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TIEMPO MUERTO

TIEMPO MUERTO

– GUSTARÁ:
Principalmente a los amantes del género zombi, y de estos, a quienes busquen algún título que se diferencie del torrente de novedades editoriales que se publica sobre los No muertos en los últimos tiempos. A los lectores que sepan apreciar los cambios de rumbo o sorpresas narrativas y que se dejen llevar por las mismas.

– NO GUSTARÁ:
A los puristas del género o a aquellos que prefieren lecturas más armadas, profundas, descriptivamente pausadas y con un carácter más ambicioso. Tiempo muerto no oculta su concepción visual en su desarrollo y su carrera desbocada hacia un lugar que el autor oculta al lector adrede. Esta es la pieza fundamental de la narración que gustará o defraudará al lector. (También El bosque, de M. Night Shyamalan, es un peliculón por muy distintas razones, pero que no casa con todos los espectadores).

– LA FRASE:
“La enfermera salió de la habitación y siguió al grupo de personal médico del pasillo hasta la zona donde se realizaban las autopsias para ver con sus propios ojos lo que le había dicho el enfermero al psiquiatra. Allí encontró a un grupo bastante numeroso de trabajadores del hospital (médicos, enfermeros, celadores y auxiliares), que rodeaba a una camilla de autopsia. Se empujaban unos a otros para acercarse a mirar más de cerca”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar: Tiempo muerto, de Fran Castillo. Una novela de zombis donde lo primero que tenemos que destacar es su título. Tan aparentemente revelador en su superficie pero críptico en el fondo, (ya lo detectarán los lectores cuando lleguen a la mitad del camino). El lema promocional de la portada del libro que reza: “Podría ser otra novela cualquiera de Zombis”, hace honor a su contenido. Ciertamente, más allá de las normas del género que la mayoría de lectores asiduos a estos contenidos conocerá de sobra, la presente novela encierra un giro argumental (o plot twist que dicen ahora los modernos) que la llevará por unos originales derroteros. Esta apuesta narrativa por parte del autor será recibida por el lector con, seguramente, sensaciones encontradas, y es que cuando se rompen ciertas reglas no escritas, los resultados, al menos al principio, son algo desorientadores. En el riesgo está la fuerza de la narrativa. Caminos trillados hay muchos.

Entonces, ¿esto no es una novela de zombis? Sí que lo es, por supuesto, plenamente de zombis. Lo dicho anteriormente que no espante a los lectores del género, ya que aquí encontrarán todas las dentelladas y persecuciones que el género exige. Lo que tratamos de comentar es parecido a la sensación que tiene un espectador que ve por primera vez la película Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1996). Lo que parecía una road movie tradicional sobre la huida de unos criminales hacia la frontera mexicana se torna es un espectáculo gamberro y desinhibido de supervivencia vampírica. Al igual que el libro de Fran Castillo, la película de Robert Rodríguez guarda un as en la manga a mitad de metraje. Si en 1994 Neil Jordan adaptó de una manera brillante la Entrevista con el vampiro de Anne Rice con un ejercicio de gótico tradicional, fotografía nocturna de velas y excelente dirección artística, dos años después, Abierto hasta el amanecer rompía la flema y las formas ampulosas del vampiro seductor e intelectual para poner a plena potencia una thermomix llena de picadillos. A eso nos referimos con este Tiempo muerto de Fran Castillo; es una novela jugona, urbana, autoconsciente, sencilla y trepidante (para disfrute de un tipo concreto de lector y no tanto para los que buscan mayor profundidad en tramas y personajes). El autor, en su viaje al caos y al apocalipsis, recorre muchos de los puntos más reconocibles de Madrid con el realismo de quien va a trabajar en metro a diario y ve como el mundo se desploma a su lado. (Mención especial, buscada o no por parte del autor, acerca de la desidia que nos embarga a los urbanitas con la suerte o la desgracia de nuestros semejantes cuando las circunstancias se ponen cuesta arriba. Para las risas nos apuntamos todos inmediatamente, pero para arrimar el hombro, ¡tonto el último!).

Además de la propia narrativa zombi (y el easter egg o huevo de pascua de su segunda parte) el autor juega en paralelo con un diario científico que va desgranando las claves del suceso apocalíptico que aquí se narra, la complejidad y explicaciones del paciente cero, las consecuencias de sus imprudentes actos, el devenir de los pasos que dejan sembrada la semilla del caos, etc. Este paralelismo hará que el lector entienda de una manera global qué está ocurriendo al tiempo que sigue a una serie de personajes en su lucha por la supervivencia en un Madrid en pie de guerra y mordiscos por doquier. Y a la carrera claro está; lejos quedaron aquellos primigenios tambaleantes de George A. Romero, ahora los zombis (que han promocionado al estatus de infectados) corren como hijos del viento (véanse 28 días después, Last of us o WWZ). Aquellos desnortados, lentos y bobalicones No muertos se alzan ahora campeones de atletismo y devoradores de buffet libre de carne humana.

Todo esto leído durante la peor pandemia que ha asolado España en su historia reciente hace que la presente obra cobre una mayor relevancia en el ámbito reflexivo, tanto desde el punto de vista de aquellos que en los laboratorios juegan a ser dioses, como en cómo actuamos los ciudadanos en cuanto las circunstancias nos ponen patas arriba. Sí es cierto que la realidad no es tan peliculera como se creían algunos (aunque igual de cruel) pero la zombificación ha llegado para quedarse: desde las colas de los supermercados para atragantarse de papel higiénico, pasando por la falta de empatía conciudadana para frenar al virus, hasta la notas que algunos indeseables dejan en las puertas de sus vecinos sanitarios instándoles a que se marcharan del edificio para no infectarles. Esta es la sociedad insolidaria que hemos creado entre todos. Las consecuencias de la misma ya las estamos sufriendo. Vivimos en un mundo hiperconectado, pero le negamos la ayuda al vecino hasta que un día el olor en el rellano de la escalera es tal que llamamos a la policía. Tiempo muerto también apunta a la eterna pregunta de ¿hasta dónde seríamos capaces de llegar para salvar o proteger la vida de un ser querido? (Aquí podríamos hacer un desvelo o spoiler del final de Last of Us 1, que no haremos). En definitiva, parece que los tan apetecibles cerebros con los que tratan de alimentarse los zombis no tienen ya mucha sustancia ya que, a fuerza de egoísmo y falta de empatía, no nos queda mucho que ofrecerles; a lo mejor podían optar por la proteína vegetal, ya que muchos congéneres tienen menos neuronas que el denostado espantapájaros de El mago de Oz. Dura crítica social también podemos leer en Cell (Stephen King, 2006).

Fran Castillo nos trae una novela de puro divertimento pero con cierto poso que, sobre todo en su segunda parte, podría generar un debate acerca de cómo enmendar los errores del pasado para no tropezar con las mismas piedras del camino. Muy cinematográfica, rauda en la mayoría de escenas sin llegar a altas cotas de casquería ni repulsión, reflexiva en su contexto e interesante en la relación del elenco coral de protagonistas. Al final, como en toda obra sobre apocalipsis zombi, prima más y es mucho más interesante, la relación entre los supervivientes que la propia lucha contra los infectados. Así, mientras la serie The walking dead se ha convertido en un folletín y una parodia de sí misma que honra en poco el legado de Robert Kirkman, tenemos el estupendo Apocalipsis Z (al menos el primer libro de la trilogía) de Manel Loureiro. Son los personajes, sus decisiones, sus fracasos, sus miedos y sus rabias contenidas, lo que dan sustancia al género, y aquí creemos que Fran Castillo ha realizado una notable aportación.


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