LA PALABRA PERFECTA – ANTONIO DOMINGO MUÑOZ – (AMARANTE 2017)

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TÍTULO: La palabra perfecta.
AUTOR: Antonio Domingo Muñoz.
EDITORIAL: Editorial Amarante (2017).
PÁGINAS: 303.
¿DÓNDE COMPRARLO?: Aquí
SINOPSIS:
En “La palabra perfecta”, Fran Heredia es un maestro gruñón y enamoradizo que vive escondido en un pueblo del sur hasta que le implican en el secuestro de unos niños. Acusado por un fiscal, con problemas en su escuela y forzado por una monja para que busque en la gran ciudad a los niños, descubre un país sin gobierno, donde se maquina el mayor crimen de la historia de España. Gracias a una serie de cómplices inesperados y a viejos socios que le llevan al límite, Fran se pone a prueba para luchar por la literatura, y como recompensa descubre su palabra perfecta, que puede ser, quizá, la que le salve la vida.
GUSTARÁ:
A los amantes de la literatura y a los rebeldes moderados con causa. Exaltados y panfletarios, abstenerse.
NO GUSTARÁ:
A los que son más de las sombras del tal Grey y menos de La sombra del ciprés es alargada.
RESEÑA:
¿Por qué tristemente esta novela tendrá muy complicado llegar a ser un bestseller?
a.) Porque es muy buena.
b.) Porque hay que leerla con detenimiento y atención (y esto no está de moda).
c) Porque nos enfrenta a nosotros mismos y a nuestro desapego vital.
d.) Todas las anteriores.
−Señorita, yo creo que es la “D”.
−Muy bien Mariano. Has ganado las obras completas de Ortega.
−¿Podrían ser las de Ibañez?
Antonio Domingo Muñoz (@antoniodmunoz) reza en su peana el título de Doctor en Comunicación y periodista de vocación. De profesión mensajero de palabras, de mensajes claros y desnudos. Amachambró su tesis con el aldabonazo de “el mensaje es el mensaje“. A la sombra de su profesionalidad de estricto sentido y lealtad periodística, subyace un alter ego de rebeldía por los cuatro puntos “cantinales” a ritmo de Zacapa, bulerías, trastadas de Daniel El Mochuelo, (el verdadero, no el Travieso), afrontas de Larios, guitarra soñadora y nostalgia de una tierra malagueña, que es la suya y de la que tanto habla, inventa, crea y peca de palabra, obra y remisión, a cada paso que su memoria y su pluma cabecean en el metrónomo. Hablamos de rebeldía, pero no de la que guerrea entre soflamas, porrazos, tiranteces y scratches (curioso anglicismo, que valida a la calle para suplir su verdadera traducción de la palabra: “arañazos“, pues eso es precisamente lo que hace este método de intimidación: arañar cual gato panza arriba que se ve acorralado por la sinrazón y el desespero… una verdadera fiera iría de cara y mordiendo, no amilanando al personal de soslayo… en fin) Volvemos. La rebeldía de Fran (nuestro antihéroe) es la rebeldía de la partida de dominó, de la larga charla de sobremesa en estío, del olisqueo ratonil en las librerías de segunda-mano, del desayuno en la terraza de la casa campestre familiar, de tildar el sólo. Y, sobre todo, es la rebeldía de las masas. Masas que amasan unas promesas que no siempre podrán cumplir a sus hijos. Promesas de cultura, de letras, de palabras, de Historia.
Esta novela con alma de nivola Unamuniana y cuerpo quijano, (el del Café no, el otro, el de La Mancha), no dejará indiferente al que la lea con empaque, sosiego y capacidad de análisis fuera de indubitados credos y mantras oficialistas. Está escrita en primera persona, porque no podría escribirse en ninguna otra. El tenor de la función que de Quijote riela a ratos, nos cuenta lo que le sucede de forma muy personal y sin ambages ni cortapisas. Directo a la línea de flotación, donde duele, donde sangra y donde finalmente, si no estás listo, el agua te congela, primero las piernas y luego la sesera (aquí no hay puertas para asirse). El pecio del lenguaje y la cultura española hay que sacarlo a flote entre todos. El óxido se puede limpiar (y darle esplendor), pero si falla la mentalidad de los rescatadores todos nos iremos a los más profundo de Las Marianas.
Durante este camino de expiación nos veremos las caras con personajes salidos del cráneo de Valle Inclán, que no desvelaremos en estas líneas, ya que las humorísticas situaciones que nos proporcionan son lo suficientemente buenas como para chafar aquí la función. Bogamos en esta novela por situaciones muy recientes en la política y en la sociedad española. Fran Heredia y su grupo de Sanchos (creo recordar que ninguno de ellos barrigudos, aunque sí más de una Dulcinea guerrera), viajarán desde la Andalucía de la luz, del verso de Sabina, de la genialidad circense de Isco, de la tapa y de la cerveza fría, a la capital de todos y de nadie, al cruce de arterias con colesterol, a la meseta de los malos humos, al lugar donde todo empieza de nuevo. Al lugar, al fin, donde la burocracia preserva las letras, ya sea en la RAE, en la Biblioteca Nacional, o en un Congreso de los Diputados flanqueado por montañas de escombros con una niña de abrigo rosa que intenta salvar la identidad de una nación multicolor que no se pone de acuerdo en si tirar para el centro, para la derecha o para la izquierda, pero que mientras tanto descuida que la Nada, cual recreación de La Historia Interminable de Michael Ende, se aproxima inexorablemente a su espalda.
El estilo del autor (que seguro comprobarán, ya que si han leído hasta aquí les habrá picado la curiosidad de saber qué misterios esconden las páginas de @lapalabraperfecta) va de frente y “de frenta” con el “todos y todas”, con los problemas de la educación regresiva, con la pérdida de los valores y la memoria de los ancianos, con los regionalismos y la multitraducción del esperanto al babélico, pasando por el manatí (¡ah, no, calla, que esto es un animal!… uno ya se pierde). Es un Duel of the fates del tiempo que Momo quiere recuperar de unos grises hombres poderosos que nos hacen desviar la atención del arte, las letras, la investigación y el saber, a favor del sistema imperante que marisca en nuestros bolsillos y en nuestras almas con el blackfriday, los pokemongers y demás alimañas de telecirco. Vivimos al son de una suerte densa del Ulises de James Joyce emparentada con el Cristo Versus Arizona de Camilo José Cela, en una carrera sin resuello a la búsqueda del último punto final.
En esta singladura hay golpes para todos, hay escopetas de cañones recortados (me ha venido a la mente el delirante cura de El día de la bestia de Alex de la Iglesia, que aquí se tornará en monja. No anticipemos, pero si el colofón final de esta película se encontraba en las Torres Kio, en el caso que nos ocupa, el mito se actualizará en otro parecido, pero más actual edificio, y en lugar de demonios, puede que haya ángeles, o ¿serán demonios disfrazados de ángeles?… espero que Dan Brown pueda ayudarnos). Contamos también con personajes secundarios de lujo entre la febril jungla de cristal madrileña, que ayudarán a nuestro desvalido héroe entrometido, desde el grafiterismo más antisistema al más depurado hombre de puros y moqueta. Todo este cónclave de La Colmena de Cela depurará el espíritu del protagonista para que pueda enfrentarse a la prueba final, esa que lo dejará colgado, literal y alegóricamente, de amores perdidos y venganzas a punto de consumarse.
Si eres de los que te saltas las reseñas para ver la conclusión de si te debes dejar los cuartos o no en un libro y no quieres que te cuenten rollos… pues ¡ale!… Resumiendo, SÍ, mayúsculo, rotundo, monosílabo y tildado. Lo tiene todo. Si el gran Gaspar Rosety dijo una vez “Esa final de Sudáfrica fue realmente el alquimista que el fútbol español necesitaba”, la novela de Antonio Domingo podría ser “Esa palabra perfecta fue realmente el alquimista que la literatura española necesitaba“.
Vale.

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