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EL SEÑUELO DE EL IRLANDÉS

EL SEÑUELO DE EL IRLANDÉS

– GUSTARÁ:
A todos los lectores que disfrutan con las novelas de espías cimentadas en una amplia investigación previa y que, en la medida de lo posible, pretenden plasmar la realidad lo más naturalmente posible. La presente ficción, aunque tiene todos los elementos del género, explora la parte más protocolaria y formal de la profesión y menos la parte más explosiva y hollywoodiense.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos que no tengan interés en el juego del gato del ratón y que les guste ir al meollo de la cuestión lo antes posible. Tampoco será del interés de aquellos que intenten comparar la presente novela con los clásicos de los escritores de este género, muchos de ellos exespías. A los que no les divierta que sus lecturas se ramifiquen en diferentes tramas y escenarios que puedan desnortarlos se les hará un poco cuesta arriba.

– LA FRASE:
“El meridiano Van Staner era un término que la amigas adoptaron cuando trabajaban juntas, primero en la lucha contra ETA y después en las siguientes guerras. Era un término propio, algo así como un particular código secreto. El meridiano Van Staner era un punto de no retorno. Cuando en una misión llegaban a un punto en el que la única opción era seguir adelante, entonces decían que estaban en el Meridiano Van Staner”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar: El señuelo de El Irlandés, de la escritora M. Gema Marín de la que ya reseñamos anteriormente su novela El legado de los Cohen. Ahora, en su nueva obra, nos sumerge en el alcantarillado vienés de El tercer hombre de Graham Greene pero pasando del blanco y negro de posguerra a la actual época digital del espionaje global que ha evolucionado, no solo en los métodos de indagación y detección, sino también en las causas y procesos de sus engranajes y lógicas internas. En un mundo interrelacionado la necesidad de información es cada vez mayor. Nunca antes el aleteo de una mariposa ha originado tantos terremotos al otro lado del mundo. La interdependencia de la economía, los medios de comunicación, la legislación supranacional, el flujo de personas, los diversos y cuantiosos intereses empresariales es tal que los países se blindan mediante una fuerza de cuerpos de espionaje (democráticos y supeditados a la ley, pero con márgenes de maniobrabilidad más que cuestionables) que cabalgan bajo la superficie para velar por el sueño de los ciudadanos mientras atajan las amenazas más sensibles para los intereses del estado. Así, M. Gema Marín “entra en el CESID” (que escribiera Pilar Urbano) para, dentro de aquello que se sabe o que se sospecha, tejer e hilvanar una trama que va desde lo particular, con la desaparición de un importante y célebre violín, a engrandecerse con una soterrada trama de terrorismo internacional.

La autora se ha documentado pormenorizadamente sobre esta “Casa” de los líos hasta donde ha podido y se han hecho públicos, por diversas fuentes, el contenido de lo que allí se cuece. El ahora denominado CNI se encuentra en el extrarradio de Madrid, en la salida de la carretera de La Coruña, en lo que tradicionalmente se ha denominado la Cuesta de las Perdices que fue frente de guerra en la guerra civil española. Su característico edificio de tres aspas domina un complejo enclaustrado entre las instalaciones del Hipódromo de la Zarzuela y varias urbanizaciones de lujo. Dentro, alejados de los ojos y oídos del tráfico madrileño se diseñan las tácticas y protocolos para defender la seguridad nacional de amenazas internas y externas. Allí donde los jóvenes de los años sesenta probaban sus coches recién comprados para ponerlos a prueba cuesta arriba y luego tomar el aperitivo en El Pardo, hoy en día, de una manera anodina, se encuentra un centro de investigación que saca las castañas del fuego de muchos de nosotros, sin que ni siquiera lo sepamos. (Incluso dando la vida por ello, como bien atestigua el monumento a los espías caídos en Irak).

Gema Marín ha hecho los deberes y, tras ello, ha fantaseado para rellenar los espacios vacíos a los que ningún escritor tenemos acceso. La trama, que nos expone en la novela, no dista mucho de las misiones que se podrían estar pergeñando en la realidad. Ninguna misión es secundaria y, tras la apariencia de “asuntos menores”, se hallan circunstancias de primer nivel. En el asunto de “El Irlandés” subyacen los intereses económicos del mercado negro internacional de piezas de arte que tan buenos dividendos otorga a las redes mafiosas y a los grupos terroristas (ejemplos como los de Palmira con el ISIS o los Budas de Bamiyán con los Talibanes encierran redes de financiación con la venta ilegal de antigüedades a hacendadas fortunas occidentales que miran hacia otra parte ante el expolio y los crímenes de estos grupos de fanáticos). Tampoco debemos olvidar que esta circunstancia no solo es obra de la estulticia y del fanatismo religioso contemporáneo. En la Alemania nazi el mismísimo Hermman Göring, mientras con una mano jaleaba la quema de libros y del arte degenerado contrario al Reich, con la otra atesoraba obras de arte de toda condición que “expropiaba” de los museos, principalmente franceses, para llevárselos a su residencia personal de Carinhall a escasos sesenta kilómetros de Berlín que llenó con obras de Cranach, Cezanne o Matisse. Otras fueron vendidas en el extranjero. A día de hoy, muchas han sido recuperadas y devueltas a sus emplazamientos originales, pero algunas siguen en paradero desconocido. Queda claro el lucro y el recreo al que se dan todos estos poderosos.

Pero donde hay malos, hay buenos. Y así, a lo largo de esta trepidante novela, la autora nos muestra una serie de personajes que, por distintas motivaciones, viajarán por medio mundo (literalmente) para hallar la verdad. La autora alterna la parte más formal y académica del mundo del espionaje al estilo John Le Carré, Frederick Forsyth o Robert Harris con la vertiente más ágil y cinematográfica de Ken Follet, Tom Clancy o Ian Flemming. Pero, en cualquier caso, nos muestra un mundo más sibilino, pautado, investigativo y basado en la mesura del seguimiento y método que en persecuciones en Aston Martín, numerosos encamamientos con modelos de pasarela y charletas barrocas con el malo de turno de Spectra antes de ser lanzado a los tiburones. El señuelo de El Irlandés pone más los pies en la tierra y se aleja de reiterativos fuegos de artificio y secuencias propias de un Ethan Hunt que no envejece. Dentro de la premisa del relato novelado, la autora busca la mayor verosimilitud posible dentro de la trama. (Recordemos a Mata hari que tuvo una vida de novela).

Nos encontraremos, como en la mejor tradición de novelas de espías, con un amplio elenco de personajes, viajes por muchos países que hacen volar la imaginación del lector, un sinfín de juegos de lealtades y traiciones, la colaboración interesada de los miembros de diferentes agencias de seguridad o redes clandestinas de criminales que ansían el poder mediante la desestabilización en la sombra de gobiernos y corporaciones multinacionales. Todo narrado desde la piel de unos protagonistas que son personas sencillas en tiempos revueltos. No hablamos de súper espías forzudos y armados hasta los dientes sino de personajes reflexivos, tácticos, adaptativos, estudiosos y planificadores. Ya no se entra como elefante en una cacharrería sino que, en la sesuda investigación, radica el éxito de estas misiones.

M Gema Marín ha compuesto al violín de su teclado una fábula clandestina de los tiempos que nos ha tocado vivir hoy en día y, sobre todo, ha homenajeado a hombres y mujeres (mujeres en su mayoría en el presente caso) que dan lo mejor de sí, incluso por encima de su deber, para trabajar por la libertad y la seguridad de su país.


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