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EL REFUGIO DE LOS INVISIBLES

EL REFUGIO DE LOS INVISIBLES

– GUSTARÁ:
A los incondicionales de la novela negra y policíaca en cualquiera de sus variantes. A los que saborean los golpes de timón y cambios de rumbo narrativos como brega necesaria para finalizar la singladura. A quienes aprecian las situaciones de acción con la justa dosis de “casquería” y violencia como acicate. A los lectores que son capaces de “multidireccionar” su atención ante estímulos atractivos. A los que aprecian el sutil trasfondo que aportan los ambientes y paisajes reales.

– NO GUSTARÁ:
A quienes prefieren una clara y lineal disección de los personajes que incluya todos los resortes de sus biografías, incluyendo los recovecos psíquicos y psiquiátricos de segundo y tercer nivel. A los admiradores de la acción trepidante y sobresaltada, en contraposición con los anteriores, que renuncian a todo reposo narrativo. A los puristas de la descripción más “realista” de los usos, métodos y funcionamiento de servicios e instituciones públicas, aún en detrimento del interés narrativo.

– LA FRASE:
“Todo el mundo disfruta con los escándalos. Da igual la magnitud del chismorreo, sobre todo si es verdad o al menos lo parece. ¿Acaso hay algo más entretenido que ver caer al que se cree todopoderoso? ¿No es divertido ver a un triunfador pasando vergüenza públicamente? Cuando los pecados de alguien salen a la luz, la mayoría de personas no se paran a analizar si son verídicos, eso es lo de menos”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar: “El refugio de los invisibles” de Alberto Cerezuela que, en esta ocasión, se aparta del género de ensayo transitado con anterioridad y ofrece a sus lectores una novela negra. Mantiene, eso sí, un indisoluble anclaje con Almería donde sitúa el núcleo de la acción y la identidad de los protagonistas.

En los años setenta y ochenta los lectores y cinéfilos españoles se vieron sorprendidos por personajes como Pepe Carvalho (protagonista de la novela “Tatuaje”, de Manuel Vázquez Montalbán, en 1974) o Germán Areta (Alfredo Landa en “El crack” de José Luis Garci, en 1981). La novela y el cine negro, de origen foráneo, se transformaron en autóctonos para tomar carta de naturaleza en nuestro país e iniciar una trayectoria en constante ascenso hasta nuestros días. Hoy acogemos con normalidad, incluso con familiaridad, a personajes como la inspectora Reyes Martínez y los acompañamos en sus procelosos recorridos cotidianos, mientras nos mantenemos vigilantes y alerta a la espera de finales muchas veces inciertos y desconcertantes.

Una de las mejores bazas tradicionales del género consiste en que nada parezca lo que es y lo que es no se parezca a lo que se vislumbra. Además, lógicamente, de contar con las adecuadas dosis de truculencia, misterio y violencia. Al caer el telón todo debe encajar. El entusiasmo del lector adicto, y el agradecimiento en su caso, serán directamente proporcionales a la suavidad y coherencia con que se acoplen y giren las piezas y engranajes en el mecanismo final. Cualquier mínimo desajuste puede deslucir y perjudicar el conjunto. A diferencia de otros universos literarios históricos, fantásticos, románticos, aventureros o intemporales, el género negro tiende a incardinarse en escenarios contemporáneos que el propio lector o espectador puede datar no mucho más allá de las dos o tres generaciones precedentes. Un universo reconocible donde poder situarse personalmente. Un poco más atrás en el tiempo y se desdibuja “lo negro” para dar paso al “misterio”, la “intriga”, el “suspense” o el “terror”, pero ya sería otra historia. Edward G. Robinson disparando desde la cadera, o Bogart surgiendo de las sombras nos resultan tan familiares hoy como “La Dalia Negra” de James Ellroy de 1987, llevada al cine en 2006 por Brian De Palma o “Fariña” de Nacho Carretero en 2015. Todo el género negro, sin excepción, está unido por invisibles lazos y por tanto “El refugio de los invisibles” no está libre de ese cordón umbilical.

En esa confianza nos sumergimos en la novela de Alberto Cerezuela y acompañamos a sus personajes por espacios y ambientes que, en su mayor parte, resultan aparentemente muy conocidos por el autor y que, por ello, da la impresión de que hurta al lector foráneo, quizás intencionadamente, alguna descripción más extensa de ciertas localizaciones. En todo caso como los “juicios de intenciones” los carga el diablo, dejamos a la parte imaginativa y de ficción los necesarios complementos a la lectura. La trama, que está sólidamente condensada en la sinopsis, se inicia con la aparición del cadáver de una mujer en el cerro de San Cristóbal, dentro de La Alcazaba de Almería que es, según algunos, la mayor de las ciudadelas árabes construidas en España. Este monumento turístico con sus 1.430 m2 de espacios abiertos y edificaciones tiene una única puerta de acceso y es muy visitado y vigilado, constituye por tanto un lugar poco apropiado para cometer un crimen o deshacerse de un cadáver. Bajo esa premisa la inspectora Reyes Martínez y el subinspector Lucas Campillo inician la investigación. Alberto Cerezuela avanza en la narración presentándonos a sus personajes en tono reposado y convincente al tiempo que, como al azar, sitúa a algunos de ellos en su propia esfera autobiográfica y de afición. A lo largo de la novela nos hace reparar, o nos recuerda, la existencia de temas adyacentes al principal hilo conductor que pueden tener relación directa, o no, con los acontecimientos medulares. Al final el lector juzgará. De esta forma topamos con misteriosos yacimientos prehistóricos, como Los Millares; controvertidos “libelos de sangre” antijudíos, como el Santo Niño de la Guardia y otros inocentes; la enigmática desaparición de Agatha Christie el 3 de diciembre de 1926; alertas OVNI y avistamientos, contrastados o imaginarios, que suponemos apreciaría Sixto Paz; macabras actividades de asesinos en serie con o sin saco, en barrancos del horror, y otros acontecimientos inquietantes. No faltan guiños a noticias atrasadas, sucesos, o films de culto como “La semilla del diablo”. Encontramos, incluso, contundentes y dolorosas sorpresas en salas de autopsias. Estos escenarios proporcionan un atractivo mosaico para picotear con la imaginación, mientras la trama prosigue imperturbable.

Los personajes de Alberto Cerezuela se desenvuelven y entrecruzan, a veces “endogámicamente”, en lugares o situaciones que pudieran ser reales y tangibles o fruto de la fantasía. Un Castillo del Rey como refugio de recuerdos atormentados o elaboración obsesiva de deseos por cumplir. Títulos de antiguas novelas de piratas homónimas de modernos podcast que, al menos hasta ayer, aún pudimos encontrar en internet (habría que ver a Julio Verne tecleando en un ordenador el enlace que dejamos al final). A veces el autor nos hace cruzar “el charco” y aterrizamos en lugares exóticos como el Mango Tropical Café, en Miami, o el restaurante La Guarida en La Habana. Todo sea por mantener la vista sobre Héctor Coronado, Leire Domínguez, Martina Bautista o Rubén Salmerón. Ellos cenan, toman combinados tropicales, o bailan. Los lectores atentos no les quitamos el ojo de encima, a estos y a todo un amplio elenco que resultaría extenso mencionar y que, aquí o allí, también alternan y tapean con cervezas o bebidas de mayor graduación. Mientras se barajan indicios y opiniones que habrá que analizar. El autor tiene la deferencia de ir situando, muy frecuentemente, a cada interviniente con un comentario sobre su actividad, o alguna otra pista identificativa, que evita al lector tener que “relocalizarlos” páginas atrás. Es el caso opuesto a la admirada Agatha Christie que “nos obligaba” a ir al índice una y otra vez hasta familiarizarnos con sus personajes, lo que no solía ocurrir antes de la mitad de la obra.

A medida que avanzamos en la lectura nos deslizamos por una pendiente que se va haciendo progresivamente más pronunciada, donde se multiplican los actores del drama (mejor, de los dramas), y van perdiendo su grisáceo “pseudoanonimato coral” para adquirir polifacéticos protagonismos. A uno y otro lado del océano, en la trastienda, encontramos sectas y amarres, ambición, traumas, santería, pasiones desatadas, satanismo, violencia y cómo no, muerte. Toda una apasionante sinfonía macabra jalonada por letras de canciones y citas literarias sugerentes que nos acompañan mientras contemplamos la parte más oscura del alma humana y los agridulces recovecos del mundo editorial, de la medicina, de la política o de la comunicación. Ansiamos expectantes conocer los resultados, científicos y emocionales, de la investigación que lleva a cabo la resolutiva (y a veces contradictoria) inspectora Reyes Martínez, en su intento de resolver más de un trágico rompecabezas, al tiempo que compensar los desvelos del rotundo comisario Ramón Malvido. Al alcanzar la que debería ser reconfortante meta compartimos con la inspectora un torbellino de sentimientos encontrados. Las notas finales que nos deja Alberto Cerezuela, en la página 501, facilitan la suavidad de los engranajes que citamos al principio y la caída de un telón que, desearíamos, solo marcase el fin de un primer acto.

“Mientras dure la humanidad, siempre habrá invisibles en busca de refugio”.

P.D. ¿Encontraría Julio Verne atractivo este Faro del Fin del Mundo?

Reseña completa en forolibro.com


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