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EL VERANO DE LOS NÁUFRAGOS

EL VERANO DE LOS NÁUFRAGOS

–GUSTARÁ:
A aquellos lectores que degustan en su memoria las ricas mieles de los interminables veranos de la adolescencia, entre descubrimientos del adulto que pugna por irrumpir en su camino. Asilvestrados mozalbetes ya de pelo cano que echan la vista atrás y dibujan una pequeña sonrisa allá donde el recuerdo les taladra el pasado.

– NO GUSTARÁ:
A los que buscan una velocidad de crucero más alta en la narración de un thriller absorbente y de alta tensión. En la presente obra hay tiempo para el misterio, pero sobre todo para las historias de adolescentes, a veces en la edad del pavo, a veces con una mirada más reflexiva. Si no soportas a los jóvenes alocados (aunque recuerda que alguna vez lo fuiste) este no es tu libro.

– LA FRASE:
“Yo era, simplemente, el más raro y el más triste del grupo, lo cual puede resumirse diciendo que leía mucho, ciertamente demasiado, sobre temas que a la mayoría de los chicos de mi edad no interesaban lo más mínimo. Había descubierto la poesía a los trece años, un momento en el cual todo chico se enfrenta al que es su primer y estúpido amor. Algunos se entregan a él con la suerte de tener un físico más o menos atractivo o una simpatía desbordante que hace que la chica se quede prendada de él, por lo menos mientras dura el hechizo de los sentimientos adultos recién descubiertos. Yo no tenía ni físico, ni simpatía, pero me armé de poesía para intentar conquistar al que había sido mi primer amor. Recuerdo especialmente los primeros versos de Pablo Neruda que leí”.

– RESEÑA:
La lectura de “El verano de los náufragos” nos ha traído a la cabeza las últimas líneas de la insigne obra de Fernando Fernán Gómez “Las bicicletas son para el verano” (1978).

DON LUIS. Para ese empleo te vendría bien la bicicleta que te iba a comprar cuando pasase esto, ¿te acuerdas?
LUIS. Ya lo creo. Yo la quería para el verano, para salir con una chica.
DON LUIS. ¡Ah!, ¿era para eso?
LUIS. No te lo dije, pero sí.
DON LUIS. Sabe Dios cuándo habrá otro verano.

Don Luis reflexiona sobre algo que todos sabemos y que marcará para siempre nuestro devenir: Nuestra personal antología de rememoración nostálgica de una brisa que secaba el sudor que de chiquillos nos encontraba al borde de la alberca o del río y que se ha ido marchitando batiéndose en retirada para dejarnos las migajas de una sonata de otoño de rincones con telarañas, arrugas en la mirada y agua evaporada. Así es el caprichoso carpe diem y tempus fugit que se mueve con parsimoniosa cadencia bajo el caprichoso locus amoenus que aparece cual pícaro y bellaco diablillo Puck de Sueño de una noche de verano de William Shakespeare para enredar los corazones y las almas, que sueñan en noches tropicales de ventanas abiertas, sábanas arrebujadas a los pies del durmiente y ventiladores de techo con aspas tántricas que ronronean en el silencio de la oscuridad.

El lienzo del verano es un espacio declarado de interés cultural y artístico inmaterial de cualquier sociedad. Allí se encuentran las luchas personales que todos hemos sufrido para llegar a lo que somos ahora. Incluso algunos ahogarán en lo más hondo unos recuerdos jalonados por malas experiencias, persecuciones, insultos y pugnas por conquistar el trono de la cuadrilla o pandilla. Dicho grupo azaroso está compuesto de mozalbetes imberbes y niñas que se convierten en mujeres sin darse cuenta. Es una pequeña comunidad con sus propias normas y lógica interna (inaccesible para el adulto que ya ha perdido el recuerdo de lo que fue). Es justamente ahí cuando se forjan las fortalezas y debilidades que nos acompañarán a lo largo de toda nuestra vida. Ese pacto de silencio cuando se llegaba a casa con el pómulo enrojecido, la sudadera rota, el dinero para comprar un frigopie perdido, etc… Es parte de un aprendizaje que no se estudia en casa ni en la escuela. (En los tiempos modernos del sobreproteccionismo parental se producen en serie adultos desnortados, quejicas, exigentes, abúlicos y con falta de modestia. ¿Quién es el mundo para que yo no me pueda salir con la mía?, piensan ellos. Se nota que no han tenido que defender con su vida el bocata de salchichón de los abusones de turno).

Sergi Carballo nos trae aquí su verano, su recuerdo de lo que fue o de lo que cree que fue, todo veteado lógicamente de una ficción novelada que surte el efecto deseado para desarrollar una trama que va recorriendo años a golpe de calendario y que nos trae unos ponzoñosos lodos de unos barros que no se pudieron secar con la debida diligencia. Nos habla del encuentro y de la pérdida, del rito de paso de Arnold Van Gennep (Bildungsroman), de las diferencias entre los medios rurales y urbanos con la consecuente confrontación de costumbres y sensibilidades, de las pandillas y de sus “juegos de guerra”, de idas y venidas, en definitiva, de la aventura del vivir en la etapa más trasgresora, hormonalmente psicodélica y tragicómica en la evolución de la formación de cada individuo. Viviremos aventuras y desventuras (dolorosas) que marcarán para siempre la impronta de unos personajes que pueden ser odiados y queridos a partes iguales. La óptica de su razonamiento es azorado, distante, tierno, desganado y pletórico, todo al mismo tiempo. Es época de cambios: de voz, de cuerpo, de perspectivas emocionales, de escala de valores y de amargura por saberse en un lugar al que no se pertenece y con el que se tiene que lidiar. Muere el niño, nace el adulto.

El autor nos ofrece un crisol de recuerdos y reflexiones desde la trinchera del paso del tiempo. El adulto mira hacia atrás e intenta desgranar en qué se ha convertido y cómo han influido en él los sucesos acaecidos en su niñez que no siempre son amables. Sergi Carballo juega con los tiempos, con las anécdotas, pausa el tiempo narrativo para mostrarnos la función teatral de sus personajes que interactúan en una Galicia rural, asilvestrada, llena de jolgorio y vitalidad que les recibe con los abrazos abiertos como quien se sabe que tiene una misión muy importante que desarrollar en las vidas de unos muchachos que están a medio cocer. Esta novela juega paralelismos con el Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio (1955), Stand By Me de Stephen King (1982) y, sobre todo, con El Camino de Miguel Delibes (1950) y con El bosque animado de Wesceslao Fernández Flórez (1943). Todas hablan del camino que debe superar el niño para convertirse en un adulto fortalecido que escenifica su periplo en las beligerantes luces y sombras de su adolescencia con las que le tocará batirse en duelo ante el espejo de Alicia.

Lo que ocurre en el verano, se queda en el verano. Allí sigue impertérrito un lugar para todos nosotros, guardado en una caja hermética sin mácula en su exterior, pero arrasado por dentro cual campo de Marte. Allí dormirá para siempre, es eterno, ajeno a todo lo demás. Regurgitará nuestros recuerdos sin aviso previo cuando echemos la vista atrás y nos veamos a nosotros mismos corriendo por una calle empedrada de un pueblo cualquiera gritando a pleno pulmón con el corazón desbocado de tiempo por delante que vivir, mientras el derretimiento del helado nos va endulzando las manos.

Si buscas una lectura adecuada para el verano, aquí la tienes.


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