En el aniversario del suicidio de su hermana, Berta aparece ahorcada en su propia casa. Unos meses después, su amiga incondicional, Carlota, recibe una carta suya depositada ante notario para ser entregada tras su fallecimiento. Una carta confusa que le arranca un compromiso: sé que no me olvidarás. Casi un año después, los hechos llevan a la forense Carmela Archer a constatar las negligencias de una investigación que asumió que Berta, al igual que su hermana, se había suicidado. Con la reapertura del caso, el inspector Zalo Alonso, de la policía judicial de Lugo, se enfrenta con el reto de reconstruir un puzle de sucesos y evidencias que fueron desestimadas, y de conectar con un pasado aún más distante. Y se enfrenta también con los dilemas éticos propios de una ciudad pequeña, investigando incluso a padres de los amigos de su hija.
– AUTORA –
Áurea L. Lamela (Lugo, 1959) es psiquiatra y escribe novela negra. Hasta el momento ha publicado con Esstudio Ediciones: Red de sombras (2018), Una venganza improvisada (2021), En la carretera vieja (2024) y Sé que no me olvidarás (2025). Se desarrollan en una ciudad de provincias tan apacible desde fuera como convulsa por dentro y representativa de las ciudades de nuestro entorno sociocultural. Desde un enclave así, la autora ejerce su profesión y colabora ocasionalmente en diferentes medios. Es miembro numerario de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas (ASEMEYA).
– GUSTARÁ
Por supuesto, para todos los lectores constantes de Zalo Alonso. Estos encontrarán un nuevo caso lleno de las correrías, complejidades e investigaciones a las que nos tiene acostumbrados la autora de esta saga. También será del interés de los nuevos lectores, ya que la presente novela se puede leer, al ser autoconclusiva, de una manera independiente al resto de la saga. Sé que no me olvidarás será del gusto de aquellos lectores que agradecen que en una novela de este género haya una coordinación entre la operativa y procedimiento investigativo y la propia acción de los hechos narrados. Una novela de método, pegada a los procesos legales más reales, que agradará a aquellos que prefieren que sus lecturas se acerquen a lo que les rodea en el día a día.
– NO GUSTARÁ
A aquellos que buscan en la novela negra altas dosis de casquería, abluciones sangrientas, lenguaje soez y bajos fondos cargados de chabacanería. Sé que no me olvidarás, salvando sus momentos de más tensión, es una novela blanca y limpia que no busca abrumar desde la escenificación más escatológica. Tampoco será la lectura ideal para aquellos que prefieren el efectismo, los giros de guion con triple salto mortal y las tramas en las que todo vale. La presente novela busca acercarse más a un noticiero que a una película hiperbólica.
– LA FRASE
«¿Pero era este el caso? Más le perturbaba si fuera cierto que existiera otra maldad intrínseca en algunos individuos, que nunca se va, que es una compañera de vida, que siempre está ahí, constante y agazapada en su plenitud, esperando el momento para disfrutar ocasionando todo el dolor posible».
– RESEÑA
Bienvenidos a los experimentados lectores del inspector Zalo Alonso y la forense Carmela Archer y a los nuevos integrantes de este mundo del crimen, las mentiras, los intereses oscuros y el catálogo completo de los pecados capitales. El tiempo pasa y estos ya experimentados personajes inician su séptima aventura. Y es que, tradicionalmente, la novela negra siempre ha funcionado mejor cuando ha tenido una periodicidad por entregas, por sagas o con visos de continuidad. Esto es así porque los personajes de este tipo de género literario son más completos y quedan en mejor lugar en la retina del lector cuando son recurrentes en el tiempo. Cuando aparece un Lupin, Poirot, Marple o Holmes, el público, a cada paso que da en el conocimiento de este tipo de personajes, va desengranando su personalidad, se anticipa a su forma de razonamiento y se sitúa en su mismo plano de deducción e investigación. De esta manera, como en la presente novela con la pareja protagonista, el lector se incorpora de una manera natural a la propia narración y hace suyas las peripecias que corren, así como que empatiza en sus logros y en sus pesadumbres. Por supuesto, otra de las ventajas de este tipo de aventuras episódicas es que puedes entrar en ellas desde cualquier entrega. ¿Quién, por ejemplo, se ha leído de una manera cronológica las aventuras de Agatha Christie? Seguramente un número bastante reducido de lectores. Y es que el formato compacto, autoconclusivo y suspendido en el tiempo es el ideal para, de un lado, no tener dependencia de otras obras, al tiempo de que el lector reiterativo pueda disfrutar con las características propias del personaje que se reproducen en la obra. Sé que no me olvidarás; prosigue en el conocimiento de unos personajes y sus circunstancias, así como de unos escenarios concretos y, cada vez, más familiares, al tiempo que se exige en contarnos nuevas y enrevesadas tramas en un mundo de ficción que no deja de sorprendernos, al parecerse demasiado a la realidad de telediario que nos asola cada día.
En esta ocasión nos encontramos en una novela que investiga un pasado cercano como origen de un ovillo enmarañado del famoso dicho de que de aquellos polvos, estos lodos. Un caballo desbocado que galopa entre Lugo y Madrid, que los interconecta en el tiempo de los sucesos y en el concepto de que es casi imposible mantener por mucho tiempo los trapos sucios escondidos debajo de la alfombra. Sé que no me olvidarás, parte del, hasta recientes fechas, tabú del suicidio como disparador de la trama. Un acto que se ha considerado tradicionalmente de cobardía, que ha sido ocultado de las estadísticas y apartado del descanso eterno en los cementerios cristianos. A Dios gracias, este fenómeno ha pasado del ostracismo a su estudio clínico y su mejor o peor abordaje por las instituciones, responsables en la materia y la ciudadanía en general. La desgracia que esto conlleva en el plano familiar, ese sentirse responsable de este acto de un tercero, es la forma en la que la autora captará la atención del lector, al que le pide que esté atento, ya que no hay suicidio voluntario o «forzado» en el que no haya una compleja historia a su espalda. La punta del iceberg es el titular de prensa amarillista, pero detrás de esto se encuentra una sucesión de causas y efectos de difícil digestión. Una cruel realidad que parece ajena, pero que se asoma por cualquier grieta. Vivimos en la soledad de un mundo aparentemente hiperconectado.
Sé que no me olvidarás continúa la tónica de la saga investigativa, al tiempo que ensancha, engrandece sus contornos y hace crecer a sus personajes. De la trama no hablaremos; el lector se tendrá que conformar con la sinopsis. En un tiempo de spoilers y revelaciones, el silencio hace que la sorpresa y el interés sean mayores a cada página leída. Ingerir contenidos culturales a paladas no es una buena receta para el disfrute. La novela trata sobre las épocas oscuras que son campo de cultivo para que el arco que va de la poca intensidad de los aprovechados que ven que la ocasión se pinta calva hasta los psicópatas de alta intensidad campen a sus anchas. Es fácil ser recto, dócil, ético y de buen trato en momentos de paz y bonanza, pero cuando pintan bastos, tonto el último. Así es como la autora, fiel a su formación y experiencia profesional, analiza las raíces de la maldad y de los detonantes que la hacen abrirse paso, aun cuando parece que vive aletargada dentro de muchos individuos, aparentemente inofensivos. Nadie está a salvo ni de sí mismo. Solo un poder omnímodo es más peligroso que un poder a secas. A veces la ley es el único límite a la ética. En tiempos convulsos asoma el hombre que es un lobo para el hombre, que diría Hobbes.
La presente novela ni abraza la parte más escabrosa y escatológica de la novela negra escandinava, ni se queda en la parte más edulcorada del actual género Cozy Mistery de reciente creación y amplificación. No lanza vísceras al respetable, pero tampoco viste de etiqueta a los finados en un asesinato glamuroso en un pueblecito idílico de la campiña francesa. La nueva novela de Áurea L. Lamela gana, principalmente, en la presentación de su método investigativo. No le hace falta acudir a callejones oscuros ni bajos fondos, ni a efectos torpes de guion. La trama se acerca lo más posible a la realidad de nuestro país. Cada paso institucional, judicial, investigador, policial, metódico, etc., tiene un uso pertinente, comedido, justificativo y, salvando los permisos que toda ficción conlleva, realista. Otro aspecto a destacar es la acertada cesión del protagonismo que dota la autora a sus personajes, en lugar de enarbolar la bandera de la descripción hiperdetallada que gusta a muchos, pero que enlentece la narración y, a veces, sirve de simple enorgullecimiento para los autores. Aquí son los propios personajes los que conversan y dan vida, color y matices a toda la obra. De sus interacciones, pesquisas, posiciones retadoras, subterfugios y maquinaciones saldrá el resultado de este caso. Son estos diálogos el eje esencial para la resolución de la compleja problemática que aquí se presenta. Por eso es importante que el lector, en la medida de lo posible, tome esta obra como una lectura diaria y sostenida, ya que en caso contrario podría perderse el hilo de la narración y de los sucesos que se van entretejiendo. Un amplio plantel de personajes y de situaciones aconseja no despistarse mucho en su lectura.
Y es que, como dijo Arturo Pérez-Reverte en una de sus recientes entrevistas, el mundo es un lugar lleno de hijos de puta. Y no hay tantas personas íntegras y capacitadas para poner resistencia. Señalar al malvado y hacerle frente con todas las herramientas es una labor solo apta para unos pocos. En esta novela habitan algunos de esos pocos.