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JARDINES DEL ÁNIMA

JARDINES DEL ÁNIMA

– GUSTARÁ:
A los amantes de la poesía pulida y abrillantada, donde cada palabra tiene su lugar, su engarce y su oficio. Disfrutarán de esta obra todos aquellos que ven en los poemarios un conjunto armónico de temas y contenidos, en lugar de una concatenación de poemas de creación independiente a golpe de ocurrencia deslavazada. El presente poemario aglutina un único sentir con enjundia propia.

– NO GUSTARÁ:
Lógicamente, a aquellos que no estén interesados en la poética. Tampoco será del agrado de los lectores de poesía clásica donde la métrica y la forma es un requisito imprescindible para presentar las obras al lector.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar, Jardines del alma, del poeta cordobés y estudiante de medicina F. Javier Cárdenas García. Javier nos presenta su particular ciclo natural de abono, siembra, cuidados intensivos (y, en ocasiones, paliativos) y recolección. Nos habla desde su particular “patio de recreo” de su fecundo huerto que atraviesa con brioso tino todas las estaciones del calendario. En su quirúrgico proceso de acicalado de frutales, flores, hierbas aromáticas, boletus, tubérculos y hortalizas de toda condición, el autor va desmigando la peculiar composición de este microcosmos que tiene que amoldarse a las condiciones climatológicas (del alma del poeta) jalonadas de luces, sombras, ventiscas, tormentas y suaves brisas del sur. En el eterno e infinito girar de este invernadero el lector hallará, quizás, respuestas a la formación de los brotes de su experiencia en proporción a la dedicación y al respeto que haya prestado a la cimientos de sus raíces orgánicas. Al igual que las casas no se comienzan por el tejado, la frondosidad de las copas de los árboles son el resultado de las luchas en mil batallas diez metros más abajo.

En este poemario, el autor tamiza los temas fundamentales en los que se rige, siempre desde el mundo demudado de la naturaleza, en cualquiera de sus vertientes vegetales. Se apoya en este lugar que vive paralelo y ajeno a la crueldad del género humano para exponer sus inquietudes más hondas: el paso del tiempo, las cicatrices del camino, la furia de la incomprensión, el hastío vital, el pasado que hilvana sus tentáculos hacia el presente, la soledad del que echa la vista atrás y del valiente que pone su apuesta ganadora en el punto más lejano del horizonte. Nos habla de la soledad, de la insoportable levedad kunderiana del ser, del cambio de piel del otoño y del renacer del Ave Fénix en primavera, de las ortigas que nos rodean y circunnavegan nuestro sufrimiento, de la nostalgia y la pérdida de la memoria del niño interior, de las zarzas “maléficas” que se entretejen e impiden al príncipe Felipe llegar a tiempo para despertar a La Bella durmiente y de los sueños lisérgicos que despiertan a un alma adormecida por la rutina.

De versos bruñidos y rítmicos el poeta expone toda su cosmología como Wenceslao Fernández Florez en El bosque animado, Camilo José Cela en La colmena o el recientemente fallecido, José Luis cuerda en Amanece que no es poco. Con un hilo argumental muy original y orquestado en la metáfora del medio natural que engarza con el medio más personal e íntimo, el poeta encuentra las tan ansiadas fuentes del Nilo azul en su singladura por terrenos, a veces movedizos, a veces emotivos. Esta sinergia natural la tenemos en la famosa escena de la calabaza de Amanece que no es poco, en la reivindicación medioambiental de J.R.R. Tolkien y sus venerables Ents, o en el epílogo de la serie televisiva David el Gnomo que a algunos, todavía a día de hoy, nos sigue abriendo las compuertas del lagrimal. Desde el barbecho y la reflexión de la fuerza de las palabras, hasta la violencia del tornado tropical, F. Javier Cárdenas García, ahora con guadaña, ahora con mimo, trasplanta los esquejes de su memoria y los vuelca en una tierra fértil que espera la lluvia de un mayo venturoso. Recordemos que la mala hierba es así nombrada por aquellos que, solícitos, acuden a cercenarla para dejar paso a una belleza mayor, a un cultivo más rentable o a un espacio más despejado. Pero si les preguntáramos a ellas, a las hierbas, estamos seguros de que ellas mismas, incluso haciendo un examen de conciencia, no encontrarían su maldad por ninguna esquina.


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