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BIBLIÓFAGO

BIBLIÓFAGO

– GUSTARÁ:
A todos los que viven dentro de los libros y a los que huyen del presente como de la peste para imbuirse de un halo de protección frente a las dentelladas de la realidad. Gustará también a todos los amantes del cómic que adoran las rarezas y los sopapos que espabilan y dan que pensar. Una ensaladilla de metaliteratura y paroxismo paródico para buenos paladares.

– NO GUSTARÁ:
A los lectores de cómics más generalistas. Aquellos que no lleguen a entender los guiños que encierra esta obra en su interior se les puede quedar un poco corta. No es una obra para eruditos, pero sí exige al lector que ponga algo de sí mismo para que la narración cobre todo su sentido interno.

– LA FRASE:
“…pero explicaría en cierta medida el porqué, al escribir, tenemos una idea en mente y, al plasmarla en la hoja en blanco, va tomando derroteros que no planeamos… como si asumiera vida propia… como si la realidad alternativa del relato se impusiera, demostrando así su realidad, su verdad”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar Bibliófago y otros cómics sobre escritores. Un cómic de súperliteratos inadaptados que se encuentran en algún punto de la tabla de los agazapados percentiles de la narrativa moderna. ¿Quién vigila a estos “Watchtmen” de su hiriente pluma? Pues suponemos que los propios lectores. Para que el mensaje trascienda tiene que pasar por la canalización del propio lector que, en forma de amplificador, viraliza su contenido o lo aboca al cadalso. Los culpables de este manifiesto histriónico, anfetamínico y homenajeador son: Juan Luis Iglesias, a los mandos tipográficos y Sergio Martín, comandando el escuadrón de los pinceles.

Cuando el cuervo negro de Poe se coló por un ventanal para posarse en el busto de Palas Atenea e indicó al mundo que en la mente de todo lector habita el ruido de mil sables que guerrean por abrirse espacio entre la materia gris de la sabiduría y el conocimiento, la espita de la demencia quedó inaugurada. La delgada línea roja del empacho es muy fina. Al fin y al cabo los libros no están acompañados de la cartelería por imperativo legal en la industria tabacalera, “LEER PROVOCA GRAVES RIESGOS EN SU SALUD MENTAL”, y a lo mejor deberían. Ya antes de que Alonso Quijano cambiara la vida contemplativa de un jubilado mileurista para convertirse en el azote de los entuertos de toda condición, Edgar Allan Poe ya avisaba: “Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyose de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. “Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.” Locura o imaginación, pero siempre se cuela por medio un libro que absorbe la menguante sesera. Después fue Cervantes el que nos dejó para siempre el siguiente aldabonazo: “se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio”.

Aunque desde los sectores del coaching y el mindfulness se nos indica que hay que vivir el presente, ya que la carga del pasado solo mortifica y el futuro es un terreno baldío y embarrado, no han contado con la mente del lector bibliófago. Su mente vive en la añoranza y la nostalgia de las historias vividas y en el presente alternativo del que queda prendado. Normalmente los síntomas son leves: saltarse la parada de metro de destino, la impuntualidad en la llegada a cualquier compromiso, tener la casa sin barrer o el estómago sin llenar por aprovechar la sesión de aventuras literarias. Los casos más graves son los que se nos presentan en el presente relato ¿de ficción? Veremos una lucha contra la fagocitadora cultura de lo políticamente correcto que impera en el orden del día de los tiempos que nos han tocado vivir.

En el presente libro/cómic noir nos encontramos toneladas de centeno, crónicas marcianas, sed alcohólica que ruge en la garganta de una Underwood, humo de garito clandestino o existencialismo “austericida”. El blanco y negro del mejor Garci nos asalta en cada página. El color está vedado para estas almas que pululan con enrabietado pulso narrativo a través de las páginas de este cautivador vehículo de transgresión y metaliteratura. Realidad o ficción, ¿dónde están los límites?, ¿el escritor escribe o es escrito? Comparsas de matrioskas, el hermetismo del manuscrito Voynich y sus floreadas ilustraciones alienígenas, una bola de nieve rosebudiana que pone en funcionamiento el ciclo del eterno retorno. Bibliófago juega al Show de Truman en el que sus personajes se plantean quién es su Dios y si son dueños de sus actos o si sus pasos siempre han estado determinados y mecidos por un destino escrito por un tercero. En este gran teatro de lo absurdo unos personajes que viajan hacia ninguna parte buscan a su Pirandello particular para que les insufle vida. Al fin y al cabo son Golems y monstruos de Frankenstein que exigen respuestas (como todo lector) del lugar que les corresponde habitar en este mar de lágrimas.

Ahora está muy de moda la serie televisiva Black mirror, pero algunos ya no se acuerdan de Más allá del límite, de Cuentos de la cripta o de Cuentos asombrosos. Aquí en tonos de los 50/60 y, en una cafetería nocturna que huele a América tejana y profunda, se produce una lucha de genios. Una batalla dialéctica que termina en tablas y un final digno de la mejor ciencia ficción de La invasión de los ladrones de cuerpos con un ventrílocuo que busca imponer su criterio de hater profesional. Y tomen aire para cuando entre en acción Bukowski como elefante en cacharrería. Y es que esta bestia de la naturaleza canibaliza todo lo que le rodea. Este mortífago chupa almas convierte lo que toca en una concatenación escatológica de difícil limpieza. Cuando un hombre no tiene nada que perder aparece su mensaje sin cortapisas ni tamices. Ahí culebrea Bukowski, golpeando y desacralizando los espacios en los que danza cual maldito, en espera (a portagayola) de la muerte con una copa en una mano y un cigarrillo en la otra. Somos testigos de una vuelta de tuerca muy al estilo Henry James. Los esputos sobre la tumba de Boris Vian nos alcanzarán a todos. Total, el nihilismo, como el infierno, no entiende ni de clases ni de condiciones ambientales.

Santa Mónica tuvo la paciencia de una santa que es lo que es para poder meter en vereda a un San Agustín que aunque destacaba en filosofía y letras, lo hacía más en seminarios de faldas y egocentrismo de quien se sabe superior. Hasta la lectura de la conversión de San Pablo (que también era otro pieza) no sentó la cabeza. Del “Una vez al año es lícito hacer locuras“, pasó al “Ama y haz lo que quieras“. Porque de locuras y de amor trata este ejemplar bibliófago; referencial en su planteamiento, voraz en su alcance, desprejuiciado en su formato y carente de voluntad para contentar al mercado editorial que se agarra a la tabla de resultados como si fuera la madera en la que Rose consiguió salvarse en Titanic de las gélidas aguas del Atlántico.

Nuestro consejo: lean y hagan como Poe; “Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura”. En un mundo rodeado de coprofagia en medios, televisiones y redes insalubres, opten por la bibliofilia, y para los más valientes, por la bibliofagia.


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