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EL SARGENTO CADÁVER

EL SARGENTO CADÁVER

– GUSTARÁ:
A los que se enfrentan a las más crudas descripciones del sufrimiento y de la muerte sin pestañear. A los degustadores de cine gore que va más allá de la salsa de tomate. A los que disfrutan escudriñando situaciones inverosímiles y valorando sus facetas.

– NO GUSTARÁ:
A quienes repele el tema de la sangre y los menudillos humanos esparcidos. A quienes prefieren contemplar la complejidad de los sentimientos humanos desde un otero menos salpicado de hemoglobina. A quienes disgustan las palabras de uso no frecuente o segundas entradas del diccionario.

– LA FRASE:
“El único cuerpo que no me atreví a mover fue el del sargento. Por alguna razón aquel fiambre espeluznante ejercía en mí una poderosa atracción –sobre todo tras los incomprensibles desvaríos de Lince – como si guardase la clave esencial para dilucidar mi futuro inmediato”.

– RESEÑA:
La peor cara de la guerra, y la más truculenta, se nos presenta de golpe y porrazo en cuanto iniciamos la lectura. Un fulgurante e intenso ataque de artillería sobre una posición militar machaca, inmisericorde, a toda la guarnición. El soldado narrador sufre, impotente, la ígnea tormenta y presencia angustiado la breve agonía de su último y tronchado compañero, después cierra piadosamente los ojos del cabo Lince. Horror para todos los sentidos. Página tras página se hacen inevitables y súbitos los paralelismos con Johny cogió su fusil (soy el jefe, esto es champagne, y feliz Navidad), Adiós a las armas, El paciente inglés, Senderos de gloria y un sinfín de etcéteras de muerte de soldados al por mayor, por cientos, por miles. Masacres bélicas, literarias y fílmicas. Y hecatombes humanas reales, referenciadas en nombres de batallas como la de Verdún, más de 700.000 muertos según unos y más de 900.000 según otros, en 303 días. La escala y el balance varían, pero el drama es el mismo. Sudor, sangre, sesos y picadillo a granel. La Pachamama alimentándose insaciablemente con el jugo de sus hijos mezclado con su propia esencia, la tierra enrojecida de los campos de batalla.

El soldado protagonista narra en primera persona su vivencia, o su agonía, en su particular valle de la muerte, más colmado que el de Mel Gibson en Cuando éramos soldados, o del sanguinolento cieno digno de los campos de arroz, sin arroz, de los Jemeres Rojos de Pol Pot, en Camboya, o de los vertederos de descabezados en los rituales de Apocalypto, o de la crueldad de Hasta último hombre (también ambos films dirigidos por Mel Gibson). Encontramos guiños de hazañas guerreras individuales, de una película dentro de otra película, como Malditos bastardos. El intenso sufrimiento físico y psíquico le proyecta recuerdos de su pasado malgastado y ansias de un futuro al que no accederá. Evocaciones de infancia y juventud, de ELLA y el hijo, entrañables escenas familiares que abocan, por sublimación, al deseo de finalizar la tragedia. Sobre el drama planea, a manera de cucaracha de Gregorio Samsa, un mosquito símbolo de un microcosmos en descomposición. Resistir o rendirse, luchar por vivir o entrar en el olvido por propia mano. En medio de tanto horror entra en juego, de manera sorprendente y sorpresiva, el cadáver del sargento de su unidad, el Sargento Cadáver.

El diálogo con muertos y espíritus no es infrecuente en la literatura y en el cine incluso, según algunos videntes, médiums y teósofos, en la vida real. Si bien es verdad que no acostumbran a ser tan truculentos y desagradables como el del suboficial que nos ocupa. Estamos más acostumbrados a los diálogos de Sam y Molly, con Whoopi Goldberg por medio. También imaginamos la mesa camilla de Madame Blawatsky y evocamos la estatua del Comendador de Zorrilla. Hemos contemplado con admiración, y a veces con magnanimidad (según el intérprete), los diálogos del príncipe Hamlet con la blanca calavera del bufón Yorick en la mano. Incluso la momia de Norma (la madre de Norman Bates) nos pareció horrible, pero congruente y soportable. El Sargento Cadáver supera todos los límites y tiene todos los atributos de lo que atemoriza, repele y asquea.

Rodrigo Martínez Puerta utiliza este recurso con impactante y brutal maestría. En un escenario atroz nos describe una serie de diálogos entre el sargento y su subordinado, que abarcan un interesante abanico de temas que van desde la filosofía elemental, del ser o no ser, hasta la política internacional de bloques y las guerras geoestratégicas. No dejan sin repaso a la familia, el paso del tiempo, el espacio, la evolución de las modernas civilizaciones desde sus primeros estadios como Mesopotamia, La Hélade, Persia (mucho antes de Irán), el Imperio Romano con su conocida Pax y tantos otros eslabones de una cadena, susceptible de reventar en algún momento. El sargento, ejerciendo con propiedad su ambivalencia de padre inflexible y madre compasiva del soldado, lo azuza, lo denuesta, lo estimula. No ahorra en reproches individuales y colectivos para el subordinado. Su pasado, su país y su civilización. Le reprocha los asesinatos y violaciones cometidos en nombre de este o aquel principio moral. Le insta a resistir. Le da instrucciones técnicas y tácticas para con los atacantes y le conmina a mantenerse con dignidad marcial todo lo posible y más allá.

El lenguaje del soldado interpelado, ora poético, ora barroco, casi siempre culto y a veces solicitante de diccionario, envuelve sus reflexiones y respuestas en un aura que no disuelve la dantesca imagen de lo que acontece frente, bajo, tras y sobre él. Por el contrario, el lenguaje del sargento es directo, descarado, grosero y ofensivo, como corresponde al tópico del suboficial instructor (La chaqueta metálica). Los momentos de diálogo vesánico transitan con intermitencia entre ataques y acciones de cruda realidad carnicera. Parece lícito usar a un hombre como gusano, pinchado en un anzuelo, para atrapar a otros hombres en letal celada. Puede matarse más por miedo, error e ignorancia, o por fallos en la comunicación. Cualquier truco, o trato, es aprovechable para los más abyectos propósitos siempre que se disponga de un escorpión negro y un frasco de antídoto. Como en tantas tópicas situaciones, el plazo de una hora es resolutorio (una hora corta, la última hora, la hora de la verdad). A contrarreloj de una hora. La hora de la redención. Pero redención ¿a cambio de qué?

Ahora se vislumbra el final del final. ¿Qué puede hacer una guerrera de uniforme, incluso una chaqueta metálica y una ametralladora Browning M2 contra el blindaje reforzado de un carro de combate? (¿Recuerdan Salvar al soldado Ryan?). Hasta el rocoso Sargento Cadáver parece comprenderlo y concede algún elogio antes de enmudecer. El fugaz brillo de una supernova, a la medida, torna la situación en una estrella de neutrones y reaparece vívidamente ELLA. La rueda del destino sigue girando sin fin.


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