-

LA CALLE DE LA MONTERA

LA CALLE DE LA MONTERA

– GUSTARÁ:
A los aficionados a la novela histórica en cualquiera de sus vertientes. A quienes aprecian las situaciones de acción y de intriga con final previsible por la parte histórica pero incierto por la parte ficticia. Satisfará a los que disfrutan reconociendo lugares, marcos y paisajes que permanecen, aunque sea, estratificados por Chronos y cubiertos su pátina menos etérea y más rotunda.

– NO GUSTARÁ:
A quienes prefieren una clara delimitación racionalista entre hechos y literatura. A los puristas del Siglo de Oro en todas sus facetas y manifestaciones, especialmente en las formas literarias, incluido el uso arcaico del lenguaje.

– LA FRASE:
“—Se nos fue la noche Maese Blas, y la historia sin su final.
—Aún queda tiempo. El fin de la historia se acerca, y cuanto más cerca está más se aviva mi memoria y más se me revuelven las entrañas recordándola. Lo que pasó nos cambió la vida a todos; a unos se la mejoró, a otros nos la destrozó. Por eso es tan duro el recuerdo.”

– RESEÑA:
Con esta entretenida novela histórica, Gonzalo Arjona rinde memoria a toda una época, turbulenta como tantas otras en España, y bastante desconocida para muchos estudiantes de la E.S.O. que saltan con desidiosa alegría de Felipe II “el Prudente” a Fernándo VII, «el Deseado» o «el Rey Felón», a elegir. Este último, según la canción infantil, usaba paletón, que a saber qué relación guardaba este monarca con los diente de una llave, pero esa es otra historia. El caso es que Felipe III (“El piadoso”) y Felipe IV (“El grande”) también son Historia, con mayúsculas, y reinaron en el periodo Barroco del Siglo de Oro que consagró, entre otros géneros, la muy española Novela Picaresca. El autor sitúa en la onda de Felipe III a los personajes más relevantes que darán aliento a su novela y nos harán rememorar ocasionalmente las andanzas del Licenciado Vidriera, del Lazarillo de Tomes, del Pícaro Hablador o de Monipodio y su patio, entre otros muchos.

De los varios posibles orígenes del nombre de la actual Calle de la Montera de Madrid, Gonzalo Arjona, con acierto a nuestro parecer, se ha inclinado por el más romántico y vistoso para titular y soportar su novela. Seguramente, desde ese punto geográfico, se atisbaban en su día montes de forma singular (casi todos los montes tienen parecido a lo que al “avistador” le es grato o familiar), o puede ser cierto que un rey, en apresurada galopada, perdiera en esa calle su prenda de cabeza. Incluso si por esa ruta iniciaban los monteros su aventura cinegética, o quedó indubitadamente documentado que allí habitó un notable apellidado “Lamontera”, nada es literariamente más atractivo y digno para nombrar a una calle que el recuerdo de una mujer bella y rompedora. Nos adentramos con facilidad en el relato y vemos que el autor sabe, en todo momento, guardar ese difícil equilibrio entre la adecuación idiomática con términos y giros propios del castellano del siglo XVII, que mantienen sumergido al lector en la atmósfera apropiada, pero en la justa medida para no hacerle precisar un diccionario “ad hoc” ni distraerle de la historia que le es narrada. La descripción de ambientes, escenarios, modas y costumbres, sigue la misma tónica y propicia una “bilocación” sin traumas intelectuales ni esfuerzos innecesarios. Se agradece la amenidad, sazonada con la porción de rigor histórico que corresponde. El conjunto da credibilidad a los personajes y a la trama.

En una larga noche, digna de la mejor y más locuaz Sherezade, debidamente regada con mistela, Blas desgrana la historia de su vida para los atentos oídos de don Álvaro. Todo un periplo vivencial que convierte al pícaro y truhán Blasillo adolescente, en sirviente fiel, amante proclive a variopintos tálamos, oportunista “desfacedor de entuertos” y, sobre todo, tutor comprometido y preceptor por solemne encargo. Tal es el atractivo de su narración que, en la consideración de su atento oyente y de sus sobrinos, pasa de ser un vulgar mendigo a ser tratado como maese Blas e, incluso, como Don Blas. Nada hace mella en el ánimo del atento escuchador, ni las horas de vigilia ni los denuestos y epítetos que el dueño del Mesón de la Herradura prodiga al malhadado cojo, si bien es cierto que las respuestas de este están a la altura y ponen de manifiesto la cómica relación de amor-odio entre ambos carcamales personajes.

Doña Isabel, La Montera, requiere el foco central de la novela, y lo merece, pero no resta un ardite al valor y la fuerza del resto de personajes de todo pelaje y pedigrí, históricos o ficticios, que le acompañan en la obra. Desde el Duque de Lerma que «para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se vistió de colorado», al bravo conductor y antiguo soldado Dimas, al inefable Blas, la jacarandosa a la par que prudente y sentimental Margarita, al intrigante Don Gaspar Guzmán de Pimentel, al despreciable sicario “Tuerto” y a todos los demás que, no citados aquí, se asoman a la narración participando con intensidad, desde sus distintos papeles y posiciones sociales.

La entretenida trama deja espacio al lector, que pueda estar interesado en seguir las huellas de los personajes por múltiples escenarios geográficos reconocibles hoy en día, si se toma la molestia de contrastar, por ejemplo, el Plano de Madrid de Pedro Teixeira con el de Google Maps, “mutatis mutandis”. Si busca la ubicación asignada por el autor a la residencia madrileña de Doña Isabel se encontrará (siempre que no cambie el negocio) con una franquicia que ofrece actualmente “pinchos” o “montaditos” a propios y extraños. Y si alguno de los personajes saliese hoy en día por la discreta calle lateral no encontraría los jardines que allí estuvieron, pero podrá comprar “tickets” para un recorrido turístico por la capital o para visitar la Consejería de Asuntos Sociales. Una vez se ha disfrutado de los lances, aventuras, intrigas, amoríos, retratos históricos y costumbristas que nos propone Gonzalo Arjona no dejamos de percibir el triste destino y magra recompensa que podía recibirse por un criado y hombre de confianza, tras años de abnegado servicio, en una época carente de “estado del bienestar”. Un abrazo, un elogio y poco más. La supervivencia habría que fiarla a la habilidad para cortar los cordones de la bolsa ajena.
Dicen que nunca segundas partes fueron buenas, pero a más de un lector le gustaría saber de la vida de Rodrigo e Isabel en las Américas o de Don Miguel de Cervera y Doña Ana en su nuevo destino. Tal vez maese Blas aún tenga mucho que ofrecer.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s