«Hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido» es la definición que la RAE da al concepto de empoderar. Este poemario es, ante todo, un dispensario de empoderamiento con píldoras de abrazos, empatía y actitud a través de todas las capas de nuestra identidad. Del mismo modo que el planeta que habitamos, nuestra esencia también conlleva distintas capas. Es por ello que Carlos trata de comprender las suyas propias y de abrazarlas. Corteza, manto y núcleo son su recorrido ensalzando entereza y vitalidad. Desde lo más obvio y a veces superficial como el entorno, los presagios o las casualidades hasta lo más profundo e íntimo como la libertad, la ternura o los deseos, pasando por la evitación, las dudas y la supervivencia; estamos ante un viaje a nuestro centro. Con ‘Tras mis capas’ de Carlos Vera visualizamos un mundo lleno de color, pluma y apoyo que podemos alcanzar.
– AUTOR –
Filólogo y traductor. Docente por convicción desde hace quince años, escribe sobre el ser, la necesidad de compartir, de asumirse, de analizarse, de tratarse, de aceptarse y de crecer. Su escritura es un trayecto de autoconocimiento que él mismo describe como ”terapia catártica”. Cada palabra forma parte de su exploración personal, reflejando una constante búsqueda de comprensión y evolución. La enseñanza y la literatura para Carlos son actividades inseparables, por lo que sus líneas son un ciclo continuo de aprendizaje. La edición revisada de un poemario anterior conforma Tras mis capas, donde la reivindicación de la pluma es el arma primordial. Además de varios poemarios autopublicados, cuenta con el cuento ilustrado publicado en 2020 sobre diversidad familiar, ¡Me encanta mi familia! (Editorial Círculo Rojo).
– GUSTARÁ
A los lectores de poemarios que juegan con la tabla periódica de la retrospección. Será del interés de aquellos lectores que prefieren la condensación de elementos y propuestas a los mil giros narrativos de obras mucho más extensas. Tras mis capas es para todos aquellos que alguna vez se han parapetado detrás de mil escudos hasta que han llegado a la conclusión de que, llegados a determinado punto vital, no hay defensa posible que no implique desenvainar la espada. Lectura ideal para desenmascarar a los muchos que tiran la piedra y luego esconden la mano.
– NO GUSTARÁ
Por supuesto, a todos aquellos lectores que no gustan de poemarios, ya sean de los que se ciñen a las estrictas medidas de la métrica o cuentan con versos libres. Tampoco será el objetivo principal de los amantes de la novela o de aquellos que prefieren leer en diagonal a velocidad de crucero con el piloto automático, en lugar de ir desgranando conceptos e hilvanando narrativas personales. Los que se apellidan Fobos tampoco tendrán aquí su patio de recreo.
– LA FRASE
NO PARES, NO FRENES
Si decides hacer algo:
no pares, no frenes.
Llega al final;
de otro modo,
ni siquiera lo intentes.
Si decides hacer algo:
no pares, no frenes.
Quizás implique
algunas pérdidas
—o múltiples—,
cuerpos a los márgenes:
novios, amantes,
compañeros, parientes…
Culmina y llega. (sigue…)
– RESEÑA
Hoy traemos para reseñar, Tras mis capas, de Carlos Vera, pero antes de «desplumarnos» con él, querríamos comentar algo sobre el aspecto formal de la obra. En ocasiones, dejamos estos comentarios para el final y se nos pasan. Pero esta vez es de justicia exponerlo, incluso al principio del todo. La edición de la presente obra, a pesar de su aparente sencillez, es muy notable. El trabajo en todos los aspectos es muy destacable, a la altura de cualquier editorial de renombre (aunque, incluso, son estas mismas las que, en ocasiones, ofrecen terminados apresurados y de calidad cuestionable). Kabo & Bero ediciones presenta un trabajo muy bien editado, maquetado e ilustrado. El gusto por el detalle siempre es una buena noticia, en tiempos de corta/pegas, fotocopias creativas y apresuramientos de imprentas y publicaciones.
Tras mis capas, habla de la desnudez progresiva de una matrioshka que siempre trata de superponer capas antes de que el exterior pueda observar su reducida y desabrigada alma. No hace falta recordar la metáfora universal de El patito feo de Hans Christian Andersen para hacernos una idea de lo que aquí encontrarán los lectores. Aunque en nuestro juicio aquí no se habla de fealdad, sino de algo mucho más hiriente y desasosegante. El señalamiento no suele venir por ser simplemente feo, sino por algo que produce mucho más daño: ser distinto. En un mundo regentado por mayorías estadísticas, aquel que se sale del juego de los percentiles es ignorado en el mejor de los casos y, en el peor, puesto en el disparadero. Los motivos sociológicos y personales para que esto ocurra son variados y complejos, pero lo que no cambia es la división entre los que señalan con el dedo y los que son la diana de las burlas y el centro del desprecio. Las razones para este comportamiento son de toda índole: la envidia al compañero de clase o del trabajo que es más brillante que uno, el resquemor por aquel que tiene gustos personales o artísticos minoritarios, el miedo originado por aquel que tiene un credo, orientación sexual u opinión política distinta a la mayoritaria de su entorno, sociedad o círculo familiar… Aquel que, por naturaleza, o por profundas convicciones personales opta por salirse de la vía principal, es, en ocasiones, vilipendiado por sus congéneres que viven de escrutar la astilla en el ojo ajeno en lugar de atender a la viga en el propio. Algunos están siempre prestos a tirar la primera piedra, aunque tengan un cuarto oscuro lleno de pecados a sus espaldas.
En el presente poemario libre de métricas, corsés y normativas literarias, el autor hace un recorrido personal de fuera hacia adentro. Un camino jalonado de descubrimientos, rasgaduras de vestimentas, palabras que salen con un timbre de voz y que regresan tamizadas por la experiencia que da el eco devolutivo de la montaña y tantos pasos en falso como victorias tras superar los charcos más profundos. Ya decía Antonio Machado que solo recordaba la emoción de las cosas. Esa es la emoción de Carlos Vera bogando por este incierto y proceloso camino de conocimiento personal. Cual juego de la oca, el autor va de fuera hacia dentro, enroscándose progresivamente, dejándose llevar por la corriente, cayendo en casillas en las que frenarse, experimentar y seguir caminando. Si las fuerzas, el ánimo y el descubrimiento han sido suficientes, finalizará su singladura en una casilla central donde le aguarda un cisne blanco de abundante y esplendoroso plumaje.
Corteza, manto, núcleo externo y núcleo interno. Con alma expedicionaria al estilo de Otto Lidenbrock, Carlos Vera se interna a tientas en las sombras con un pequeño farol como compañero y una pluma para anotar todo lo que le rodea. Y ahí, despojado de lo mundano, se interna bajo tierra para escuchar el goteo inclemente de las cavernas, prácticamente inmutables al tiempo. Será allí, en la soledad de las sombras, donde desarrolle todo un arco de introspección que le lleve a un nuevo estado de vibración interior. En un estado de profunda reflexión como el que ya experimentó Jean Baptiste Grenouille, el autor regurgitará, cual escritura automática, un dosier de notas afines y furia contenida que al retomar al mundo compartirá con todo aquel que le preste un poco de su tiempo.
Tras mis capas, a pesar de tener formato de pasatiempo ligero, merece ser leído con la atención con la que se ha escrito. Es significativo contemplar los vaivenes que pega el autor cual curvas cerradas de las montañas rusas. Es precisamente esas subidas y bajadas lo que le da realismo a su harakiri personal. Este desentrañamiento es precisamente a lo que tiene que estar atento el lector. Sucede mucho en poco espacio. De lo literal a lo metafórico, de lo carnal a lo fraterno, de una tarde de ira a un recogimiento de peli y manta, de enarbolar el escudo de la protección a blandir el arma vengativa, de tirar piedras a recibirlas, de caer al barro a volar alto, de quedarse sin batería interior a encender la pira más luminosa de la noche.
En una sociedad que se atropella a sí misma corriendo como pollo sin cabeza y que intenta abandonar en las cunetas del camino a los que no se unen a sus discursos de masas, es importante poner atención y tiempo a todos aquellos que alzan la pluma en lugar del ladrillo. Los que son dueños de una voz experimentada en mil batallas tienen el derecho a poder colocar su mensaje muy por encima de aquellos que viven de la impostura del vocinglero envidioso de una tertulia televisiva. En muchas ocasiones la envidia corroe tanto que vacía la vida de aquellos aquejados de esta enfermedad. Y la envidia se torna en odio, y el odio en enfrentamiento. Las soluciones las tendrán que aventurar los expertos en la materia, pero de lo que sí podemos estar seguros es que enderezarse, seguir caminando recto y sobrepasar la lluvia de verduras podridas que muchas personas conservan en sus cabezas es la mejor opción. Como dijo Hunter S. Thompson «La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta: ¡Uf! ¡Vaya viajecito!». Si hay que desplumarse por el camino de la vida para llegar a dondequiera que haya que llegar, será mejor así, mejor que mantener incólume la carcasa con las plumas nuevas y sin estrenar… Además, siempre podemos contar con el comodín de llegar a ser como el Ave Fénix y volver más fuertes para pavonearse ante todo y ante todos.
Ya te dice Yoda que lo hagas o que no lo hagas, pero que no lo intentes. Se dice que es mejor morir de pie en lugar de vivir siempre arrodillado… pero ¿cuál es el precio a pagar por no rendirse?