LA CALLE DE LA MONTERA – GONZALO ARJONA – ESSTUDIO EDICIONES, 2018

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TÍTULO: LA CALLE DE LA MONTERA.

AUTOR: GONZALO ARJONA  TWITTER –  FACEBOOK – INSTAGRAM

EDITORIAL: ESSTUDIO EDICIONES – WEB

PÁGINAS: 350

¿DÓNDE COMPRARLO?:  AQUÍ

 – SINOPSIS –

Dice la leyenda que allá por los años antiguos en los que reinaba Felipe III, en una calle de Madrid vivió una charra, viuda joven y muy bella que tenía distraídos los corazones de cuantos se acercaban a su calle para verla. Dicen, que los hombres se apostaban bajo su balcón cuando salía a regar las flores, para mirarla. Y que estos hombres se disputaban las hojas secas que caían a la calle, con tal fiereza, que hubo muertos a su puerta. Dicen, que grandes del reino hicieron que se marchara y dicen, que al marcharse maldijo aquella calle diciendo que siempre a esa calle irían los hombres a buscar a las mujeres bellas. Pero es una leyenda. Esta es la historia de Isabel, viuda que se marchó de Salamanca huyendo de su belleza y en Madrid su hermosura fue su cárcel; es la historia de Blas, un viejo pícaro y borrachín que vende cuentos por los mesones; de Rodrigo, hijo bastardo de un hombre tan poderoso como el rey al que manejaba. También es la historia de una carta perdida y de una traición. En la villa y corte de Madrid, ‹‹Donde todo se compra y todo se vende, desde el amor hasta la muerte››. También es la historia de una calle, a la que el pueblo de Madrid le puso por nombre ‹‹calle de La Montera››.

 – AUTOR –

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Nací un día de mayo del año cuando mediaba el siglo pasado, en Tetuán, en Marruecos, de los amores de una algecireña morena y guapa y un jimenato alto y rubio que estuvieron repartiéndose amor desde el día que se conocieron. A los ocho años me traen a Madrid y aquí viví, crecí, estudié, trabajé y me enamoré; también me desenamoré y me volví a enamorar. De formación técnica, lector incansable y furibundo, comienzo a escribir muy joven, de aquella época no queda nada, eran cosas escritas en los cuadernos, en papeles, donde pillaba, casi todo frases, principios de historia que luego no seguía, o seguía en otro cuaderno que después perdía. Siempre en mi desorden. Es ya de mayor, cuando la vida me serena y me sujeta a la silla que decido escribir más en serio y comienzo con relatos y cuentos que comparto con grupos de escritura, eran los años 2005, 06 y 07; en 2008 publico un libro de cuentos llamado “Cuentos de medianoche”. A pesar de que el trabajo era muy absorbente, siempre saco tiempo para escribir, son las noches y las madrugadas robadas al sueño y los fines de semana los que aprovecho para escribir, siempre relatos y cuentos cortos. Después vino la etapa del trabajo en Argelia y se detiene la creación, intento escribir pero se me niegan las musas, deberían estar asustadas por el ambiente raro y claustrofóbico de aquel país difícil.
A mi regreso a España, después de seis años, retomo la escritura con fuerza, publico mi primera novela en Amazon KDP, en formato papel y digital “Cielos de Carbón”, una trepidante novela de misterio en París, con terrorismo internacional incluido. Publico por el mismo medio un mes más tarde “Siete bestias y una nube” una recopilación de relatos cortos. Mantengo activo un blog que se llama Reflejos, donde escribo periódicamente cualquier cosa que se me ocurra. Y ahora acabo de publicar mi nueva novela “La calle de la Montera”, cuyo comienzo se remonta allá por el año 2006, donde empiezo a documentarme y voy escribiendo los primeros encuadres, eligiendo lenguaje, y forma de presentar la novela. Este proyecto queda detenido durante los años argelinos y retomado de nuevo en junio de 2017, y con todo lo que tenía documentado y escrito logro terminarla el 29 de diciembre de 2017, después de muchas horas de silla y sacrificio. Hoy está editada gracias a Fussion Editorial.
La calle de La Montera es una novela costumbrista, al más puro estilo “galdosiano”… ese fue el motivo que alegaron al rechazarla en una de las editoriales a las que envié el manuscrito. Narra la historia de Isabel de las Cuevas, una mujer valiente, viuda de un teniente de los Monteros de Cámara del Rey, bellísima y muy joven, que vino a instalarse en Madrid, huyendo de la prisión en la que se había convertido su pueblo tras el fallecimiento de su marido. Es tan bella que los hombres llamados por su belleza ocupan su calle para verla y como consecuencia, las prostitutas detrás de ellos, lo que convierte aquella calle en coso de disputas y peleas y hasta de muertes. Tiene a bien la fortuna poner en manos de Isabel una carta que es vital para los planes de los enemigos del Duque de Lerma, valido del rey, que intentan derrocarle y llevarle ante la justicia por malversación, corrupción y apropiación indebida de bienes de la corona. Este hecho pone su vida en peligro.
La historia está narrada en su mayor parte por Blas, un viejo y pícaro mendigo, a un señor castellano que acompaña a sus sobrinos a Alcalá para que estudien en la universidad. Don Álvaro, el noble castellano tiene que velar toda la noche para que Blas, entre frasca y frasca de vino le relate la historia de su vida en la casa del duque de Lerma, al que sirvió y de lo que su cedió en aquella calle para que el pueblo de Madrid acabara llamándola La calle de la Montera. Blas es un pozo de sabiduría popular y lo va demostrando a lo largo de todo su relato con citas, refranes y dichos. Se educó en casa noble, pero es consciente de cuál es el sitio donde le ha tocado vivir, Tiene un alto sentido del deber y de la fidelidad hacia sus señores y no duda en poner su vida en peligro si con ello ha de salvar la de su señor. Cada personaje de esta novela tiene su porqué, nadie se queda fuera de la trama y todos son necesarios para dar cobertura a la historia, y puedo decir que me he sentido muy cómodo con ellos y son ellos y no otros los que me han guiado por los intrincados caminos de este Madrid de capa y espada, de bolsa y coleto, de envidias y amores, para encontrar la salida y poder poner fin a esta historia.

– GUSTARÁarrow-145786__340

A los aficionados a la novela histórica en cualquiera de sus vertientes. A quienes aprecian las situaciones de acción y de intriga con final previsible por la parte histórica pero incierto por la parte ficticia. Satisfará a los que disfrutan reconociendo lugares, marcos y paisajes que permanecen, aunque sea, estratificados por Chronos y cubiertos con su pátina menos etérea y más rotunda.

– NO GUSTARÁ arrow-145782__340.png 

A quienes prefieren una clara delimitación racionalista entre hechos y literatura. A los puristas del Siglo de Oro en todas sus facetas y manifestaciones, especialmente en las formas literarias, incluido el uso arcaico del lenguaje.

– LA FRASE vintage-1751222__340.png

“—Se nos fue la noche Maese Blas, y la historia sin su final.
 —Aún queda tiempo. El fin de la historia se acerca, y cuanto más cerca está más se aviva mi memoria y más se me revuelven las entrañas recordándola. Lo que pasó nos cambió la vida a todos; a unos se la mejoró, a otros nos la destrozó. Por eso es tan duro el recuerdo.”

– RESEÑAletter-576242__340.png

las-novelas-ejemplares-del-patio-de-monipodioCon esta entretenida novela histórica, Gonzalo Arjona rinde memoria a toda una época, turbulenta como tantas otras en España, y bastante desconocida para muchos estudiantes de la E.S.O. que saltan con desidiosa alegría de Felipe II “el Prudente” a Fernándo VII, «el Deseado» o «el Rey Felón», a elegir. Este último, según la canción infantil, usaba paletón, que a saber qué relación guardaba este monarca con los diente de una llave, pero esa es otra historia. El caso es que Felipe III (“El piadoso”) y Felipe IV (“El grande”) también son Historia, con mayúsculas, y reinaron en el periodo Barroco del Siglo de Oro que consagró, entre otros géneros, la muy española Novela Picaresca. El autor sitúa en la onda de Felipe III a los personajes más relevantes que darán aliento a su novela y nos harán rememorar ocasionalmente las andanzas del Licenciado Vidriera, del Lazarillo de Tomes, del Pícaro Hablador o de Monipodio y su patio, entre otros muchos.
De  los varios posibles orígenes del nombre de la actual Calle de la Montera de Madrid, Gonzalo Arjona, con acierto a nuestro parecer, se ha inclinado por el más romántico y vistoso para titular y soportar su novela. Seguramente, desde ese punto geográfico, se atisbaban en su día montes de forma singular (casi todos los montes tienen parecido a lo que al “avistador” le es grato o familiar),  o puede ser cierto que un rey, en apresurada galopada, perdiera en esa calle su prenda de cabeza. Incluso si por esa ruta iniciaban los monteros su aventura cinegética, o quedó indubitadamente documentado que allí habitó un notable apellidado “Lamontera”, nada es literariamente más atractivo y digno para nombrar a una calle que el recuerdo de una mujer bella y rompedora. Nos adentramos con facilidad en el relato y vemos que el autor sabe, en todo momento, guardar ese difícil equilibrio entre la adecuación idiomática con términos y giros propios del castellano del siglo XVII, que mantienen sumergido al lector en la atmósfera apropiada, pero en la justa medida para no hacerle precisar un diccionario “ad hoc” ni distraerle de la historia que le es narrada. La descripción de ambientes, escenarios, modas y costumbres, sigue la misma tónica y propicia una “bilocación” sin traumas intelectuales ni esfuerzos innecesarios. Se agradece la amenidad, sazonada con la porción de rigor histórico que corresponde. El conjunto da credibilidad a los personajes y a la trama.
Calle-de-la-Montera-e1448875388763En una larga noche, digna de la mejor y más locuaz Sherezade, debidamente regada con mistela, Blas desgrana la historia de su vida para los atentos oídos de don Álvaro. Todo un periplo vivencial que convierte al pícaro y truhán Blasillo adolescente, en sirviente fiel, amante proclive a variopintos tálamos, oportunista “desfacedor de entuertos” y, sobre todo, tutor comprometido y preceptor por solemne encargo. Tal es el atractivo de su narración que, en la consideración de su atento oyente y de sus sobrinos, pasa de ser un vulgar mendigo a ser tratado como maese Blas e, incluso, como Don Blas. Nada hace mella en el ánimo del atento escuchador, ni las horas de vigilia ni los denuestos y epítetos que el dueño del Mesón de la Herradura prodiga al malhadado cojo, si bien es cierto que las respuestas de este están a la altura y ponen de manifiesto la cómica relación de amor-odio entre ambos carcamales personajes.
Doña Isabel, La Montera, requiere el foco central de la novela, y lo merece, pero no resta un ardite al valor y la fuerza del resto de personajes de todo pelaje y pedigrí, históricos o ficticios, que le acompañan en la obra.  Desde el Duque de Lerma que «para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se vistió de colorado», al bravo conductor y antiguo soldado Dimas, al inefable Blas, la jacarandosa a la par que prudente y sentimental Margarita, al intrigante Don Gaspar Guzmán de Pimentel, al despreciable sicario “Tuerto” y  a todos los demás que, no citados aquí, se asoman a la narración participando con intensidad, desde sus distintos papeles y posiciones sociales.
La entretenida trama deja espacio al lector, que pueda estar interesado en seguir las huellas de los personajes por múltiples escenarios geográficos reconocibles hoy en día, si se toma la molestia de contrastar, por ejemplo, el Plano de Madrid de Pedro Teixeira con el de Google Maps, “mutatis mutandis”. Si busca la ubicación asignada por el autor a la residencia madrileña de Doña Isabel se encontrará (siempre que no cambie el negocio) con una franquicia que ofrece actualmente “pinchos” o “montaditos” a propios y extraños. Y si alguno de los personajes saliese hoy en día por la discreta calle lateral no encontraría los jardines que allí estuvieron, pero podrá comprar “tickets” para un recorrido turístico por la capital o para visitar la Consejería de Asuntos Sociales. Una vez se ha disfrutado de los lances, aventuras, intrigas, amoríos, retratos históricos y costumbristas que nos propone Gonzalo Arjona no dejamos de percibir el triste destino y magra recompensa que podía recibirse por un criado y hombre de confianza, tras años de abnegado servicio, en una época carente de “estado del bienestar”. Un abrazo, un elogio y poco más. La supervivencia habría que fiarla a la habilidad para cortar los cordones de la bolsa ajena.
Dicen que nunca segundas partes fueron buenas, pero a más de un lector le gustaría saber de la vida de Rodrigo e Isabel en las Américas o de Don Miguel de Cervera y Doña Ana en su nuevo destino. Tal vez maese Blas aún tenga mucho que ofrecer.
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