábitos de lectura) que gusten de las relaciones de riesgo, de las que se prenden en tan solo un instante y se enquistan en lo más profundo del mecanismo primitivo del cerebro reptiliano. Es para aquellas que anteponen los juegos del destino a la linealidad narrativa del sendero unidireccional del sentido común.

– NO GUSTARÁ:
A todos los lectores que condenaron al destierro las lecturas donde el protagonismo lo llevan las feromonas, los asuntos del catre, los encuentros y desencuentros y las dudas existenciales acerca del porqué de la irrefrenable aparición del fogonazo de la pasión tras una leve mirada que dura un suspiro pero que lo cambia todo.

– LA FRASE:
“Salgo decidida dejando la casa rural a mi espalda y me adentro en senderos cubiertos de ramas y hojas verdes. Me llama la atención que es un camino que no está muy concurrido y se nota perfectamente que no está nada urbanizado, naturaleza pura. Seguramente, por eso me lo habrá recomendado Laura. Poco a poco voy acelerando el paso mientras disfruto de pequeños espacios entre los árboles desde los que se ve el mar. Decido sentarme un rato en una piedra que hay a modo de mirador y respiro profundamente sintiendo como el aire entra en mis pulmones. Miro los barcos y uno me llama especialmente la atención. Sonrío al pensar en la casualidad. “Martina”, leo mi nombre en uno de los laterales del barco. Es de color blanco y las letras escritas en azul turquesa resaltan haciendo juego con el color del mar”.

– RESEÑA:
Hoy traemos a la primera fila de las reseñas, el libro de Paloma Pérez, Te pintaré un mundo de colores. Novela romántica que no se envuelve en otros ropajes ni excusas para dar rienda suelta a sus inquietudes y búsquedas personales de su pareja protagonista que fagocita vorazmente el resto del relato para confrontar dos personalidades que parten de una circunstancia límite. Tras ello, una innumerable cascada de acontecimientos despojará de armaduras y herrajes a una pareja, aparentemente imposible, en una desinhibida carrera hacia una meta real o ficticia. Dice el refranero popular que la curiosidad mató al gato, y así es como los niños y no tan niños se meten en camisas de once varas. ¿Por qué?, pues será porque nos va el misterio, lo inalcanzable y el riesgo o bien porque pensamos que el carcinoma de la rutina nos corroe paso a paso de manera silenciosa y de vez en cuando hay que ser valiente y dar un golpe en la mesa, aunque la mesa se pueda romper vertiendo todo su contenido. Reacciones que no tienen vuelta atrás y que, como ya adivinará el lector, pueden tener un final de colores o en blanco y negro. En la presente novela tenemos un claro caso del síndrome de Estocolmo; trastorno psicológico temporal que aparece en la persona que ha sido secuestrada y que consiste en mostrarse comprensivo y benevolente con la conducta de los secuestradores e identificarse progresivamente con sus ideas, ya sea durante el secuestro o tras ser liberada. Esa extraña sensación de amor/odio que se da con quien es el malo de la película pero del que, finalmente, depende tu vida. Caso parecido son aquellos sucesos de violencia doméstica en los que uno de los cónyuges maltrata física o psicológicamente a la otra parte, pero la parte maltratada, en caso de abandonar la relación, tiene todavía más que perder. Apuntar también que, inexplicablemente, los asesinos en serie encarcelados en Estados Unidos son uno de los perfiles más demandados entre las mujeres jóvenes con el envío de cartas e incluso peticiones de matrimonio. Echen un vistazo a la biografía de Charles Manson y su casi boda con una chica veinteañera con la que había tenido una larga relación epistolar desde la cárcel.

Te pintaré un mundo de colores es una novela de sentimientos, de dudas, de luchas internas entre hacer lo “correcto” y tomar “riesgos”. Escrita en primera persona por el mismo protagonista en (casi) su totalidad, nos da el punto de vista de una víctima que queda encandilada por un momento que le ciega para siempre y que quiebra su principio de rutina de estabilidad emocional en la que vive. A partir de este momento, cual teatro de guiñol, el espectador seguirá sus pasos jaleando en ocasiones sus decisiones, criticándola en otras y, sobre todo, advirtiéndola de que viene el lobo mientras ella, de espaldas al peligro, mirará al público sin saber muy bien qué quieren decirle esas almas agitadas que sufren a través del papel sus desventuras amorosas. Somos testigos de todo un trajín de lagrimeos, desencuentros y pérdidas (en las locas aventuras del corazón nada sale gratis). La pregunta es si valdrá la pena. Nos viene a la mente en este punto la conversación entre Nicole Kidman y Tom Cruise en Eyes Wide Shut, donde ella le confiesa un oscuro secreto. El tratamiento de esta escena por Stanley Kubrick (el cual no pudo ver terminada su última película al fallecer pocas semanas antes) es soberbio. La indagación en la confesión de Kidman acerca de cómo la vida puede cambiar en un instante por fuerzas que no se pueden controlar es imperdible.

La presente obra habla de las segundas oportunidades, en la vida en general y en el amor en particular. La voluntad de enmienda en ambos planos como necesidad vital para seguir caminando y mantener la cordura dentro del irrefrenable cruce huracanado de emociones e insatisfacciones. Algunas de ellas claramente visibles en la superficie, pero otras, más difíciles de diagnosticar en una rápida pasada. Nos muestra la necesidad de los protagonistas de salir corriendo, de gritar al abismo y de bailar como si nadie les estuviera observando. Avistamos un carpe diem en la era digital del tinder y del meetic, del si te he visto no me acuerdo, del mejor solo que mal acompañado, de los edulcorados, engañosos, simplistas, ansiosos y cosificantes programas televisivos como MYHYV o First dates. Son tiempos en los que se deconstruye una persona a lo estrella michelín para convertirla en una chirigota de trampantojo de sí misma. Así estamos, en una época de rotura de las reglas clásicas de la seducción y del reglamento de apareamiento. Nuevos cánones de identificación relacional con nuestros semejantes. La alcoba es ahora un lugar extraño que acoge un proceso fundacional de redacción de una nueva Constitución con un articulado adaptado a las necesidades del folleteo del siglo XXI.

Paloma Pérez enciende el fuego de la chimenea, abre la botella de lambrusco, pone música de Kenny G en el tocadiscos, cierra la puerta, tira la llave y se recuesta con su cuenco de palomitas a ver de qué son capaces sus dos creaciones literarias. La osadía calla a la razón y la pareja protagonista vadea un mar de entelequias, decisiones arriesgadas y oportunidades que esconden su cara tenebrosa. Ya que es de todos conocido que el hombre (y la mujer) tropiezan dos veces en la misma piedra, dejemos pues que la naturaleza siga su camino y de tropezón en tropezón sean ellos los que encuentren el lugar ideal para acurrucarse. Quizás, con suerte, la chimenea sea eléctrica y no tengan que ser interrumpidos para alimentarla.


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