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PERROS DE PRESA

PERROS DE PRESA

https://forolibro.com/2020/10/21/perros-de-presa-jorge-ruiz-eride-editorial-2020/

– GUSTARÁ:
A los que vivieron los sesenta, la Transición y que leen el presente en clave de la herencia que llegó desde allí: desde la violencia de las calles al reciclaje de sus líderes pandilleros en actuales negocios de dudosa moralidad. Perros de presa será del interés de todo lector que guste de descripciones bien documentadas, dureza de escenas artesonadas pero realistas y creación de una atmósfera en rumbo de colisión hacia las pesadillas de aquellos que son incapaces de huir de sus antecedentes.

– NO GUSTARÁ:
A los lectores que no coincidan en intereses con la novela negra, violenta, malhablada, cruel en ocasiones y cargada de malas decisiones de personajes que de héroes no tienen ni la capa. No es una lectura amable para los que quieran fundar el club de fans oficial del protagonista al que siguen sin cuestionarse sus tropezones repetitivos con todas las piedras del camino. Perros de presa habla de una realidad, invisible a los ojos de la mayoría, pero que divierte y enriquece a una minoría salvaje que ahoga su impotencia en noches de lujuriosa violencia. 

– LA FRASE 
“Comenzaron a lanzarse mordiscos e intentar colocarse encima para morder donde podían. Algunas tarascadas el uno al otro, producían las primeras heridas, pero en un momento dado, los dos hocicos quedaron enganchados no soltando ninguno la presa, similar a cuando los boxeadores se traban uno al otro. Esa situación de impasse la resolvió el árbitro. Con sus manos enguantadas, cogió un palo, saltó al ring y lo introdujo detrás de los colmillos del Rottweiler haciendo presión para que soltara presa. Inmediatamente se separaron y comenzaron de nuevo a lanzarse mordiscos”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar: Perros de presa, del escritor Jorge Ruiz Morales. Novela negra y descorazonadora. De héroes estrellados (si es que alguna vez fueron héroes). Un torrente arrollador de subidas y caídas en picado y en desgracia.

Scorsese suele organizar el cronograma de la escaleta de sus películas con la fórmula “Subida y bajada” del mafioso protagonista de turno con la moraleja final de “¿Has visto?, todos aquellos días de vino y rosas, de poder, de exultante prepotencia, te han llevado a la muerte, a la cárcel o a la ruina”. En cambio, Jorge Ruiz elige una variante de la anterior y la transforma en una montaña rusa ya que en ningún momento el protagonista principal está en el fango, pero tampoco llega a tocar el cielo con las manos. La moraleja en el presente caso se encuentra en un incierto lugar difuso. ¿Expiará sus pecados?, el karma diría que sí. ¿Encontrará la redención al final de sus días de tropelías y malas compañías?, eso tendrá que decidirlo el lector. Que el castigo por la vida desordenada y mal aconsejada que ha llevado sea suficiente es algo que tendrá que desentrañarse en función de los valores éticos de cada uno. Unos pensarán: “que quien mal anda mal acaba” y otros, más vitalistas, concluirán: “pues que le quiten lo bailao”.

Una de las grandes virtudes de Perros de presa es la de armar una primera parte milimétricamente descriptiva de los convulsos años sesenta en Madrid. Al ritmo que el régimen franquista iba desestructurando su firme puño de hierro y comenzaban a aparecer nuevos escenarios de aparente libertad se produjo el choque de ambas realidades que tuvieron que convivir hasta la mitad de la década de los setenta. Al ansia de libertad no se le puede poner cuotas, barreras o cupos y, mientras el régimen cedía terreno, los “libertarios” lo acapararon mucho más rápido que el repliegue de los primeros. Una de las consecuencias fueron la aparición de focos de conflicto en los que se juntaron intelectuales con ansias de democracia, estudiantes adoctrinados y adoctrinadores, grupúsculos incendiarios, pandilleros con ganas de jarana y una mayoría del pueblo llano que quería un cambio sosegado. La contraparte: una élite acomodada y cercana al régimen que sin este amparo se podría quedar con el culo al aire. Y todo ello siempre con el miedo de que España estuviese abocada a una indeseable segunda Guerra Civil que, sobre todo, los más mayores no querían ni imaginarse. Esta convulsa etapa arrastra muchos daños entre aquellos que seguían avivando las llamas. Unos reivindicando libertad y otros intentando mantener el statu quo que tanto les beneficiaba. Luchas intestinas entre hermanos que se enquistan en el tiempo y afectan a los del escalafón más bajo como en el caso de Arturo Ruiz García o María Luz Nájera. Carreras por la calle de la Estrella, plaza del Callao o plaza de España. El autor nos muestra el lienzo de aquellos años que produjo, entre otros asuntos, la simiente del pandilleo, el menudeo y el navajeo, principalmente en los arrabales de la capital. Espacios abiertos, descampados, billares, guateques, marcajes de territorio y de las chicas del grupo (en un ejercicio clásico antropológico de acaparar la fuente reproductiva por pura supervivencia). Chavales disidentes de las reglas marcadas, desestructurados familiarmente de un lado pero con un fuerte sentimiento de pertenencia al grupo y al líder del mismo que reparte tareas, misiones y recompensas. Así es como muchos muchachos cayeron en desgracia al cimentar los pilares de su vida en un ambiente alejado de la cultura del esfuerzo, el respeto al prójimo y el amor por la familia. Unos tuvieron la suerte de poder salir de aquel berenjenal de odio al diferente, hedonismo de fin de semana y cortoplacismo vital, para alcanzar la fase adulta, a trompicones, pero medianamente desintoxicados. Otros no tuvieron tanta suerte y se quedaron por el camino. Pero como “quien tuvo retuvo” Carlos, el protagonista de la novela, arrastrará aquellos polvos para convertirlos en un lodazal al estilo Atrapado por su pasado (Carlito´s way, Brian de Palma, 1993).

En la segunda parte de la novela nos trasladamos del convulso sur de Madrid de los sesenta al centro financiero de la capital: Azca, Capitán Haya… Es en este momento cuando los hilos del pasado se entretejen con los del presente y aparece la tentación, que siempre vive agazapada esperando a quebrar las voluntades de los más meditabundos. En mitad de una situación personal, familiar y económica complicada el protagonista se verá sumido en un nuevo fregado, cuando ya pensaba que podría llevar su vida por el camino de la normalidad y la rutina. En este punto aparecen los perros de presa que pueden pasar por dos tipologías, los literales y los metafóricos (ya entenderá el lector en su momento a lo que nos referimos). Aquí el autor nos introduce en un mundo oscuro y salvaje de apuesta ilegales promovidas por mafias y frecuentado por lo mejor de cada casa: desde fanáticos de la violencia y la sangre hasta potentados de las cúpulas de poder (personajes muy al estilo del imaginario de Rodrigo Sorogoyen) que acuden a estos aquelarres como al palco de un estadio de fútbol o al reservado del Hipódromo. Es en este momento cuando el autor despliega una acertadísima descripción sobre las mafias de las peleas de perros y el protocolo de la propia pelea que desatará, esperamos, la ira de aquellos lectores sensibles al maltrato animal.
 
Durante este episodio que incluye grandes cantidades de dinero en efectivo en juego es donde, un aparentemente y rehabilitado protagonista, se mezcla en un “vuelco” al estilo de “La banda de Casper”. Entonces volverán los fantasmas del pasado y renacerá su entrenamiento de supervivencia de barrio en un último intento de ganarse el retiro. Pero hay que recordar lo que le ocurre a los policías cuando se acerca el día de la jubilación… Es precisamente en este último tercio de la novela cuando la narración coge carrerilla y se adentra por el thriller puramente negro y policíaco. Desde el punto de no retorno a los lomos del AVE todo se precipita. Tras un período de barbecho en el que todos intentan pasar desapercibidos gracias a mantener un perfil bajo, el pasado llama, violentamente, a la puerta. Y así, en una suerte del ¡Sálvese quien pueda!, la novela se atropella hacia el final. Un final en el que algunos pensamos que interviene demasiado la mano divina del Deus ex machina para dar carpetazo a una trama que se hubiera merecido una conclusión más redonda y elaborada (o será que, como lectores, nos hemos quedado con ganas de algo diferente para coronar la novela).

Perros de presa es una novela pegada a la calle, a sus reglas, a su lenguaje y a su particular modo de entender la pugna eterna por el territorio. Presenta a unos personajes educados en la violencia y en el fragor del camino rápido que con el paso de los años se hacen más sabios para evitar la pelea innecesaria pero más peligrosos a la hora de elegir sus nuevos objetivos. Con el tiempo el campo de batalla amplia su territorio más allá del barrio adolescente. En el presente, aquellos jóvenes desestructurados arrastran graves carencias personales, afectivas, laborales y familiares y se ven tentados a volver al ruedo. Con todo ello Jorge Ruiz ha creado una novela que toca tangencialmente la Transición española pero no ya desde los grandes titulares políticos y sociales sino desde la salvaje calle que supo reciclar a los matones de bandas de Vallecas o Carabanchel a los despachos de la Castellana. Pero aunque la mona se vista de seda…

Perros de presa es una novela que alterna una trama principal vertiginosa con otra parte más pausada, transversal y reflexiva. Cada lector será el que enjuicie el peso que lleva cada una de ellas en la narración. Si bien es verdad que a veces la novela queda pausada por enriquecimientos paralelos estos tienen el sentido de justificar las decisiones del protagonista. Por ello ni llega a ser un thriller al uso canónico ni tampoco una novela contemporánea de denuncia social sobre los abusos de las élites y los mandamases.

Aquí no hay perros solamente ladradores, ya que todos muerden ferozmente incluso sin saber a quién ni por qué.

P.D. ¡Ah!, y hasta aquí llega incluso la Reina Roja de Juan Gómez Jurado. Si es que donde no llegue Juan.


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