Una casa misteriosa y con vida propia trastoca la rutina de madre e hija cuando deciden mudarse. En lo más profundo de un valle, enclaustrado entre montañas, existe un lugar donde los hombres prehistóricos acudían a morir y hoy es el pueblo con el índice de suicidios más alto del país. Un pintor, en el ocaso de su carrera, relata las artimañas y vilezas que cometió para llegar a la cumbre. En todas las narraciones que componen este volumen de relatos confluyen la falta de asideros en el mundo moderno, la incomunicación y la fatalidad, personificados en familias desestructuradas o marcadas por la adversidad, aves de rapiña de la televisión y artistas malditos.
Arde hasta el fin, Babel es un conjunto de relatos —novelas cortas, en algunos casos— que, a su vez, conforman un todo y recuerdan a un puzle al que le falta alguna pieza, pero del que ya se intuyen las formas. Resulta un artefacto narrativo complejo, aunque sumamente adictivo; como una realidad incómoda que queremos ignorar, pero de la que es imposible apartar la vista. Diego Vaya consigue crear de manera precisa un ambiente desasosegante que impregna el libro al completo, como una neblina que se pega a la piel y no se desprende del lector, incluso cuando ha cerrado sus páginas.
– AUTOR –
Diego Vaya (Sevilla, 1980). Es Licenciado en Filología Hispánica. Ha publicado, entre otros, los poemarios Un canto a ras de tierra (Ed. La Garúa, 2006, Premio de Poesía La Garúa), El libro del viento (Ed. Rialp, 2008, Accésit del 61º Premio Adonáis de Poesía), Única herencia (XIV Premio de la Universidad de Sevilla), Circuito cerrado (Ed. La Isla de Siltolá, 2014) y Game over (Ed. Renacimiento, 2015, XIII Premio Vicente Núñez). Como narrador, ha publicado las novelas Inma la estrecha no quiere mi amor(Ed. La Isla de Siltolá, 2011) y Medea en los infiernos (Ed. Punto de Lectura, 2013, XVIII Premio de Novela de la Universidad de Sevilla). En 2016 apareció su ensayo Luis Gordillo [insularidad e inconformismo] (Ed. La Isla de Siltolá).
A los seguidores de las historias extrañas e irreverentes cargadas de reflexión y mala leche narrativa. A todos aquellos que disfrutan en la incomodidad de los puntos de vista tangenciales y originales en historias construidas con premisas que chirrían en los áticos y, sobre todo, en el alma.
– NO GUSTARÁ
A los amantes de la novela clásica o contemporánea pero de construcciones más amplias, elaboradas y nutridas. Tampoco gustará a los que leer en constante inquietud no es su fuerte ni a aquellos que prefieren lecturas que transiten por zonas más templadas, accesibles y calmas.
– LA FRASE
«Sin embargo, a los padres de la chica desaparecida les resulta imposible quedarse de brazos cruzados. Mientras esperan a que los amigos de su hija les traigan carteles con la fotografía de ella y con sus teléfonos para repartirlos por la ciudad, deciden volver a llamarla. Es inquietante y esperanzador al mismo tiempo que el teléfono siga encendido; de alguna manera, para ellos esto significa que todavía existen posibilidades de encontrarla pronto».
– RESEÑA
Arde hasta el fin, Babel, de Diego Vaya nos llega por la gentileza de la editorial Maclein y Parker para que buceemos en sus ramificaciones narrativas en un intento de hallar la sustancia de la que están hechas las ideas de su autor. Tenemos entre manos un libro de relatos cortos, que junto con los poemarios, son, seguramente, de los géneros que más exigen del lector. El libro de Diego Vaya cuenta con seis relatos que no guardan una relación narrativa ni de personajes claramente identificable. Ahí radica la dificultad. La novela y su clásico orden de: presentación, nudo y desenlace se sextuplica en este caso para formar una teórica suma de dieciocho escenas y esto es lo que siempre despista al lector. Además no olvidemos que las editoriales tradicionales suelen huir básicamente de tres tipos de propuestas de borradores: poemarios, colecciones de relatos y trilogías. Todos estos ejemplos tienen sus respectivas explicaciones, siendo la principal, la de la viabilidad económica. El editor busca el estándar de ventas en una tipología concreta: novela de aproximadamente trescientas páginas de lenguaje ágil, contemporáneo y realista. Es por esto que nos alegra que alguien haya confiado en este libro para que hoy lo podamos traer aquí ante todos vosotros. El «problema» de un libro de relatos es la dificultad de armar una sinopsis comercial digna que atraiga a los posibles lectores. El lector abdica en ciertos momentos de entrar y salir a cada poco de un relato. No termina de fijar la trama y a sus personajes cuando de repente finaliza el acto y tiene que volver a empezar de cero. Tiene grandes ventajas para los lectores ocasionales, pero se le queda corto a aquellos lectores asiduos. Valga el ejemplo de quienes devoran series televisivas de tres en tres pero les aburre una película de dos horas y media. Además tenemos el asunto de la falta de retención y el olvido y, con ello, las menores posibilidades de recomendación por el boca-oreja ya que el lector no se acordará exactamente de los relatos disfrutados. Mención a la excelente película Relatos Salvajes (Damián Szifrón, 2014) donde echando la vista atrás siempre se nos olvida alguno de dichos relatos, y esto, con un largometraje, no ocurre. Algunos recordamos con cariño que en las recopilaciones literarias clásicas de relatos de terror, de ciencia ficción inglesa, de Alfred Hitchcock presenta…, etc, subrayábamos con lápiz los cuentos que más no habían gustado, para un futuro lector o futura segunda lectura supongo.
Diego Vaya nos presenta un articulado muy variopinto de inquietudes. Curiosamente empieza por el lado más clásico del género con el relato que más páginas ocupa. Se trata de una casa misteriosa que afectará poderosamente a su pareja de inquilinas. (Por cierto, este relato tiene, seguramente, el momento más terrorífico de todo el recopilatorio. Avisados están). Además de los consabidos y, en ocasiones, manidos recursos del género de suspense y terror que, aunque ya los conozcamos son del todo imprescindibles en estas lides, hay que destacar el reparto humano de los protagonistas de estos cuentos. Ahí justamente reside el éxito de la reciente serie televisiva La maldición de Hill House de la plataforma Netflix; en la familia protagonista. Sin ellos la narración televisiva no pasaría de una pieza del montón olvidable. Pero la génesis del miedo está en las personas que lo contraen, lo afrontan, lo abrazan o lo rechazan. Es en esa pelea donde el lector o espectador encuentra la abertura para internarse con credulidad en el mundo que el creador le expone. Si el personaje que mira debajo de la cama tras haber escuchado un crujido nos es del todo indiferente, el potencial del miedo desaparece por completo, convirtiéndose la narración en un simple pastiche de slasher.
Si el rumbo que marcaba el autor parecía transitar por terrenos ya bien pisados, nos encontramos que nos lleva por sendas más oscuras, entre el realismo rural más descabellado, pasando por (tristemente) historias que podrían aparecer en portada de cualquier periódico o noticiero de tirada nacional, hasta encuentros con personajes sin escrúpulos ni consideración hacia el prójimo. Terrores hay muchos y sufren siempre de un cíclico resurgimiento dependiendo de las condiciones socioeconómicas, políticas y evolutivas de la sociedad. El terror gótico y romántico de los siglos XVIII y XIX tenía su propio canon lógico que asombraba a las gentes más crédulas y pegadas al folclore y a las leyendas locales. A lo largo del siglo XX según fue avanzando la tecnología científica y la comunicación llegaba cada vez más lejos se ha ido desechando progresivamente el oscurantismo y la superchería. Las sociedades urbanitas empezaron a modificar sus miedos a los castillos encantados en páramos neblinosos y bosques plagados por satánicas apariciones hacia una tipología de miedo que se ha ido consagrando en los últimos tiempos. El terror a las nuevas tecnologías, a la soledad, a la indiferencia, a la crueldad del vecino, a la locura del compañero de trabajo, al aislamiento del grupo social, a la indiferencia del resto, en definitiva, a la dificultad de adaptarse en un tiempo de falta de valores, consumismo, desapego y frustraciones continuas. Solamente hay que ver la evolución del género desde Twilight Zone, Cuentos asombrosos o Historias de la cripta hasta Black Mirror. El miedo cambia de cara, pero nunca nos abandona.
Es aquí donde Diego Vaya saca su varita de mortífago para entrar por unos vericuetos que desestabilizarán al más bregado en la materia. El autor ataca una temática muy variada incluso dentro del mismo relato. Es característico de este género buscar el giro último, bien con un final cerrado o abierto. Los autores afrontan el relato en una loca carrera por dar ese aldabonazo final que han madurado durante tiempo. El error radica en que algunos escritores para concluir «que todo era un sueño» o que «el asesino era el propio protagonista» se olvidan de la atmósfera. En cambio Diego Vaya busca crear el desasosiego antes que jugárselo todo a la carta más alta con el notable acierto de que fluya la narración sin métrica encorsetada de tal manera que el lector la perciba como inconexa, desorientadora e incompleta. Algunos relatos juegan con la abstracción de juego de matrioska en la que con distintas capas superpuestas no sabemos, o no podemos adivinar, hacia dónde nos lleva la pluma del escritor.
La soledad, la falta de empatía, el aislamiento, la locura, la expiación, la desesperación, la arrogancia, la obstinación, la falsedad, son temas que se dan cita en la presente obra. El aspecto paranormal, esotérico o misterioso aparecerá con infausta presencia pero siempre desde la óptica más social y humana de los personajes que lo sufren, nunca gratuitamente. También contiene trazas de crítica a los modernos medios de comunicación, a las redes sociales, a la ausencia de intimidad, a la telebasura, al consumismo o a la dispersión de la familia y de las relaciones personales tradicionales.
Arde hasta el fin, Babel, es, por encima de todo, un elegante ejercicio estilístico, nada corriente, fulgurante y, en ocasiones, escabroso, más que por las imágenes que representa, por el trato con que las alimenta. Y si nos piden recomendar un único relato nos quedamos con Los padres de la chica desaparecida. Es en él donde radican todas las virtudes de este recopilatorio: atmósfera opresiva, desasosiego, ausencia de respuestas y complicidad del lector en su final.
¿Alguna vez has soñado con una persona desconocida? ¿Has sentido la imperiosa necesidad de buscarla? Sergio, un hombre que ha sufrido un trágico suceso familiar, y Alba, una mujer cautiva de un doloroso desengaño sentimental, se conocen surgiendo entre ellos una fuerte atracción. Pero él aún no es libre; Luna, una mujer desconocida que aparece con insistencia en los sueños de Sergio, y la actitud de él de encontrarla a toda costa, impiden que Alba pueda entregarle todo su amor. Será en Egipto, a orillas del Nilo, donde Alba y Sergio descubrirán quién es y qué se esconde tras la enigmática mujer del sueño, una revelación sorprendente que jamás habrían podido imaginar. Déjate seducir por este trepidante y apasionado thriller romántico que mantiene la intriga y el suspense hasta la última página.
– AUTOR –
Leo Mazzola nació en Valencia. Arquitecto superior y máster de urbanismo por la Universidad Politécnica de esa ciudad, a lo largo de su trayectoria profesional ha diseñado y construido edificios para uso residencial, hotelero, comercial, cultural, deportivo, y de oficinas, además de numerosas viviendas unifamiliares. La profunda crisis del sector inmobiliario le ha proporcionado la posibilidad de fomentar una de sus mayores aficiones, la de escritor. AMORES PROHIBIDOS (Diario de un hombre) – 1ª Parte, fue su primera novela en publicarse en papel por la Editorial Chiado en Noviembre de 2013. En Agosto de 2014 se integra en la asociación literaria Colección LCDE y publica bajo este sello la versión digital. Poco después, en Septiembre, y con el patrocinio de LCDE, ha publicado tanto en papel como en ebook AMORES PROHIBIDOS (Diario de un hombre) – 2ª parte, con el que pone fin a esta bilogía.
En Diciembre de 2014 organizó el I Encuentro de Novela Romántica Ciudad de Alicante, un certamen que contó con la participación de 12 autores que presentaron sus últimas novedades, 2 foros literarios, y actuaciones de teatro y danza contemporánea. La madrina del evento fue Arlette Geneve, finalista del premio Planeta 2008. En noviembre de 2015 organizó la 2ª edición del ERA, en esta ocasión en el Centro Cultural Las Cigarreras, un evento en el que participaron presentando sus obras un total de 24 autores procedentes de diversas ciudades de España, certamen en el que presentó su tercera novela: ATRAPADA EN VENECIA, una historia romántica llena de intriga y suspense y que se apoya en un gran trabajo de investigación histórica.
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– GUSTARÁ
A los amantes de la novela romántica o rosa pero con tintes de intriga, suspense, fenómenos clínicos, oníricos y paranormales. Aventuras fuera de la clausura de las correrías de alcoba y sentimentalismos de postureos de Instagram. A aquellos que les gusta viajar a destinos culturalmente diferentes a los propios también descubrirán una interesante propuesta.
– NO GUSTARÁ
A los detractores de los besos, las lágrimas, las carreras desaforadas de último minuto por los aeropuertos, los malentendidos y, en general, todo lo relacionado con el olor de la carne llena de testosterona y estrógenos. Recordemos que aquí no todo son amoríos, pero sí los suficientes para un amplio grupo de lectores.
– LA FRASE
«Todos los seres humanos disponemos de una serie de capacidades que no llegamos a utilizar. Conforme vayamos avanzando en el conocimiento de nosotros mismos, es muy posible que descubramos cómo hacer uso de ellas. Hoy por hoy, percepciones extrasensoriales como la clarividencia, la precognición, la telepatía, o la retrocognición, no son avaladas por la comunidad científica, pero tampoco existen pruebas que puedan negarlas, simplemente se desconocen los mecanismos para ponerlas de manifiesto».
– RESEÑA
Hoy traemos Sueños de luna de Leo Mazzola, una desinhibida novela de un autor que va aglutinando experiencia literaria en un género, el romántico, que, aunque siempre ha tenido su cuota firme en el mercado del libro, es en estos últimos años donde ha despuntado notablemente de su letargo. Seguramente al cobijo de dos fenómenos singulares, la todopoderosa aparición de los libros de E.L. James y su trilogía de las cincuenta sombras y el nuevo movimiento feminista del siglo XXI. Si el fenómeno vino en los años noventa con Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992), ahora el foco está puesto en las desventuras amorosas de Anastasia Steele y Christian Grey (curioso analizar la traducción del significado de ambos apellidos, elegidos con toda seguridad con un propósito narrativo muy bien definido). Son los sentimientos más primigenios y reptilianos los que congregan a un sin fin de asiduos lectores (lectoras en su mayoría) a ser partícipes del juego de la seducción en todas las vertientes que la imaginación del autor es capaz de verter en el papel en blanco. De orígenes inmemoriales es de dónde nos llega esta temática que hasta la Edad Media con el término Romance (y novela pastoril) no acuñó lo que hoy conocemos como tal, aunque con esquemas muy diferentes. Resumidamente se cumplía el siguiente arco narrativo: encuentro de una pareja de jóvenes (enamoramiento, fuga, boda…), separación (en un viaje arriesgado con sinsabores, guerras, naufragios, piratas…), reencuentro de los enamorados (que han sido fieles a pesar de las dificultades) y final feliz. De ahí pegando un increíble y sintético salto podemos anclarnos a la Santísima Trinidad del género: Orgullo y prejuicio de Jane Austin, Cumbres borrascosas de Emily Bronte y Jane Eyre de Charlotte Bronte. En estas novelas el romance era una pieza fundamental en la narración pero siempre enfocado a la crítica y a la escenificación de los distintos estratos sociales y políticos de una época donde la libertad de actuación y elección de los amoríos estaba supeditada a ciertos componentes reglamentarios, protocolarios y económicos.
Con la irrupción del siglo XX y más en concreto tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa vivió una etapa de libertad (y libertinaje) que se plasmó en una erotizante fagocitación de la novela romántica tradicional. Aunque mejor deberíamos llamarle género «rosa» para no pisar a la genuina literatura romántica de finales del XVIII y mediados del XIX con sus insignes referentes que nada tienen que ver con lo que popularmente se entiende hoy en día como literatura romántica: Goethe, Hoffmann, Víctor Hugo, Lord Byron, Aleksandr Pushkin, Edgar Allan Poe, Mary Shelley, y también españoles como José de Cadalso, José de Espronceda, Mariano José de Larra, José Zorrilla, el Duque de Rivas, Gustavo Adolfo-Becquer o Rosalía de Castro. Todos estos autores merecen por méritos propios que las nuevas generaciones de lectores puedan diferenciar entre la literatura romántica clásica y la moderna o, como decimos, «rosa o erótica». Lo que diferencia aquella de la moderna es básicamente que el espectro de la literatura romántica es mucho más amplio y toca temas sobre los designios de la naturaleza, la furia y pasión de los sentidos, la imaginación, la fantasía, la irracionalidad del espíritu en contraposición a la reglamentación de la etapa neoclásica, la búsqueda de la libertad de formas y estilos del individuo para romper cadenas, explorar, aventurarse en paisajes de ensueño y vivir con la conciencia de un ser limitado pero sediento de nuevas sensaciones y exploraciones. En cambio, la novela «rosa o romántica contemporánea» adapta varias de estas premisas pero las margina y concreta, mayoritariamente, a los besuqueos más o menos afortunados de sus protagonistas, siendo este el argumento principal de la obra y dejando de lado otros hilos narrativos que son, simplemente, la excusa para que la fricción amatoria surja. Y al revés, otros géneros incluyen el romance en ellos, pero es la aventura, el espionaje, el suspense, el terror o la literatura negra la que lleva la voz cantante y achica los asuntos de alcoba.
Y, ¿dónde podemos ubicar a Sueños de Luna?. Pues como comentábamos antes, las primeras obras del Romance se basaban en: encuentro, separación con peripecias varias y reencuentro (esto nos puede recordar a la, seguramente, mayor aventura jamás narrada de la mitología clásica; La Odisea de Homero, donde Ulises se separa de Penélope durante veinte años de aventuras e infortunios para regresar finalmente a Ítaca donde tendrá que superar un gran desafío para volver a disfrutar de los brazos de su amada). En este tipo de novelas prima la aventura sobre la relación amorosa. Sin esta epopeya principal no tendría sentido el sentimentalismo del resto del argumento. Sueños de Luna parte del núcleo principal de una relación heterodoxa entre los protagonistas de lógicas antagónicas con mochilas de muy distinto pesaje. El autor culebreará las situaciones y aguijoneará a estos, ya no tan jóvenes efebos, para que se encuentren en el piélago de sus destinos y emprendan juntos (y, a veces, revueltos) una aventura exótica con su punto onírico y paranormal. Es con estos antecedentes con los que Leo Mazzola entra en río revuelto para darle una vuelta de tuerca a una relación de daguerrotipia que les fijará a un lecho común. Aunque antes de su desenlace llegará el viaje exótico.
Tendremos ocasión de visitar un Madrid que rumia sus tardes de tascas con chances de aventuras de mentidero asfalto, aromas cosmopolitas, ilusiones de castizas callejas y encuentros al ritmo circadiano de quien no duerme a sus horas y se ata la trenca en un eterno otoño que cambia sus hojas por los ojos de los transeúntes que asaltan con la mirada sus tertulianos cafés. Leo Mazzola nos describe muchos madriles, tantos como sus personajes son capaces de absorber para lograr llegar a unas tablas ajedrecísticas que les hagan tenerse que volver a sentarse juntos para compartir una nueva partida de la que tampoco saldrá ninguno victorioso. Sergio y Alba irán viendo como la madeja de la leyenda del hilo rojo japonés se les va enrollando en la aspadera. Y lo que ha unido las retuertas del destino que no lo separe el hombre. Si es Madrid el atril del discurso de la pareja, será Egipto el vehículo que pondrá a prueba la cohesión y fortaleza de su relación. Aquí hayamos el viaje, la partida, el exotismo, la tierra extraña en la que serán despojados de su poltrona y del fuego del hogar para ser entregados al desafío hercúleo que, jugándose el todo o nada, enjuiciará el futuro de la relación de los protagonistas. Sin superar este escollo no podrán liberarse de las cadenas que les atan a unas vidas pasadas, trágicas y, como veremos al final, sorpresivas. Es precisamente la metáfora del viaje la que alcanza a cada individuo que quiere lograr algo fuera de su zona de seguridad y confort. Aquí seguramente se encuentre el mayor acierto de la presente obra. El autor viste un Egipto contemporáneo pero muy cercano al encantamiento de las épocas faraónicas donde acudían los arqueólogos y la burguesía europea al abrigo de leyendas, mitos y fortunas esotéricas.
Leo Mazzola también nos habla de sueños, de la búsqueda psiquiátrica en el interior de un alma que no está bien engrasada y que tiene un pasado que le lastra al fondo de un pozo sin fondo. Sueños recurrentes que incomodan, aprisionan y se pueden llevar por delante a un individuo y a todos los que se relacionan con él, ya que en lo más profundo de la psique del protagonista se haya un secreto que no será fácil de extirpar. Valga el sistema de trepanación egipcio como metáfora de la purga que tendrán que llevar a cabo los enamorados para empezar un nuevo camino fructífero. Nos encomendamos a Osiris, diosa de la resurrección en su pugna cíclica y eterna con Seth. Osiris moría en la estación más seca para renacer tras la retirada de las aguas de la crecida. Mientras Seth reinaba como dios caótico del desierto Osiris representaba todo lo que renace, pero sobre todo el Nilo, símbolo de regeneración y fertilidad, dios de la inundación que conlleva la victoria de la tierra negra, el limo fértil para el alivio de agricultores, sobre las zonas de influencia de Seth, el desierto y las tierras áridas.
Sueños de Luna es una novela romántica («rosa») que bulle algunas inquietudes más allá de la cerrazón de las debilidades de la carne tan características en este tipo de novelas. Las tramas secundarias quedan imbricadas en la principal de tal manera que funciona como varias capas que dotan de profundidad a unos personajes que si bien se aman, también deben cumplir con algunos requisitos del género de intriga y suspense. Mantendrá por tanto al lector entretenido en un juego de dioramas de prosa ágil, directa, con notables descripciones y diálogos con enjundia.
El viaje es el eterno juego que el destino nos tiene reservado, pero no en primera clase, sino atravesando los sinsabores de la bodega de carga. Allí, en la lucha, es donde se aprende.
Antonio Castro fue apodado el “matacuras” después de asesinar de forma brutal al sacerdote de Hondañedo, al terminar la Guerra Civil española. Ajusticiado y enterrado en una fosa común, junto a dos guerrilleros republicanos, su historia parecía olvidada hasta que su familia decidió luchar por recuperar sus restos setenta años después.
El día antes de la exhumación, los guardiaciviles encargados de la custodia de la fosa son asesinados y el cuerpo del “matacuras” desaparece. La muerte vuelve a las calles de Hondañedo, mientras los crímenes se suceden y el rumor de que el “matacuras” ha vuelto de la tumba se apodera de la localidad. La teniente de la Guardia Civil, Alba Salcedo, perseguida por los errores de su pasado, y Daniel Castro, el nieto del “matacuras”, son los protagonistas de una trama apasionante, en la que muerte, pesadillas y recuerdos de un pasado no vivido se entremezclan.
Una historia donde nada es lo que parece y la verdad se encuentra enterrada bajo un puñado de tierra manchada de sangre…
– AUTOR –
Juan Carlos Boíza López (Madrid, 1969).- Titulado en Ingeniería Técnica de Telecomunicaciones y Técnico en aplicaciones multimedia, ha desarrollado su carrera profesional principalmente en el campo del diseño gráfico lo que compagina con su faceta de escritor. Dirigió el portal de literatura EscritoresLibres.com y es fundador, y director de la revista digital Más Literatura, en la que participó, además como articulista. Ha colaborado en diversas publicaciones digitales entre las que destacan Espectadores.net y Espaciolibros.com entre otros.
Ha publicado la novela “Síndone”, lo que le permitió colaborar en la revista Más Allá con el artículo “¿Es la Sábana Santa el Santo Grial?” y ha sido entrevistado por el periodista Pedro Riba en su programa de radio Luces en la Oscuridad de Punto Radio. Es autor de la novela «El libro de Toth» y dos volúmenes recopilatorios de relatos cortos titulados «Relatos en el límite». Ha participado, también, con diversos relatos en las antologías de cuentos sin ánimo de lucro “Cuentos Solidarios – Los Gestos del Suicida”, “Cuentos Solidarios – La Curiosidad del Gato” y “Cuentos Solidarios – Líneas sin Sombra”. Su última obra es la novela «Sabor a tierra» publicada por Acen Editorial y disponible ya en librerías de toda España.
– GUSTARÁ
A los que conservan la memoria fresca y actualizada para no cometer los mismos errores del pasado (y de todos ellos, el peor, la lucha entre hermanos). Gustará también a los amantes del thriller clásico de personajes en un continuo tira y afloja. Suspense construido con esmero y dedicación que divertirá pero que también hará reflexionar sobre el encuadre bélico del pasado, latente en nuestro presente.
– NO GUSTARÁ
A los aficionados a las novelas ausentes de momentos escabrosos y sanguinolentos, así como a todos aquellos que ven los hechos históricos parapetados en las trincheras pintadas de su color y que no se dejan desviar ni un ápice de su acondicionamiento, muchas veces, adoctrinado. Tampoco será del gusto de aquellos que necesitan una mayor profundidad en escenarios, personajes y arquitectura narrativa.
– LA FRASE
«Las llamo pesadillas, pero en realidad las vivo más como si fuesen recuerdos. Son sueños increíblemente vívidos y realistas en que me veo como si fuese mi abuelo. Experimento todos y cada uno de sus sentimientos, como si fuesen los míos propios. He visto como me detenían, acusaban y torturaban. He visto como era conducido a mi propia fosa y he vivido como era fusilado. Hasta he sentido el sabor de la tierra mezclada con mi propia sangre en el momento de morir».
– RESEÑA
Hoy traemos el nuevo libro de Juan Carlos Boíza López. Un thriller hilvanado en la latencia de los sucesos que ni se olvidan ni se perdonan. Retazos que transfiguran aquellos polvos en estos barros. Oscura historia de venganza psicopática entre descendientes de hermanos que vertieron su misma sangre en un conflicto (la Guerra Civil española) que, para muchos, sigue durmiendo un sueño ligero que despierta con celeridad al primer toque de diana. Asistimos, una vez más, a uno de los mejores recursos narrativos que ha dado la literatura en español; el mundo rural, con pilares básicos como El camino y Los santos inocentes de Miguel Delibes, La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, El bosque animado de Wesceslao Fernández Flórez, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez o Pedro Páramo de Juan Rulfo. Todos ellos tienen parámetros comunes. En las pequeñas comunidades alejadas del cosmopolita rugir existe una lógica interna que se escapa a las entendederas de los habitantes de las grandes ciudades. Son pequeños reductos que mantienen un recuerdo colectivo intacto con sus férreas tradiciones de cierto inmovilismo religioso y político. Subyacen bajo un velo de aparente calma: rencillas, caciquismos, envidias perdidas en la noche de los tiempos familiares y conflictos de intereses. Todo ello bajo una convivencia cercana y, en ocasiones, opresiva, que genera un clima de desconfianza, desazón, inseguridad y venganza.
Sabor a tierra es una novela negra, marrón tierra más bien, que nos muestra sin contemplaciones ni paños calientes hasta dónde pueden llegar las arteras habilidades de aquellos que han tachonado el pasado con hermética y confiada fuerza. Pero que el paso del tiempo ha logrado degradar su confinamiento con el peligro de sacar a flote sus vergüenzas y tropelías sin, todavía, ajusticiamiento. Hondañedo, una pequeña localidad andaluza, será la platea y personaje principal de una epopeya que nace de un pasado bélico, cual ojos del Guadiana, para lastrar a una comunidad que vive en aparente calma. Un inveterado suceso pondrá de actualidad lo que muchas bocas callan y muchos oídos nos quieren captar. El castillo de naipes caerá y en este «sálvese quien pueda» todos los personajes afectados, inculpados, señalados y utilizados, lubricarán el cronómetro regresivo hacia un final que no permitirá que todos logren sus ansiadas pretensiones. Solamente una verdad prevalecerá.
La presente novela no se jacta de abrazar ningún pabellón rojo ni azul. Su entreverada reivindicación nace de la necesidad del cierre de todas las heridas y la sanación de todas las mentes de aquellos familiares que quieren terminar de reconstruir la vida y muerte de sus seres queridos exhumándolos de lugares recónditos, allá donde encontraron un vil ajusticiamiento sin garantías legales ni honras de ningún tipo. Muchos de ellos fueron represaliados por cuestiones puramente militares de (triste) lógica bélica, otros, por razones pueriles y artificiosamente egoístas. Vecinos delatando a vecinos, justicia paramilitar con nocturnidad, caudillaje y envalentonamiento de quien no tiene bozal, amo, ni código que le impida campar a sus anchas al acecho del conciudadano que, simplemente, no realiza una genuflexión respetuosa al paso del autoproclamado jerarca del pueblo.
Así son las guerras entre hermanos que comparten las mismas tradiciones, costumbres, historia, idioma y acervo cultural. Viven la crueldad de tener que disparar a un enemigo con el que, en otras circunstancias, podrían haberse ido a tomar unas cañas y a charlar de fútbol o de toros (La vaquilla – Luis García Berlanga, 1985). Pero en estas contiendas existen órdenes del alto mando que les obligan a matar a sus iguales. Por supuesto, si la propia guerra es devastadora, la que parte familias como un melón que cae desde un ático al asfalto es la que tarda más en curar ya que, periódicamente, las heridas se vuelven a infectar.
Cuando los enemigos que se encuentran en la planicie del campo de batalla defienden posturas culturales opuestas o la frontera de su territorio, a los batalladores les es menos complejo armarse de valor para evitar que su pueblo sea fagocitado. Ejemplos ya encontramos desde la antigüedad con las Guerras Médicas o las Cruzadas en Tierra Santa. Aunque incluso, en estos casos en los que los bandos difieren notablemente en casi todo, la propia condición humana se resiste a perder su esencia. Así ocurrió durante la Gran Guerra, el 24 de diciembre de 1914 cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras. Luego cantaron villancicos. Las tropas británicas desde sus propias trincheras respondieron con los mismos villancicos en su propia lengua. En la tierra de nadie se intercambiaron whisky y cigarrillos. Incluso se jugaron varios partidos de fútbol. La artillería estuvo en silencio varios días. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados y enterrados en ceremonias con soldados de ambos lados que lloraron juntos sus respectivas pérdidas, ofreciéndose mutuo respeto.
Con todo lo comentado, no nos equivoquemos, Sabor a tierra no solo reivindica el derecho de los familiares a enterrar con dignidad y respeto a sus familiares caídos en lugares no identificados fruto de las venganzas intestinas sino que, sobre todo, es un thriller de frondosa acción que se abre a la realidad actual de la investigación criminalística, los intereses políticos, el funcionamiento de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y la tensa confrontación entre vecinos con la envidia como pendón más inhiesto. Asistimos al arrojo de una pareja protagonista que defiende sus intereses particulares con un acuerdo de mínimos para intentar descubrir a una mente trastornada que riega de sangre la tranquila vida de una pequeña localidad. Encontrar a este psicópata será la única vía de salvación de sus perseguidores, ya que de ello dependerá su prestigio y su propia vida.
Sabor a tierra contiene también algún episodio paranormal que nos recuerda que aquello que está mal enterrado siempre querrá volver a salir a la cegadora luz de un nuevo día en lugar de vivir el oprobio de la oscuridad eterna. La novela funciona en sus dos vertientes trabajadas por el autor, de una lado, la recreación y reivindicación de una etapa anclada en el mundo rural que no olvida ni sella todavía sus llantos y, de otro, una aventura de acción con buenos, malos y regulares que botará de suspense en suspense hasta una resolución, quizás algo hollywoodiense e inverosímil en algunos de sus preceptos (pero claro, la ficción está para ser maleada y jugada al brío que dicta el propio autor). De lenguaje cercano, prosa sencilla, rápida, sin barroquismos ni elucubraciones inapetentes, Juan Carlos Boíza López arma un competente castillo dramático que divierte e instruye por igual. Nos hubiera gustado sumarle cien páginas más al libro para que Hondañedo pudiera tener una mayor profundidad de personajes, situaciones y ramificaciones de tela de araña, que nos haría comprender mucho mejor las situaciones que se producen.
El autor desentierra fosas, abre heridas, muestra y compara la visceralidad de unos personajes honestos con otros por los que la Transición pasó sin despeinarles y esputa a la cara de aquellos caciques rurales y caudillos de impostado fario que, aprovechando el desconcierto del caos de la guerra, blandieron sus afilados cuchillos contra los menos afortunados y débiles congéneres.
A estos cabecillas hay que temerlos pero hacerles frente, ya que al olor del perro flaco siempre germina un hombre con un palo grueso.
París, 1874. Tras cinco años de duro esfuerzo, monsieur Vignon se ha convertido en uno de los hombres más influyentes de Francia. Su periódico, Le Petit Journal Parisien, ha desplazado a la competencia, convirtiéndose en el diario más vendido en la capital. En la madrugada del 9 de mayo, mientras revisa el contenido del periódico que saldrá a la venta en pocas horas, le llega un telegrama urgente: monsieur Boudle, amigo de infancia y compañero de profesión, acaba de fallecer. Sin embargo, el magnate ignora que tras esa trágica noticia se esconde algo: su destino está a punto de verse comprometido por una amenaza del pasado. Sin que él lo sepa aún, alguien ha decidido que la larga espera ha llegado a su fin.
– AUTOR –
J. S. Roy nació en 1985 en Madrid, aunque hoy por hoy reside en Zaragoza, donde se dedica al diseño gráfico, gestión de redes sociales, digitalización, maquetación y corrección de textos. Desde pequeño ha sentido siempre un enorme interés por la lectura y, también, por la escritura, aunque dejó apartada esta última hasta 2015, cuando comenzó a trabajar en una serie de relatos, entre los que se encuentra ClarØscuro, la canción del atamán, que ganó en 2016 el XV Certamen Literario organizado por el Ateneo Cultural Paterna y que ha sido recientemente publicado en papel (abril de 2018) en la antología Premis XV del Certamen Lliterari.
En los dos años siguientes, 2017 y 2018, resultó ganador y finalista respectivamente en el I y el II Concurso de de relatos en torno a la gaita de boto aragonesa (Asoziazión Cultural Bente d´Abiento) con los relatos Sopla que sopla y Aprender es recordar, pendientes de publicación en una antología. Su último reconocimiento literario está ligado a La larga espera, su primera novela, que quedó finalista en el IX Premio Internacional de Novela “Alcorcón Siglo XXI” (Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI). Actualmente el autor está trabajando en una novela corta ambientada en la España rural de los años sesenta, cuya trama gira en torno a la despoblación.
«Quizás una de las tareas más difíciles de un autor sea valorar su obra, pues siempre que vuelve a leerla descubre algo que no le gusta o se siente tentado a reescribir alguna de sus partes. Pero nada resiste el paso del tiempo, y esta novela forma parte del pasado, de otro yo, de otras circunstancias, y, por tanto, he de resistir las tentaciones de mi yo actual por cambiarla. Pese a que no pueda emitir una valoración, dado que nunca sería objetiva, sí que puedo adelantaros que “La larga espera” combina distintas temáticas ―misterio, mitos y leyendas, folletín o costumbrismo, entre otras―, si bien no se decanta por ninguna definitivamente. Considero que su carácter diferenciador radica en la tensión continuada, siempre in crescendo, las altas dosis de realismo, la psicología de los personajes y, sobre todo, los elementos y giros inesperados. No obstante, si ha de haber alguien que pueda opinar y hablar de esta obra, sois vosotros, lectores, los que cerráis el ciclo creativo y tenéis la última palabra. Y por ello animo a los que la lean a que expresen su opinión, para que, de esa manera, pueda comprobar si la aventura que yo he vivida escribiéndola se corresponde con la que habéis vivido vosotros leyéndola».
J.S.ROY
– GUSTARÁ
A los amantes de las narraciones pretéritas que rememoran a cada página unos sucesos que ya no volverán pero que tuvieron una gran repercusión y validez para sus coetáneos. Esta obra la disfrutarán los fieles amantes del misterio más reposado, reflexivo y del formalismo no deudor del fondo narrativo. Es para aquellos que visten de gala sus letras pero que siempre encuentran el momento para desanudarse la corbata llegados a los postres. La presente obra está dotada de un equilibrio que no permite el aburrimiento pero que tampoco se abandona al desboque.
– NO GUSTARÁ
A aquellos lectores que viven tan apegados a la realidad del presente que todo lo demás les huele a naftalina, leyendas de abuelos olvidadizos y cuentos de Calleja. Tampoco conectará con los fieles de la literatura cortoplacista diseñada en laboratorios editoriales para asegurar su éxito de ventas, tan impactante publicitariamente como caduca en su fecha de donación a la biblioteca municipal.
– LA FRASE
«Siendo consciente de que he entrado en contacto con el demonio, acudo a misa y me acerco a recibir el cuerpo de Cristo. No obstante, lo único que hago es sentirme peor. No puedo olvidar el cuerpo de esa mujer, aunque no logro enfocar su cara. Tengo miedo; de madrugada la he vuelto a ver desnuda sobre mí. Reía sin parar mientras mi cuerpo yacía inmovilizado. Por primera vez he rezado a Dios».
– RESEÑA
La larga espera de J.S Roy es, ante todo, una buena noticia. Cuando un autor novel bucea en la historia para recrear su obra lo primero que hay que hacer es reconocerle tan magno esfuerzo ya desde el despliegue en la fase de documentación, ajustándose a la coherencia narrativa y a la atmósfera que quiere conseguir. El acercamiento a una obra no contemporánea siempre tiene la dificultad de saber aunar la fidelidad de la arquitectura de un mundo pasado con el propio guión al que nos quiere imbuir el autor en su propuesta. No siempre se sale victorioso de esta lucha dicotómica entre la inmersión en el pasado y la verosimilitud de los acontecimientos que se narran. A veces chirrían el enfoque de uno u otro aspecto. En el presente caso debemos elogiar al escritor que ha orquestado una competente obra que recoge muchos de los cánones del género pero que exprime otros tantos recursos estilísticos mucho más modernos y que juegan a su favor para la lectura de nuevos y jóvenes lectores. Aquellos que estén bregados en mil batallas literarias agradecerán la atmósfera que arma el autor, y, los menos avezados en la materia, contarán con un relato de un estilo ágil y sin grandes alardes en florituras ni barroquismos. Es precisamente este el punto fuerte del libro, aquel que versa sobre un tiempo, Francia a finales del siglo XIX, donde se abría a pasos agigantados el camino definitivo hacia los cambios en los usos racionalistas y empíricos de la investigación científica. Son los métodos deductivos los que superan la etapa del romanticismo de primeros de siglo donde lo sobrenatural y los sucesos inmateriales se les dotaba de un lugar preeminente en la sociedad del momento.
Con el símil de la ciudad de las luces como recurso estilístico llegamos al París de 1874. Una ciudad que, a mediados de la década de 1830, ya había sido conquistada por la luz de gas (ingenio desarrollado por, entre otros, el ingeniero y químico francés Philippe Lebon). Esta dualidad de luz en la razón (psíquica) y luz en las calles (física) fue la puntilla a un pasado de sombras, de callejones oscuros, de leyendas urbanas, de mitos y de fabulaciones. Se conjugó la tecnología con el cambio de mentalidad de las sociedades urbanas europeas. La Ilustración a mediados del siglo XVIII ya se había postulado como clara vencedora del duelo con la superstición sustentada en el poder omnímodo de la iglesia y del estado. La aristocracia y la burguesía apostaron por la política, la educación, la filosofía y las artes como una forma de expresión que superponía al Hombre a todos los elementos espurios que quisieran despojarle del trono de centro del universo. Porque hubo un tiempo anterior a la construcción de la Torre Eiffel de 1889. Antes de la aparición de la iconografía más importante de Francia (y, seguramente, de toda Europa) se encontraba una sociedad latente y expectante que quería elevar la mirada al futuro.
Respecto al relato detectivesco, es propio y va de la mano de esta nueva forma racionalista de entender el mundo. Ya no se pueden achacar a la intervención divina o a la insondable e ininteligible mano de la superstición los sucesos criminales que ocurren en las grandes ciudades. Aunque no así en las zonas rurales que seguían con esquemas oscurantistas del pasado (valga recordar la obra La leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving de 1820. En la versión cinematográfica de 1999 de Tim Burton, que difiere notablemente con el original, un agente (en el original, un profesor) es enviado desde Nueva York a una pequeña aldea para que investigue los terribles asesinatos que se están sucediendo. El protagonista se encontrará una pequeña sociedad anclada en el ayer, atada a las supercherías más caducas y con un temor reverencial al Altísimo y al diablo. Ichabod Crane, el protagonista, demostrará (y asombrará) a los allí residentes con sus nuevos métodos de investigación que harán frente a un misterio que pudo ser resuelto (en su mayor parte) mediante dosis justas de racionalismo y deducción). Valga el ejemplo para dilucidar de dónde viene la moderna novela detectivesca europea. Varias fuentes ponen como primera piedra del género el relato Zadig de Voltaire en 1748. A partir de ahí y hasta nuestros días se abre una pléyade de investigadores, detectives y fuerzas de seguridad que con las modernas herramientas (novedosas aunque ahora ya obsoletas) buscan la verdad por más profundamente enterrada que se halle. En una primera gran hornada tendríamos a Edgar Allan Poe, Wilkie Collins, Charles Dickens, Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, entre otros muchos. Luego vendría la novela negra detectivesca norteamericana con referentes en el género como: Dashiell Hammett, Erle Stanley Garner, Raymond Chandler, etc. Y llegamos hasta nuestros días con referencias claras en series televisivas como Colombo, Se ha escrito un crimen, Luz de luna, Canción triste de Hill Street, Remington Steele, hasta las más modernas: Castle, Bones, Mentes criminales, El mentalista, etc.
Toda esta tradición del afán en la búsqueda de la verdad se hace palpable en la presente obra de J.S. Roy de una manera manifiestamente desinhibida. Para nosotros es un punto fuerte en este género de misterio e investigación policial y criminal la ambientación en un tiempo anterior a Internet, a las nuevas tecnologías de posicionamiento por satélite y a la digitalización global. Pensar y analizar en modo analógico dignifica y agudiza los sentidos. Observar el entorno, recordar los detalles, retener las formas, los aromas, el tacto, las imágenes. Mirar a los ojos, percibir el tono de voz de tu interlocutor, compilar datos, darles forma, sentido, contexto y significado. Hoy en día la memoria es un extraño que nos mira con displicencia. La inquietud por la investigación duerme en cajones sucios y desvencijados. La atención, la reflexión y el enjuiciamiento sereno han cedido terreno al permanente multicanal sensorial en el que estamos embutidos diariamente. Hubo una época en la que las personas se miraban y se hablaban personalmente durante horas. Esto hacía que la realidad del alma humana aflorase entre los mares de dudas y sospechas. Ahora el telón digital vela a quien está al otro lado. Se ha perdido espontaneidad y madurez. El yo real pugna con el yo imaginarioque nos devuelve el distorsionado reflejo de nuestra personalidad en las redes de la información computerizada. El resultado es la bipolaridad de muchos individuos que no saben si viven en Matrix o en la caverna de Platón. Pero existió un momento en que las células grises estaban ejerciendo todo su poderío y J.S. Roy nos regala un catalejo bien engrasado para poder acercarnos a tan gratos momentos históricos.
Debemos destacar en esta obra el equilibrio entre la forma y el fondo. Se nota el pulso del autor en dotar de sentido la trastienda del local mientras nos despacha un complejo, aunque no difícil, relato bien construido en cada una de las secuencias que nos propone. Se reconoce el estudio minucioso en sus páginas para hacerse con el caballo cimarrón introduciendo el bocado de la brida con delicadeza y conocimiento para no frenar al lector en seco y volver a salir al galope. En cambio, el ritmo resultante es trotón y desvergonzado. En ocasiones los autores aprovechan que se llevan los hechos de sus novela al pasado para darnos una homilía recauchutada de cifras y datos para su gloria y orgullo erudito. En cambio, en la presente novela, sí podría faltar alguna aproximación adicional a ciertos sucesos y ubicaciones, pero sobrar no, no sobra nada. Comentar también que, tangencialmente y, en consonancia con los tiempos de cambio que viven los personajes, se cuestionan curiosas, valientes y, en ocasiones, férreas diatribas sobre el mundo político, social y cultural que les circunscribe, les clasifica en estratos y les exige que su comportamiento se ajuste a tal situación.
La larga espera de J.A Roy es ante todo una novela viva, colorista y efectiva. Se conjugan a la perfección la descripción de finales del siglo XIX con los chispeantes y formales diálogos entre los personajes. Estos engarzan sus fuerzas con suficiente decoro, estilo e idoneidad para creernos sobradamente que tienen entidad propia, carácter y autonomía narrativa. La novela consta de dos partes, que si bien no pierden la cohesión de estilos, sí se puede observar que, mientras la primera de ellas es la que expone las reglas del juego y describe el estado de la situación, es la segunda en la que los pasajeros subirán a un tren que ruge furioso haciendo piruetas sobre una sola vía y que acaba desfondado habiéndolo dado todo para llegar a un final digno, tenso y jugoso.
Den cuerda a su reloj de bolsillo, vístanse para la ocasión, pongan sus córneas en blanco y negro, y, sobre todo, desenchufen ese terrible aparatito que les chupa la sangre. ¿De verdad se querrían perder una noche de baile en la última cubierta de tercera clase del Titanic? Allí solamente el humo del tabaco, los vuelos de las faldas, el roce de los desgastados zapatos contra el recién estrenado suelo y el olor fuerte e indecoroso a expectativas vírgenes y libertad fueron testigos de que no se necesita mucho para ser felices. Pasen y deléitense.
Los mundos profanos es el primer volumen de la saga llamada La leyenda del tercer vuelo.
Jeremar es un joven druida de vida sencilla, entregado a la defensa y protección de la Madre Naturaleza. Responsable del cuidado de fauna y flora en el bosque de Dürk, Jeremar siempre se sintió más afín al entorno natural que a la civilizada sociedad de sus iguales. Encontró entre los druidas un estilo de vida que encajaba perfectamente con sus valores, y no dudó en entrar a formar parte de esta hermandad que vive en comunión con la naturaleza.
Feliz por haber encontrado su sitio, y sintiéndose realizado por la profesión que desarrollaba, todo cambiará para este tímido druida un día en el que, bajo una impresionante tormenta nocturna, tendrá un encuentro con un extraño. Aquel individuo anunciará a Jeremar la oscura finalidad que le ha llevado desde un desconocido universo hasta Arnemuq, mundo nativo del druida.
Ese día marcará el inicio de una nueva vida para Jeremar, quien se verá involucrado en una aventura que tendrá como objetivo detener al extraño. El joven druida terminará teniendo como compañeros a un tenebroso grupo con diversas y siniestras historias a sus espaldas. En su camino, sus vidas se verán entrelazadas con habitantes del Universo Original, lugar del que proviene el extraño, y que en paralelo lucharán por la misma causa que Jeremar sin siquiera conocerle.
Prepárate para vivir en primera persona una épica aventura, donde se entrelazarán las historias de más de treinta personajes. Tras más de veinticinco años disfrutando del universo que el autor ha ido creando para sus juegos de rol, se plasma por primera vez este fantástico universo en la saga repleta de tramas que confluyen en el temido tercer vuelo. Acompaña a Jeremar en este viaje de misterio y fantasía, cargado de aventuras y emociones, donde podrás sentir sorpresa, odio, ternura, venganza, culpa y amor en los mundos profanos.
– AUTOR –
Cix Valak es el seudónimo del creador de un pequeño universo ficticio.
Han transcurrido más de veinticinco años desde que Cix comenzara a soñar e inventar historias ambientadas en ese mundo paralelo. A través de los juegos de rol y de breves relatos, el Universo Original llegó a convertirse en un lugar de fantasía repleto de lugares mágicos, personajes con un pasado extensamente desarrollado y tramas que se entrecruzan en los más de treinta mundos que componen este plano ficticio.
De formación psicólogo, amante de la naturaleza, apasionado de la fantasía épica y con un pasado ligado a las artes marciales japonesas, todas estas influencias han terminado convergiendo en el Universo Original y en sus habitantes.
Los mundos profanos se trata de la primera obra que Cix Valak publica, y formará parte de una saga, cuyo número total de libros forma parte de los misterios que la envuelve: La leyenda del tercer vuelo.
– GUSTARÁ
A los amantes de las grandes y extensas obras de fantasía épica y ciencia-ficción donde un nutrido grupo de personajes se dan cita para crear un compendio de temas y aventuras complejas que obligarán al lector a prestar toda su atención para no perderse por las laberínticas ramificaciones que tiene la obra. Emocionará también a todos aquellos que fantasearon sobre un tablero de rol con mundos lejanos de fantasía plagados de criaturas extrañas a las que descubrir a golpe de infortunios.
– NO GUSTARÁ
A los que gustan de una literatura más corta y simplificada. Tampoco encandilará a aquellos que no casan con la fantasía épica extensa y de un reparto amplio y complejo. Los que no mantengan todavía algo de la mirada de aquel niño que fueron hace tiempo no podrán entrar al fondo en la presente obra, pues el portal que los debe trasladar hasta allí no funciona con carburante de adulto.
– LA FRASE
«Le encantaba leer a escondidas una y otra vez un libro que su padre guardaba en la estantería más alta de la biblioteca personal que poseía. Se trataba de un tomo que versaba sobre los misteriosos ninjas orientales. Restelia quedó prendada de su cultura, no solo por el halo mágico que les rodea a los guerreros de las sombras, sino por el papel que jugaban las mujeres en esta sociedad clandestina, de tremenda igualdad con sus compañeros masculinos. Lo tuvo claro, quería convertirse en kunoichi, aunque le desagradaba profundamente la parte relacionada con la seducción empleada como arma».
– RESEÑA
Al final de la película Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) se avisaba a la humanidad de que una escalada de violencia injustificada ocasionaría el fin de la civilización y de la propia Tierra. Una raza extraterrestre venía a judicializar las abyectas y temerosas acciones de los humanos en relación con una estructura armamentística que ya estaba tomando trazas nucleares (recordemos que eran tiempos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia). La humanidad nunca ha estado tan cerca de la aniquilación. El claro mensaje que daba la película era que mediante el conflicto armado y la violencia no había ningún futuro posible. Solamente a través del pacifismo y el ecologismo las distintas sociedades del universo serían capaces de progresar en armonía y convivencia. En el libro que nos ocupa hoy La leyenda del tercer vuelo también se consigue abortar in extremis un terrible apocalipsis. A partir de ahí se abrirá el telón de la imaginación a un vasto universo repleto de texturas, diversidad de razas alienígenas y pugnas por el poder. Cohabitarán pues distintas realidades y sensibilidades fruto de la colisión de intereses e ideales.
Tenemos entre manos un manual heterodoxo de la fantasía más ecléctica que bebe de fuentes tan diversas como El señor de los anillos, Warcraft, Las crónicas de la Dragonlance, Dune, Fundación, Los cuentos de Terramar e incluso trazas de los universos de Riddick y Starship troopers. En este libro de proporciones hercúleas hay tiempo para todo y para todos. En más de ochocientas páginas se sucederán todo tiempo de peripecias, aventuras y filigranas narrativas de toda índole. El estilo que nos presenta el autor es de un motor diésel cinematográfico. En el descomunal mundo que se nos sirve en bandeja de plata habitan un sinfín de personajes que interactuarán con aplomo lógico según sus intereses de supervivencia y preponderancia para salvaguardar a cada respectivo pueblo. En La leyenda del tercer vuelo todo es faraónico, empezando por el propio trazado de su geografía que maravilla desde las primeras páginas hasta su lógica fantástica deudora de grandes tardes (y noches) jugando al rol con dados de múltiples caras y colores, atiborrándonos con cheetos, patatas fritas, ganchitos y fanta de naranja. Y todo para vivir en un mundo lejanos plagado de terribles peligros. Allí estuvimos sentados entorno al Dungeons & Dragons, al Hero Quest, al Magic, a La llamada de Cthulhu o al Warhammer 40.000, entre otros muchos.
La leyenda del tercer vuelo es la primera parte de la colosal trilogía de Cix Valak. Destaca por su desinhibido juego narrativo de distintos planos y sensibilidades. Esto hace que el reparto coral de sus personajes nutra de férreos e interesantes vínculos al lector ávido de líneas argumentales múltiples y complejas como son las que aquí tenemos. También hay que destacar que pese a ser una novela extensa, su ritmo cámara al hombro, muy visual y en ocasiones frenético, hace que el lector no bostece ante descripciones demasiado tolkianas sino que, por el contrario, quiera más dosis de lances. A tener en cuenta el glosario que el autor introduce en las últimas páginas del libro. Con esto se pueden hacer una idea de que este comodín para olvidadizos es fundamental en aras de la fluidez lectora, máxime para aquellos que no tienen tiempo para leer diariamente. Esto mismo lo ejecutaba con maestría, entre otros, la gran escritora Agatha Christie con su índice preliminar de personajes. Bendito salvavidas cuando nos perdíamos con tanto árbol genealógico y enredos familiares varios.
Además, el libro esconde alguna curiosidad en su interior. Al igual que los muchos mundos y razas que se expanden por este rico universo, la tipología de letra de los propios capítulos de la novela varía en función de la voz que esté exponiendo su juicio en cada momento. Esto hará que el lector fluya mucho más con la historia al identificarse perfectamente con los distintos narradores. Este detalle nos recuerda al efecto usado en el libro La historia interminable de Michael Ende donde el cambio del color de la tipología de letra nos indicaba si la acción se situaba dentro o fuera del mundo de Fantasía. Pero no solamente el «truco» finaliza ahí, también los personajes se comunican directamente (o lo intentan) con el propio lector sin el filtro tamizado del escritor de por medio. Esta herramienta de metaliteratura (siempre que esté bien empleada) incorpora profundamente al lector a la aventura con aquellos personajes que se dirigen a él, haciéndole así partícipe de sus triunfos y desdichas.
Como comentábamos al principio de la reseña, La leyenda del tercer vuelo, más allá de reivindicar el juego, la aventura épica y el divertimento literario, exuda por sus poros varias temáticas que hacen de la presente obra algo más que un pasatiempo juvenil. Seremos testigos de excepción de las luchas del poder político, de la hegemonía xenófoba de los poderosos con la velada amenaza permanente hacia los débiles, de la protección del ecologismo, del mantenimiento de las tradiciones culturales y del folclore popular de los pueblos menos belicosos como herramienta de prosperidad. La Madre Naturaleza será por tanto un personaje más en esta Pangea sideral.
Y no olvidemos la cuidada edición de la editorial Círculo Rojo que, como siempre, tiene una excelente presentación de materiales, calidad de sus portadas y maquetación de sus obras. Quedamos a la espera de los siguientes pasos de Cix Valak en este mundo suyo que ya es de sus miles de incondicionales y que no para de crecer por toda la galaxia.
AVISO IMPORTANTE: «Esto no es un libro, es un objeto mágico que debe ser utilizado con suma responsabilidad. Abre un portal que traslada al lector a otro universo».
La muerte siempre intenta llevarse consigo los secretos perdidos en los vacíos ojos del difunto. Sin embargo, hay secretos predestinados a ser revelados. Secretos que los astros no permiten que caigan en el olvido de una cripta. Secretos tan terribles que son capaces de abrirse camino desde el más allá; como arrojados del mismísimo infierno.
Un niño de apenas doce años ayuda a su padre a desalojar el museo del Louvre… Los nazis atraviesan el norte de Francia como un cuchillo la mantequilla y el trajín de camiones que han de esconder cada obra de arte es inmenso. Este niño, lleno de emoción, observa cada cuadro que cae en sus manos durante un breve instante antes de empaquetarlo. La predestinación de su vida quedará en la impronta de esa leves y emocionadas miradas.
En esta ocasión, Julián, con la ayuda de su gordinflón maestro, buscará los secretos que esconde “el cadáver sin nombre”. El cadáver que todos pretenden enterrar en lo más profundo del olvido. Y esta búsqueda de claves enterradas en el pasado, abrirá caminos insospechados que llevan cruzándose, sin nadie saberlo, décadas enteras.
– AUTOR –
F.J. Beristain es muchas cosas. Por expreso deseo del mismo mantendremos su anonimato incólume. Pero que sepan que es un maestro de la prestidigitación. Puede que haya estado alguna vez en sus manos y no lo sepan. Sigamos con el misterio, es mucho más divertido.
«Lo que más me gusta de escribir es que me da la posibilidad de sumergirme, de bucear en las oscuras almas del ser humano. Sumergido a gran profundidad, inmerso en la absoluta oscuridad de esas atormentadas almas, la mente de un escritor solo aspira a descifrar las claves de las incoherencias del peor de los crímenes».
«La desesperación en las profundidades es imperecedera y las almas siempre vagarán en pena».
–GUSTARÁ
A los que tienen los sentidos tan aguzados como Hannibal Lecter y saben en cada momento apreciar la frescura de un buen manjar cocinado a fuego lento y sin prisas. A aquellos que aprecian la forma y la atmósfera en las composiciones literarias y que no se conforman con ser despachados con fórmulas manidas, desgastadas y, curiosamente, exitosas. Cual ceremonia del té japonés, Purgatorio se disfruta si se dispone de tiempo y ganas suficientes.
– NO GUSTARÁ
El lector impaciente y poco aficionado al relieve y a las textura narrativas no estará especialmente cómodo con la presente novela. También es muy recomendable haber leído previamente la primera parte de la trilogía, Remordimiento, para entender mas profundamente todo lo que se nos cuenta. Pero, aunque solamente sea por la pedazo de portada que se ha marcado el autor, ¿no le van a dar una pequeña oportunidad?
– LA FRASE
«No llamé a ningún colega al que hubiera dejado tirado en una borrachera, y tampoco fui con flores y bombones en busca de algún viejo amor con el que reconciliarme tras una rotura traumática con bofetada incluida. Tampoco se me pasó por la imaginación acudir a cualquier iglesia para confesarme de las capulladas que hubiera hecho para así reconciliarme con el Altísimo ni acudí de picos pardos a ningún antro desgualdrajado de mujeres tan perdidas como inencontrables. Mis pasos me condujeron inexorablemente al único lugar donde de verdad debía saldar cuentas, ese en el que alguien, largamente rehuido y que no estaba convencido de que quisiera volver a verme, me aguardaba desde que lo rechazara hacía más de un década».
– RESEÑA
Tristemente en España aunque haya muy buenos escritores de novela con rasgos parecidos a la que aquí reseñamos ocurre, como con otros géneros (fantástico, ciencia-ficción, terror, etc) que son arrinconados por la crítica, y lo que es peor, por el público generalista. Vivimos en el país del bestseller extranjero y la narrativa melodramática contemporánea, de la Guerra Civil o histórica en general. Sin desdeñar el actual boom de la novela erótica, patria y foránea. Los seguidores de los géneros anteriormente descritos siempre contarán, en referencia al negro concretamente, con baluartes de la talla de Eduardo Mendoza, Juan Madrid, Lorenzo Silva, Dolores Redondo, Manuel Vázquez Montalban, Enrique Laso, Alicia Giménez Bartlett, Eva García Sáenz de Urturi, por mencionar unos pocos. Estos escritores tienen legiones de seguidores, pero con más deberían contar si el lector confiara más en el producto nacional y se atreviese a salir de las grandes dinámicas de los lineales de los más vendidos del género que más triunfa; la narrativa contemporánea, cajón de sastre donde cabe todo, sobre todo muchos llantos, amores y desamores, sagas familiares y cada vez más, correcciones políticas. El caso de F.J Beristain es muy particular. Solamente tienen que ver hasta dónde llegó la crítica especializada con su primer manuscrito. Hablando textualmente: «THRILLER CALIFICADO CON UN 8/8 POR LA AGENCIA QUE REPRESENTA A CARLOS R. ZAFÓN, MARIA DUEÑAS O VICTOR DEL ARBOL. REMORDIMIENTO ES UNA INQUIETANTE NOVELA NEGRA QUE HA PERMANECIDO ESCONDIDA EN CAJONES DE VARIAS AGENCIAS DURANTE CASI DOS DÉCADAS».Cualquier lector que haya lidiado en el albero de mil correrías literarias tendrá que reconocer que en estas páginas hay mucho talento y que a este autor hay que ponerle siempre a su disposición los micrófonos que hagan falta para que llegue su voz y su obra lo más lejos posible. F.J Beristain está llamado a situar su estilo narrativo en el respetable lugar que le corresponde. No entenderíamos otra situación. Ante la duda, denle una oportunidad. Puede que no lo aprecien al primer bocado, pero sean pacientes, el sentido del gusto se va entrenando hasta que se vuelve voraz y caprichoso.
Pues empecemos por el final. F.J. Beristain lo ha vuelto a hacer. Ya quedamos impresionados con la primera parte de la trilogía Almas perdidas (Aquí la reseña de REMORDIMIENTO) que no tuvimos más remedio que catalogarla con el sello FOROLIBRO RECOMIENDA estando por tanto nominada al premio FOROLIBRO LIBRO DEL AÑO 2018, que se fallarán el próximo 31 de diciembre. Solamente tres libros obtendrán este galardón.
Hay autores de sucesos y hay autores de atmósferas. Ambos conceptos pueden cohabitar perfectamente dentro de la misma novela, pero siempre uno de ellos, aunque sea por el breve margen que da una cabeza en la línea de meta se superpone al otro. F.J. Beristain se apunta al grupo de los segundos. Nos parece a nosotros y eso nos lo tendría que confirmar él, pero pensamos que el autor no concibe una obra sin agotar todos los recursos narrativos que le da una localización o un grupo de personas interconectadas en el espacio y en el tiempo. El escritor genera un vínculo especial con el lector, le ata y le acompaña por sus laberínticos vericuetos para marionetizarlos con toda su filigrana y artes mágicas.
Purgatorio podría catalogarse como, ¿novela negra?, ¿thriller quizás? Más claro teníamos el carácter de la primera parte de la trilogía ya que exudaba negrura y dramatismo rural por todos sus poros. Esta segunda parte se abre narrativamente a nuevos enfoques de curiosos personajes y nuevas localizaciones, como no podía ser de otra manera en el estilo guionizado del autor. Se expandirá el mapa de acción de la novela saliendo del pequeño pueblo pesquero de Getaria; pero esto, aunque parezca que dotará de mayor oxígeno al lector, no es más que un período de barbecho impostado. Tras él se descerrajará súbitamente y con violencia toda la rabia que estaba oculta en una celda de castigo lejos de la luz del sol. La furia de aquello que ha estado oculto durante demasiado tiempo saldrá a boquear a la superficie para quedarse en la retina del lector para siempre.
En la portada del libro podemos leer la frase «Los monstruos sí que existen. Están entre nosotros. Y les dan forma otros hombres«. Esta frase nos ha recordado mucho a otra parecida atribuida al escritor estadounidense Stephen King, «Los monstruos son reales y los fantasmas son reales también. Viven dentro de nosotros y a veces ellos ganan». Este podría ser un gran resumen de lo que nos sugiere la obra que aquí traemos. El estilo propuesto es muy personal, accesible en la forma, pero en ocasiones insondable en el fondo. No queremos decir que no se entienda su lectura, aunque en ocasiones salten los resortes de su erudición y el barroquismo literario. Nos referimos más bien a que pensamos que el autor viaja por caminos muy tortuosos, melancólicos, nostálgicos y oscuros donde a veces nos vemos incapaces de absorber esos matices y texturas que con tanto mimo pone en cada página. Compartimos la idea principal de que los monstruos sí que existen y cohabitamos con ellos. Muchas veces están entre nuestras propias filas, dentro de casa, en otras ocasiones nos separan de ellos un simple tabique, pero ahí están, prestos a salir de sus madrigueras cuando las ocasiones les son propicias para acometer sus penosos crímenes. Y lo peor es que, en ocasiones, ni quitándoles la máscara somos capaces de eliminar el miedo que nos producen. Ellos viven en un carnaval malévolo permanente y cual creaciones de George A. Romero siempre vuelven de sus tumbas, bien por voluntad propia, bien porque disponen de una legión de adlátares dispuestos a azuzarles a rodar de nuevos los dados.
Contamos además con unos pasajes muy interesantes relativos a la protección de la cultura frente a las garras del fascismo mediante hombres que estuvieron dispuestos a arriesgarlo todo por mantener lo que cohesiona a toda sociedad: los bienes culturales enraizados en el acervo histórico. Todo ello ante la mirada límpida de un niño que verá como Europa cambiará para siempre. Fueron muchos particulares anónimos los que, voluntariamente, ocultaron por toda Francia las principales obras del museo del Louvre antes del implacable avance de la Alemania nazi. Otros tantos como los monuments men se encargaron durante la guerra y tras ella de buscar el paradero de todas aquellas obras artísticas que habían sido expoliadas de tantos museos durante la ocupación de media Europa por las Potencias del Eje.
En definitiva, F.J Beristain ahonda aún más en la insondable sima en la que compromete a sus personajes mediante un juego de espejos marchitos que nos devuelven unos semblantes cansados de pisar día tras día pasajes condenados al olvido. El autor recolecta rescoldos de un tiempo pasado condenados a ser la sombra de aquellos sepultureros de almas que no clavetearon con eficacia las maderas de un ataúd que ahora pide venganza y un titular solemne que recoja sus reivindicaciones. Acaso únicamente la confesión redimirá del cautiverio del dolor a los implicados.
Ya solamente nos queda esperar al cierre de la trilogía. Seguro que queda mucha tela que cortar…
¿Qué ocurre en el mundo cuando aparece una persona con poderes ilimitados? ¿Podemos llegar a conocer a alguien tan formidable y a la vez tan terrible?
Última es una novela en la que Enrique Vercher reflexiona sobre los límites del poder y en definitiva sobre la condición humana.
La trama ideada por Vercher nos conduce mediante secuencias cotidianas al día a día de un personaje extremo que se plantea la vida y la muerte de la humanidad, desde su posición especialmente privilegiada gracias a una condición de extraordinaria diferencia respecto al resto de mortales que hará que nos preguntemos sobre los intereses ocultos, las obsesiones y deseos de Última.
– AUTOR –
Enrique J. Vercher García (Granada, 1978) es licenciado en Filología Hispánica (Univ. de Granada), en Filología Eslava (Premio Nacional de Licenciatura; Univ. de Granada) y en Filología Rusa (Univ. Estatal de San Petersburgo), además de doctor en Filología Eslava (Premio Extraordinario de Doctorado; Univ. de Granada) y Ciencias de la Traducción (Univ. de Bolonia-Real Colegio de España). Es profesor de Lenguas Modernas y Traducción en la Universidad de Granada, y director de una agencia de traducción.
Además de en España, ha vivido varios años en Rusia, Italia y Reino Unido, donde ha desarrollado su labor docente e investigadora. Tiene publicados varios artículos y libros de investigación, entre los que destacan Avatares del Quijote en Europa, El mundo de los eslavos y Don Quijote entre las nieves.
Ha publicado relatos en la revista Enigma y en el libro de recopilación de relatos Ficción súbita II. Última es su primera novela.
A los que piensan alegremente que si ellos tuvieran un gran poder las cosas serían diferentes y que todo iría mejor bajo su manto megalómano. A aquellos lectores que prefieren leer a velocidad de crucero en vez de subirse al autobús de la película Speed. Gustará a los lectores aficionados a la narrativa formal, bien planteada y construida con esmero y dedicación. En definitiva, a todos aquellos que buscan lecturas que digan algo más que correcciones políticas y estadísticas de ventas de editoriales.
– NO GUSTARÁ
A los amantes de la literatura más rauda y frenética con clichés y estructuras narrativas yanquis. Defraudará a los que galopan por los libros y sacan pecho de tener el certificado del curso de lectura rápida. Aviso: el autor nos introduce en conversaciones y reflexiones muy medidas, alejadas de duelos al amanecer o dentelladas de lobos en la noche de Walpurgis.
– LA FRASE
«Que por encima de ellos haya un poder superior ha salvado muchas vidas. Y ese poder superior, precisamente por ser absoluto, no necesita ser terrible, opresor o cruel. A partir de ahí reconozco que la crueldad, la maldad, pueden ser subjetivas. En los países del primer mundo se me califica de poco menos que ser abominable, sin embargo fíjate en los países subdesarrollados, se me adora. ¿Qué tienes que decirme sobre eso? Es más, yo te diría que le estoy haciendo un favor a la humanidad echándome la culpa de todos los males y convirtiéndome en el centro de todos los ataques».
– RESEÑA
Última, la novela que tenemos entre manos del escritor Enrique J. Vercher García siendo novela en su formato arquitectónico, tira más por derroteros de premisas ensayísticas. Esto no lo notaremos de inmediato ya que el comienzo, como luego analizaremos, es algo desorientador. El autor nos introduce en su mundo (el nuestro) de una manera un tanto azarosa, cambiante y, aparentemente, inconexa. De entrada no entendemos muy bien a dónde nos quiere llevar por los mares procelosos de la narración. Pero el momento llega, la calma interconecta todas las primeras vicisitudes narrativas del primer cuarto del libro para, a partir de ahí, sentar cátedra, bases argumentales y filosóficas sobre a lo que se va a enfrentar la pareja protagonista. Uno será el todopoderoso, otra será la escritora de su biografía (y algo mucho más que tendrán que averiguar). Ahí reside la enjundia y núcleo de la heterodoxa y original obra que tenemos entre manos. Las casi trescientas páginas giran entorno a la eterna pregunta, ¿dónde radica el poder?, ¿cuáles son sus límites?, ¿quién lo ostenta?, ¿cuál es el método para adjudicarlo, traspasarlo, modificarlo, detentarlo o abolirlo? Un poder ilimitado, ¿qué duración tiene si no puede ser derrocado?, ¿qué ocurre cuando una persona se convierte en un dios terrenal?, ¿cómo afectaría este «advenimiento» al orden y equilibrio mundial existente?
Podemos hacer un claro paralelismo con la archiconocida serie televisiva de Juego de Tronos. En Última las reflexiones que nos hace el autor transitan por sendas parecidas a la creación de George R.R. Martin. Llegamos a la conclusión de que el poder es poder. Además quien pueda ejercerlo con la capacidad coercitiva ilimitada y sin la posibilidad de ser derrocado por la disidencia se convierte en una suerte de dios moderno. Durante la historia de la humanidad se han concatenado numerosos imperios y dictadores que han tenido bajo el yugo a sus súbditos. Todos ellos han nacido y han caído. Ninguno se ha podido perpetuar, en todo caso, han seguido prolongándose mediante una dinastía u orden político establecido, pero todo tiene un inicio y un fin. Esto nos demuestra que si así ha sido, así seguirá siendo; el poder omnímodo no existe. Pero, ¿y si apareciera un superhéroe, un todopoderoso que no tuviera limitación alguna, ni en el tiempo ni el espacio? Aunque fuera de manera teórica, un dios que no puede ser derrocado, ¿cómo afectaría al orden establecido? No hay nada más poderoso que el propio poder.
Y en estas preguntas éticas y morales nos andamos cuando el autor decide darle formato novelesco y soltar las cadenas de un todopoderoso en nuestro actual mundo de poderes enfrentados. Las primeras consecuencias a considerar son las relacionadas con los equilibrios de poder. La figura de un líder totalitario es el oxímoron de la paz social dentro de sus fronteras. En tiempos convulsos los mayores líderes sátrapas que han abolido las libertades individuales han contribuido, de manera paradójica, a la paz dentro de sus fronteras. Los cánones geoestratégicos mandan. Última no tiene fronteras así que, en realidad, pese a su amplia legión de detractores, ha conseguido establecer la tan ansiada paz perseguida por muchos. Es su paz, arbitraria, caprichosa, cruel en ocasiones y fiel a su estilo… pero paz al fin y al cabo.
A Red (Morgan Freeman) en la película Cadena perpetua, dirigida por Frank Darabont y basada en el libro de Stephen King, por fin le dan la libertad condicional y le asignan un puesto de trabajo de ayudante en un supermercado. En un momento dado le pide permiso al encargado para poder ir al baño, este le dice que no tiene que pedir permiso, que si quiere ir que vaya. Red reflexiona: «Durante cuarenta años pedí permiso para orinar, ahora no puedo hacerlo sin él». La institucionalización como método de opresión. Cuando el individuo se siente oprimido, ya sea de manera real o ficticia, tiene las mismas consecuencias: agachar el corvejón, seguir las normas establecidas y pasar lo más desapercibido posible.
Enrique Vercher disecciona la figura del divino omnipotente desde la imagen lejana e inalcanzable en la vertiente más pública hasta la insoldable soledad, tristeza e inseguridad en la forma más privada del personaje. Esta figura, como la de todos los paradigmas del poder que hemos visto y escuchado tantas veces tiene varios factores en común. Pero tres son, a nuestro juicio, los más interesantes:
– La soledad: Desde la Fortaleza de la soledad de Superman a la Batcueva de Batman los súper poderosos saben que no se pueden juntar con sus congéneres, son diferentes, son únicos e incomprensibles. Nadie puede entender la terrible situación a la que se ven abocados. No hay grupos de terapia para estos casos «Hola soy Superman y yo también soy todopoderoso» – «Hola Superman», dirían a coro el resto de participantes. Esta posición elevada desde la que ven el mundo les confiere una particularidad que les diferencia de todo el resto. El poder es una carga que les acompañará siempre, «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad», que diría el adolescente Spiderman o que le pregunten a Frodo Bolsón cuáles son las consecuencias del poder definitivo: cambios de carácter, hosquedad, aislamiento, susceptibilidad, etc. Es en un estado de soledad donde estos personajes pueden realmente ser libres del acoso de una sociedad que no les comprende ni les respeta como ellos quisieran. (¿Tienen en mente el vanidoso carácter del futbolista Cristiano Ronaldo? A eso nos referimos). Todo ellos son el Omega Man de Richard Matheson. Héroes o villanos de una sociedad que, aunque quiera ser salvada, siempre mirará con resquemor a estos sujetos que se encuentran por encima de sus capacidad físicas y mentales y que, por tanto, no son manejables ni se les puede limitar. Como ejemplo de lo presente, Enrique Vercher nos presenta a un ser que ha visto transformada su existencia (no siempre fue así) y que en el aislamiento gibraltareño del que estamos hablando se rodea de una colección de blade runners que puede confeccionar a su imagen y semejanza; estos no se cuestionarán quién es su creador ni qué propósitos tiene. Los modernos prometeos de Shelley que ni sienten ni padecen serán su guardia pretoriana ante el resto del mundo. Hasta el emperador Palpatine necesita guardianes, más por un asunto de infundir temor que porque sean realmente necesarios. Algo parecido acaece en las películas de James Bond con las fortalezas de los súper villanos, situándose la mayoría de ellas en sitios remotos e inaccesibles. Son sus remansos de paz malignos.
– Apariencia de normalidad e incomprensión:Y es aquí donde entra la protagonista femenina de la presente obra. Constanza (firme, constante, la que construye). Ella, por razones narrativas que ya descubrirán, se convierte en biógrafa y confidente del archiemperador. Es esta relación de desiguales seguramente la parte más interesante de la novela. Dicho emparejamiento fortuito cabalga entre la reticencia primera, el posterior desinterés abúlico, para finalizar en la confidencia del primero y el síndrome de Estocolmo de la segunda. Constanza intentará encontrar una fisura en el poder ilimitado del protagonista. Para ello indagará en todos los pormenores de su vida y obra, acompañándole por medio mundo en un sinfín de «recados» de lo más variopinto. En esta coyuntura el protagonista tendrá la oportunidad de darse un baño de realidad bajando al barro de la normalidad al poner en pausa todas su formidables capacidades (se acuerdan en la película Superman II cuando el hombre de acero elimina voluntariamente sus poderes para intentar tener una vida normal al lado de Lana Lang y de Lois Lane. Vemos entonces que Superman puede sangrar. Pero claro, un superhéroe no puede retirarse, ¿o sí?). Otra anécdota más cercana es aquella que dice que el rey Alfonso XIII se escapaba embozando su identidad por los túneles del Palacio Real de Madrid para tomarse el vermú en el local El anciano rey de los vinos de la calle Bailén. Es aquí donde aparecen los Bruce Wayne y Clark Kent que quieren juntarse con el pueblo, sentir sus propias vidas, sus alegrías y sus miserias, su libertaria realidad de luces y sombras. Ajenos a la responsabilidad de sus devenires en ocasiones quieren ser otras personas, anónimos en un mar de cotidianidad que les haga sentirse fluir en una normalidad sincera y despreocupada. Acoplarse con sus iguales, con sus problemas y con sus quehaceres para poder ser entendidos como uno más de la manada y no como un «bicho raro». Constanza, junto con el lector, estará presente en este viaje catártico. Una singladura por el desierto donde el protagonista renace a un nuevo plano que había olvidado en su atalaya capitolina. Estas reflexiones y vivencias llevarán al protagonista a entender cuál es su situación y su papel en la sociedad que le ha tocado regir. Por ello tomará una decisión que quedará en la retina de los lectores para siempre.
Ùltima también nos habla del conocimiento humano, de los límites de la traducción de los distintos idiomas (de esto el autor sabe mucho) como vehículo del entendimiento y la bonanza cultural de los pueblos. Estarán muy presentes los libros, las ideas, las bibliotecas y el intercambio de información. Paradigmático es que los dictadores más importantes han contado siempre con las mayores bases de datos culturales con autores y artistas a su disposición. Han sido conscientes de que mediante este vehículo los rigores del olvido temporal son menos firmes. Mientras una lápida enmohece y es olvidada rápidamente, el soporte artístico que emana sobre dicho personaje y que se atesora en pinacotecas, videotecas y museos varios puede llegar a ser eterna. En el mundo actual aunque se queme la biblioteca de Alejandría siempre queda una copia digital; que esto sea bueno o malo dependerá de los ojos con los que se enjuicie el asunto, pero lo que sí está claro es que pasar a la posteridad hoy en día se ha convertido en algo mucho más fácil que hace siglos. ¿Cómo quiere ser recordado un dictador? Pues curiosamente como alguien bueno que ha hecho frente al mal. ¿Pero que ocurre si un día descubre que él mismo es el mal?
También podrán disfrutar de guiños a Desafío total, a Tolkien, a En la habitación, a Moby Dick y a muchas otras obras que el lector avispado cazará y degustará. Ejemplos para describirnos un mundo extraño en el que vivimos y en el que corremos como pollos sin cabeza hasta que viene alguien y da un puñetazo en la mesa. Es entonces cuando se nos quita a todos la tontería en la que pacemos. Y si nos portamos mal nos llevarán a la prisión Vulcano, una metáfora de los círculos del infierno de Dante en La divina comedia, donde comprobarán que, según descienden, más sofoco les ocasionará la visita.
Última es una obra muy personal, alejada de las distopías habituales del género de ciencia-ficción donde prima la acción a la reflexión. Su narrativa es muy accesible aunque de una cadencia no apta para una lectura de usar y tirar. Funciona mejor como obra de estudio y reflexión que como thriller al uso. Su composición recae en compartimentos aparentemente estancos que llegado el momento se abrirán para que todo tome sentido. Puede, como decíamos al principio, que esto desoriente al lector menos atento. Asistimos a una búsqueda de los límites del poder y de la condición humana, por ello acierta más en las partes más calmas que en aquellas que transita por veredas más correveidiles. Reflexionamos con la presente novela que, aunque sean imperfectos los equilibrios de poder de las democracias occidentales, con sus altas tasas de corrupción, burocracia, injusticia y prebendas para los que pisan moqueta incluidas, podrían ser mejores opciones que dejarlo todo en manos del arbitrio caprichoso de una sola persona, ¿o no?
Finalmente, apuntar que el concepto de la prisión Vulcano nos ha gustado tanto que le pedimos al autor que, por favor, aunque sea en un relato corto, nos lleve de nuevo allí para contarnos, por ejemplo, que pasaría si metiéramos allí a los líderes de nuestros principales partidos políticos. Para salir tendrían que ponerse de acuerdo en cerrar leyes a largo plazo sobre temas vitales para nuestro país. Cada día que pase sin acuerdo un grado más de temperatura. ¿Qué os parece?
La voz de su conciencia llama a Pablo Santacruz, dueño de una pequeña herencia, a sentirse representante del misterioso señor X, sobre cuya realidad la humanidad entera ha discutido durante siglos. A pesar de sus dudas angustiosas sobre esa llamada, acepta la tarea y se rodea de discípulos. En la India, Bonifacio predica el placer frente al sacrificio. Daniel, el santón, proclama la supresión del deseo. Benjamín, en Estocolmo, invita a su auditorio a guiarse solo por la tradición y ofrece unas pruebas alucinantes de la existencia del señor X. Eulogio expone, en un oasis africano, sus ideas pesimistas sobre el hombre. Pablo Santacruz se enamora de una mujer casada, Ariadna, y ambos predican, por los alrededores de su lugar natal, un anarquismo igualitario. De vuelta a Marviva, cada uno relata su experiencia y Eulogio los sorprende al describir una organización terrorista —la HOPIO— que quiere acabar con el hombre y a la que persigue la policía. Más tarde, todo se complica y se torna confuso e inesperado…
– AUTOR –
Escritor y catedrático de Filosofía, es autor de otras quince obras —poesía, ensayo y novelas—, además de un gran número de poemas y artículos aparecidos en prensa. Entre los elogios recibidos por la crítica figuran los incluidos en el diario El Mundo (17-02-2012) o el propio Luis María Anson, quien llegó a calificar como «imprescindible para entender la España de hoy» su obra La revolución democrática de España (Ed. Áltera). Otros títulos como, El resplandor y la ceniza (Mandala Ed.), La secta del fin del siglo(Mandala Ed.), Un extraño viaje (Ed. Áltera) y el ensayo ¿Por qué Marx se equivocó? (Ed. Caudal), se encuentran entre sus obras más aplaudidas. Además de lo literario, su compromiso social culmina con la fundación de la revista independiente Ideas-90, dedicada al pensamiento actual. https://www.elimparcial.es/gabriel-albendea/autor/362/
–GUSTARÁ
A cualquiera que disfrute reflexionando sobre los profundos vericuetos de la Filosofía y de la Teología, con independencia de su grado de formación en estas materias. A los que gustan de un rápido tránsito literario entre la meditación y la acción. A quienes saben extraer sustancia de lo profundo y de lo superfluo.
– NO GUSTARÁ
A los partidarios de “la separación de poderes” entre el ensayo y la novela policíaca. A los que busquen una novela de misterio convencional, con buenos y malos, con policías y delincuentes clásicos. A aquellos que, superado el título, esperen encontrar un tratado formal de teología exegética o histórica.
– LA FRASE
«Estamos ya a principios del siglo veintiuno y aún no ha muerto el señor X, aunque muchos anunciaran su defunción hace tiempo con alborozo, a veces reprimido. Incluso en algunos lugares está más vivo que nunca. ¿De dónde extrae su fuerza, su poder, su desmesurada grandeza ese señor? ¿Es de la miserable condición humana de donde extrae su vigor?».
– RESEÑA
La cátedra de Filosofía del autor se manifiesta con arrolladora fortaleza en esta obra donde, de manera muy elegante y sutil, nos conduce por sendas de pensamiento, meditación y debate que ponen al descubierto su alma docente. Incluso, para los menos versados o como recordatorio para especialistas, desliza una velada invitación a la lectura, o relectura según el caso, de obras fundamentales. El misterio del señor X es una fábula trascendente y metareligiosa que funciona mucho mejor en su ornamento que en su capacidad de narrativa novelada. La metáfora recorre sus páginas y nos lleva a contenidos bíblicos más o menos conocidos, pero dotando a cada escena de una modernidad arquetípica, en un juego de búsqueda de oquedades en la moral y la ética de una sociedad que corre como pollos sin cabeza. Gabriel Albendea indaga y desconcha capas superficiales de modelos de comportamiento, líneas de educación profética y resortes de adoctrinamiento formativo entre los distintos canales que comportan una religión: Dios, apóstoles, credo y fieles.
Esa potencia intelectual desequilibra la parte meramente lúdica (y lúcida) de entretenimiento que, aparentemente, nos ofrece y presenta como poco elaborada, y tal vez precipitada, ante expectativas de mero pasatiempo. El autor llegado cierto momento narrativo rompe con la estructura que estaba llevando para acercarse de una manera completamente diferente al propósito de su obra. Nace aquí un thriller policíaco un tanto atropellado y difícil de complementar con las postulaciones a las que nos había acostumbrado hasta el momento. Este golpe de timón tiene una doble lectura; de un lado agradará a los lectores que esperaban que la trama se quitará el arnés de seguridad y se lanzará por el tobogán más empinado y, de otro lado, desorientará a aquellos que estaban siguiendo el juego pausado, reflexivo y contemplativo anterior. Estos últimos lectores lo verán como un disparo en el pie. Los primeros, en cambio, aplaudirán ahora con las orejas al ver que la tensión guionizada aparece súbitamente.
Indudablemente, desde el inicio onírico de las peripecias del protagonista, debemos estar predispuestos a ser conducidos a cualquier escenario, sólido o etéreo, donde los personajes se comporten de manera heterodoxa e imprevisible. Esto no es óbice para que alguno de ellos mantenga la coherencia esperada de principio a fin.Cuando el lector se encuentra enfrascado en la disección y análisis de las ideas que esparcen los personajes en sus prédicas, intentando ordenarlas y adecuar aquellas que considera de conveniente aplicación en su vida cotidiana, se encuentra por sorpresa con una tremenda aceleración de acontecimientos que llevan a la conclusión con una velocidad inusitada. Dicha finalización precipitada nos puede haber privado de una mayor introspección en cada uno de los personajes participantes, ya que existen varios perfiles muy interesantes para el objetivo reflexivo final propuesto por el autor. Obviando las peripecias policíacas que podrían ser el aspecto más endeble de la narración, El misterio del señor X es una pieza original, distinta a los lugares comunes habitados en temáticas muy parecidas. La aglutinación de dos realidades narrativas diferentes y contadas de maneras tan distintas puede no calar en el lector medio, pero, en ningún caso, podemos restarle ni un ápice de valentía a la forma en que plasma su verbo. Vemos un leve paralelismo con la novela de Carlos Ruiz Zafón, El juego del Ángel. La formación estructural y arquitectónica de una religión aglutinadora de distintas sensibilidades, de base anarquista, libre y heterodoxa. De sus limitaciones y de su falta de discurso unidireccional nacerán las disidencias internas y, como última consecuencia, la traición de Judas. Este es el juego que nos propone el autor, profundo en sus premisas, pero flojo en su puntilla final.
Casi no queda tiempo para extender las consideraciones fuera del mundo personal, microcosmos del yo, a las influencias humanas y sociales a nivel global que proyecta la milenaria trayectoria del señor X . Pero la resolución del caso se impone. Queda para cada uno la reflexión sobre qué parte de este “palíndromo literario” se adecua a sus gustos y expectativas. Pero, en todo caso, su lectura es un ejercicio altamente recomendable, sobre todo por su frescura literaria tal y como corren los tiempos de despropósitos editoriales de youtubers rebuznadores con sus palmeros cegados y agradecidos a juego.
Friedrich Nietzsche mató a Dios con «diurnidad» y alevosía. Pero Dios cual Michael Myers en noche de difuntos renace de su letargo e hibernación y, de vez en cuando, se desata en su Fury Road particular. Una huida sin retorno en busca del sentido de su propia existencia en la Santa Madre Iglesia de la postmodernidad robótica alienante. Y, todo ello, encerrado en los márgenes del papel y la tinta como metáfora teológica que predicaba el maestro de Hipona, «cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros». Todos hemos contribuido a ello, «tu quoque, fili mi!». Dios ha muerto, ¡Viva Dios!
Esta obra es una de las cumbres de la narrativa danesa del siglo XX. Concebida inicialmente para su emisión radiofónica por entregas, la novela de Martin A. Hansen fue publicada como libro en 1950. Ha gozado desde entonces de enorme popularidad, llegando a venderse alrededor de 400.000 ejemplares de la obra. Además, ha sido traducida a una docena de lenguas, lo que le ha garantizado una amplia recepción fuera de su país de origen. Hasta ahora no se disponía, sin embargo, de una versión española de esta obra. De hecho, y pese al creciente interés por la literatura escandinava mostrado por las editoriales españolas en los últimos tiempos, Martin A. Hansen es un autor prácticamente desconocido entre nosotros.
– AUTOR –
Martin A. Hansen nació en 1909 en el seno de una familia campesina de profundas convicciones religiosas. En su adolescencia, y hasta iniciar los estudios de magisterio, trabajó en el campo, una experiencia de contacto con la naturaleza que dejaría en él hondas huellas. A partir de 1921 enseñó en distintas escuelas elementales de Copenhague, tarea que prolongó hasta que, en 1945, decidió dedicarse exclusivamente a la literatura.
–GUSTARÁ
A los impenitentes buceadores de reflexiones sosegadas, a veces muy profundas y, en ocasiones, bajo el pendón de la mayor serenidad atormentada. A aquellos que encuentran placer en los entornos rurales y en los ambientes geográficos fríos y brumosos. A los que distinguen una becada de un gorrión y entienden las migraciones de las aves y su influencia en algunas comunidades. A quienes valoran el trabajo de los traductores.
– NO GUSTARÁ
A quienes son partidarios del dinamismo literario, veloz y vibrante en el movimiento de los personajes. A los que buscan acción directa e inmediata sin circunloquios ni introversiones que, a caballo entre lo onírico y lo imaginativo, obligan a rebuscar en el alma del personaje.
– LA FRASE
“Ni una sola carta hay. Ni una carta en todo el invierno. Pero ¿quién me iba a escribir? Siete años, nadie recuerda tanto tiempo. No, las cartas tampoco son más que un incordio. ¡Pero si hay un paquetito! Veamos. Ah, de la librería. Un librito que encargué en enero. Vaya, se han equivocado. Ya tengo ese poemario. Pero ese pobre librito ha pasado varios meses creyéndose de camino hacia un buen lector. Me lo quedaré. Cuando un libro es bueno, no importa tenerlo por duplicado. Uno para el bolsillo y otro haciendo los honores en la estantería.”
– RESEÑA
Siempre ha resultado una prueba literaria difícil tener que lidiar con un personaje que hace confidencias a un “amigo imaginario”, especialmente si lo que transmite no se corresponde con la absoluta realidad de lo que se siente y, más bien, lo que se pretende es enmascarar acciones o sentimientos. La lucha entre lo que se es y lo que se debiera ser, entre lo que se siente y lo que se debería sentir, resulta opresiva para el protagonista. Existen autores que tienen una relación muy estrecha con la voz de su alter ego literario. En este caso Martin A. Hansen realiza un excelso ejercicio de introspección mediante la voz de su personaje principal que habla y escucha por canales multidisciplinares. Todos ellos buscan confluir en el conocimiento último del propio autor, que se consagra realmente como el protagonista de esta obra reivindicativa de la búsqueda interior y del sentido de la existencia en terrenos solitarios, desapacibles e ignotos.
Si comenzamos por la circunscripción de las acciones a una isla de reducido tamaño, donde sobra el único automóvil y, añadimos un cerco de hielo como implacable aislante, podríamos esperar incluso consecuencias dramáticas similares a Diez negritos de Agatha Christie, pero no es el caso. El aislamiento, voluntario u obligado es uno de los grandes temas de la historia de la literatura. Expertos en la materia indican que la novela ha evolucionado en la búsqueda del conflicto narrativo. Primero fue la lucha del individuo contra los rigores de la naturaleza, después vino la lucha del individuo contra la sociedad alienante y subyugante, para finalmente llegar a la etapa presente donde el individuo lucha contra la tecnología. Todo esto, lógicamente, se va desarrollando en paralelo a la línea de avances, conquistas y progresos que nos va dando los pasos evolutivos de la sociedad. En la presente obra claramente tenemos una lucha encarnizada, pero sin sangre, entre el hombre y la naturaleza, de una parte indómita y de otra inexplicable e inalcanzable. El paralelismo con el Robinson Crusoe de Daniel Defoe o el Naúfrago de Tom Hanks y Robert Zemeckis es, metafóricamente, claro.En ambos ejemplos una vez pasadas las primeras penurias en lucha directa con las fuerzas de la naturaleza llega la calma, el hastío, la rutina, y es ahí precisamente donde El mentiroso toma prestadas las mismas inquietudes de los personajes solitarios clásicos al intentar desentrañar los porqués de su apaisada y existencialista vida. (No olvidemos que Martin A. Hansen bebe de fuentes coetáneas del existencialismo y del postnihismo de autores como Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Simon de Beauvoir, Martin Heidegger o Herman Hesse). Sea con la compañía de Viernes, de Wilson o del reo encarcelado en la celda contigua de El Conde de Montecristo, el protagonista clama su discurso solitario de rabia vital en un paraje yermo y brumoso, el cual únicamente le devolverá pocas respuestas y muchas más preguntas.
El carácter, las circunstancias y ciertos comportamientos de los personajes de la historia, que se desarrolla en el norte geográfico y climatológico de Europa, pueden tener difícil comprensión para quienes habitan por debajo del paralelo 55º norte y reciben con generosidad los vitales rayos del Sol. Aquí podríamos entrar en estudios científicos acerca de la falta de absorción de la vitamina D que mayoritariamente nos llega de la luz solar y su relación con las enfermedades mentales como la esquizofrenia o la demencia. Esto también iría unido a las altas tasas de suicidios y de violencia de género que siempre se publican en relación con los países nórdicos y escandinavos. Sea por lo que sea, el aislamiento y el carácter asocial del individuo, en ocasiones, conllevan a unos estados de refugio interior, resquemor hacia el prójimo y vida de ermitaño, que le separan del resto de sus congéneres y de la propia realidad del ecosistema al que pertenecen. Hoy en día con la aparición intrusiva, imperialista y global de las redes sociales el efecto es parecido. Ya no es un aislamiento en lugares remotos e inaccesibles, sino en urbes cosmopolitas donde cada «abducido» vive dentro de un mundo irreal al que pone muros y concertinas y del que no quiere salir por voluntad propia. El individuo actual por deseo propio ha dejado de querer enfrentarse al hostil medio en el que vive para que, por medio del victimismo, sea envuelto en plástico de burbujas por papá, y así no pueda dañarse. La búsqueda tradicional del hombre se ha tornado en una desidia contemplativa y vacua.
Afrontar la lectura de El Mentiroso con precipitación privará al lector de muchas perlas del lenguaje y de la ideas, escondidas para una segunda y tercera lectura. Imposible no hacer desde aquí un reconocimiento a la traducción al idioma español de Blanca Ortiz Ostalé y sus notas a pie de página que, además de deleitar con su léxico preciso, denotan su vasta cultura y contribuyen notablemente a situar al lector menos versado en literatura, tradiciones y leyendas escandinavas. Ante todo tenemos un libro sencillo en su lectura pero complejo en sus premisas, alcance, compromiso y estructuras metafóricas en las que ahonda muy profundamente el autor para recorrer una senda de sensaciones gélidas y ritmos pausados en un escenario único que ahoga al protagonista y al propio lector.
Esta obra llegará al fondo de aquellos lectores que al observar una migración de aves se preguntan: ¿a dónde van?, ¿de dónde vienen? y, lo más importante, me dejarían volar y acompañarlos al fin del mundo si es necesario para salir de mi alienante existencia. Volar alto como Juan Salvador Gaviota. Volar lejos como sinónimo de libertad.