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UN MONÓLOGO EN ASIA CENTRAL

UN MONÓLOGO EN ASIA CENTRAL

– GUSTARÁ:
A todos aquellos lectores de libros y experiencias de viajes que buscan algo distinto respecto a las rutas tradicionales que no aparecen en las portadas de los folletos de los grandes touroperadores. El presente libro será más del interés de los viajeros que de los turistas. Lectura del agrado de aquellos que disfrutan más de su mochila que de su maleta y de su saco de dormir más que de un colchón de látex. Experiencias a pie de terreno con improvisaciones, descubrimientos cotidianos y sin guía.

– NO GUSTARÁ:
A aquellos que no les interesan las experiencias de un viajero. Tampoco será del disfrute de aquellos que prefieren las guías de viaje al uso con los destinos turísticos más emblemáticos y clásicos, desdeñando las correrías personales de quienes pisan terrenos poco transitados.

– LA FRASE:
“En Sary Mogul volvimos al mismo albergue del que partimos, en el cual nos encontramos con un grupo de jóvenes israelitas con las que estuvimos hablando sobre Irán entre otras cosas. Les hizo gracia que me paseara por el país persa con una gorra que pusiera Masada en un costado. No fue una provocación, simplemente un despiste. Cuando visitamos el yacimiento arqueológico israelita, compré una visera porque se me había olvidado llevarla y el sol caía a plomo. Al darse cuenta Noe de que en Irán posiblemente no les gustaría que exhibiera un símbolo patrio judío, lo tapé porque por mucho que me gustara el pasaje histórico que envuelve a la fortaleza y el paisaje, no merece la pena discutir de forma visceral sobre lo que sucedió hace miles de años. El episodio ocurrió durante la primera guerra judeo-romana y consistió en que un puñado de judíos se atrincheró en un castillo resistiendo los envites del ejército romano. Se parece bastante a lo acontecido en Numancia y a lo que perpetran hoy en día los israelitas con el pueblo palestino, pero con los papeles invertidos”.

– RESEÑA:
Hoy traemos para reseñar, Un monólogo en Asia Central, de Pablo Eguiluz Quevedo. Un libro de viajes, de experiencias, de descubrimientos, de aprendizaje. No es solo una guía de ¿dónde comer?, ¿dónde dormir?, ¿qué visitar?, (Los diez sitios que no te puedes perder de XXXXX, qué diría el titular reclamando los clicks de los despistados usuarios). El destino: la vastísima Asia y, en concreto, un par de países que se alejan notablemente de las rutas de los grandes touroperadores pero que, históricamente, han acumulado una enorme tradición artística y cultural: Kirguistán y Uzbekistán. Nos encontramos con la sinceridad de quien nada tiene que ganar, ni convencer ni vender un producto, ya que el único rédito es el de su propia experiencia. Un monólogo en Asia Central es la radiográfica personal de quien vive una cita con los anhelos más profundos en los ojos del que siempre tiene puesta la mirada en el horizonte. Alejados de los circuitos tradiciones se encuentran lugares que no tienen marcada la X en su mapa: Osh, Sary Mogul, las montañas Alai, Margilón, Kokand, Samarcanda, Bukhara, Khiva o Nukus. En todas ellas, el viajero, con la capacidad de sorpresa que acompaña al niño en sus primeros años de vida, descubre matices a cada paso y los pone en contraposición con su vida cotidiana del occidente más materialista, capitalista y raudo.

El narrador recorre, geográfica e históricamente, cada paso que da. Relatado en primera persona, el lector se podrá hacer una completa composición de lugar acerca de toda la experiencia vital que contemplan sus ojos. El tono es sencillo, natural y desprovisto de la impostura que, en ocasiones, arrastran otras publicaciones similares donde la extenuante búsqueda del dato lo copa todo. Aquí, en cambio, Pablo Eguiluz mostrará un elegante equilibro entre la parte más puramente cultural e histórica y la personal, por donde transita con maestría. También, el valor y el aporte del detalle cotidiano humanizan la lectura. Lo grande se engarza con lo pequeño; de esa naturalidad, de quien viaja con la mente abierta y la mochila ligera se puede recopilar una serie de vivencias que van más allá de los destinos visitados. El lector podrá descubrir contrastes y diferentes modos de vivir, de relacionarse y de solucionar los problemas de sociedades que están alejadas de los “cánones” del mundo capitalista occidental. El temor del turista “tipo” de viajar por estas rutas viene muchas veces condicionado bien, por los dictados de las grandes empresas turísticas con la imagen que dan de unos lugares y de cómo silencian otros, o bien por el propio miedo arquetípico del que huye de las diferencias culturales de sociedades que no le son afines. Un monólogo en Asia Central permite al lector trazar la comparativa entre su forma de vida y la de otros pueblos. Como ya han dicho muchos autores de una u otra forma, el nacionalismo excluyente, el racismo o la xenofobia se curan viajando. Desechar la idea de que “lo nuestro” es lo mejor es la única manera de empatizar con el nuevo entorno y con sus pobladores. Es por esta razón por la que viajar no es solamente una cita cultural o gastronómica, sino una manera directa de aprender del entorno y de enriquecerse interiormente. Conoceremos el influjo de la Ruta de la seda, del colonialismo occidental, del poderío de la antigua Unión soviética y de la pugna en el campo de batalla en el devenir de estos pueblos hasta el mismo presente.

El viaje es un microcosmos en sí mismo de la propia vida. Desde la partida al regreso, el viajero se pone a prueba, sortea peligros, crea vínculos con lo que le rodea, supera sus miedos afrontando el devenir de los caóticos acontecimientos diarios, se adapta al medio y a sus posibilidades, aprende aquellas herramientas que le serán de utilidad e interactúa con todo aquello que le fortalece en el aprendizaje. A mayor conocimiento de lo que nos rodea, mejor será el trato con los demás y con uno mismo. Un monólogo en Asia Central de Pablo Eguiluz Quevedo es un ejercicio de honestidad y respeto con las culturas que son visitadas. El viajero escucha y aprende, no impone doctrinas ni hace proselitismo de su causa. Y todo ello lo vivimos en la primera persona de un diario de campaña que se va ensanchando al ritmo del calendario. Lejos quedó la tradición medieval del Hic sunt dracones (aquí hay dragones) donde en los primeros mapas terráqueos trazados por la mano del hombre se indicaba que, en las zonas inexploradas, existían monstruos y terribles criaturas marinas. Pero los dragones salieron de los mapas para instalarse en la mente de las personas. En definitiva, el miedo se cura viajando.


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