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LA PIEDRA CAÍDA DEL PARAÍSO

LA PIEDRA CAÍDA DEL PARAÍSO

– GUSTARÁ:
A los que les hacen los ojos chiribitas en cuanto ven impresas palabras como cátaros, templarios, pasadizos secretos, crisopeya, grial, etc. Lectores que gustan de misterios y leyendas que conjugan presente, pasado y futuro de aventuras y personajes dinámicos en busca de su propio lugar en el mundo de los mitos y las conspiraciones.

– NO GUSTARÁ:
A los partidarios de las novelas históricas despojadas, en lo posible, de elementos controvertibles o fantásticos. A los que prefieren los cabos atados, y bien atados, antes de avanzar por ramificaciones de incierto final donde el deus ex machina asoma sus garras dentro de la narrativa más sorpresiva.

– LA FRASE:
“Esta piedra es la esmeralda de luz de la que hablan las leyendas del grial –manifiesta con la voz entrecortada-. Su poder es ilimitado, lo que cuentan todas esas historias es cierto, yo he podido comprobarlo. Si quisiera, sería capaz de convertir el peor de los desiertos en un vergel o llenar toda esta sala de oro en un santiamén. Te enseñaré a utilizarla, será tuya si algún día yo muero”.

– RESEÑA:
El hallazgo de dos cadáveres de extrañas características y, junto a ellos, una cruz occitana de oro purísimo (24 kilates y 9 decimales de pureza, cinco más que la pieza denominada Plate 42C obtenida en 1957) es el pistoletazo de salida para una compleja y rocambolesca investigación policial. La trama de la novela nos dará a conocer una galería de personajes, de variopintos pelajes y condiciones, que tejen, destejen y entretejen sus personalidades y relaciones, mientras nos conducen por sendas de altibajos narrativos en el seguimiento de sus peripecias. Abraham Aguilar Ruiz nos marca un camino señalado con migas de pan, más agradable, digestible y transitable que las tradicionales piedrecitas, pero menos estable y duradero. Así que, cuando algún pajarillo con apetito engulle alguna miguita antes de nuestro paso, nos despista al dejar tramos vacíos que echamos en falta en nuestra ruta. Algunas tramas caen en vía muerta y otras construyen sus propias ramificaciones para seguir adelante contra viento y marea. La parte más sólida e incólume son las descripciones geográficas, sean rurales o urbanas, paisajísticas o arquitectónicas, que ponen de manifiesto el interés del autor por situar adecuadamente, al lector no conocedor, en el escenario apropiado. También las pinceladas sobre antiguas creencias, herejías, persecuciones o, incluso, acontecimientos bélicos y revolucionarios, que resultan más dramáticos por su proximidad en el tiempo, ayudan al lector apresurado a ahorrar energías en consultas externas para centrarse en la dinámica de los hechos que se le presentan.

Si nos dejamos llevar de forma célere por la narrativa aventurera, vivaz e intrigante, que se nos propone, podemos disfrutar de una lectura fácil y entretenida que nos llevará de un tirón de los enigmas a las soluciones, proporcionándonos un agradable pasatiempo. Pero si fijamos inquisitivamente nuestra atención en algún hueco de la ruta marcada, puede que nos salgamos del camino y entremos en un laberinto de inquietantes preguntas. Encontramos que la mayoría de los personajes, que son tan diversos como profesores, coleccionistas, policías, religiosos, ladrones, criados, sicarios, opositores y campesinos, tienen en el fondo un rasgo común: todos albergan en su interior una peculiar forma de comprometerse con el bien o con el mal, según su propio criterio moral, que suele estar “fuera de norma”. ¿Con cuánto estoicismo y resignación puede soportar una madre la separación brusca, egoísta e injusta de un hijo? ¿Cómo contemplar la tortura de un amante secuestrado (o de un secuestrado que deviene en amante) sin intentar ponerle fin por cualquier medio? ¿Cómo un inflexible seguidor del ascetismo y el celibato puede caer en la tentación del adulterio y la infidelidad? ¿Puede un individuo someter a un repentino “secuestro exprés”, con violación incluida, a su propia novia y después pretender que nada grave haya pasado? ¿Puede la víctima de la violación plantearse, siquiera por un momento, la continuidad de la relación? ¿En qué breve transición temporal pasa un abuelo de desear la muerte de su nieto adoptivo, a nombrarle heredero universal y depositario de sus más recónditos secretos? ¿Está en manos de un policía profesional, serio y responsable el “juicio” y la “penitencia” de uno o múltiples delitos, y de los infractores o delincuentes? ¿Cuántos médicos pueden confluir en el descuido de sus obligaciones legales por compromisos de amistad? ¿Deviene un honorable catedrático en aventurero, a lo Indiana Jones, por causa de su amor a la historia y a un probable reconocimiento académico? ¿Hasta dónde puede llegar la lealtad y la ignorancia de lo delictivo de un servidor, o servidora, en relación con los actos del amo?

El lector tendrá que elegir y decidirse bien por abstrusas y tormentosas reflexiones, o seguir el camino marcado por el autor, que lo llevará a un divertimento entretenido, placentero y sencillo. A veces, muy a nuestro pesar, reparamos en la minuciosidad con que se cuentan pepitas de oro, sin mayor peso aparente en la novela, en contraposición con la ausencia del “manual de usuario”, del catalizador, del milagroso protagonista, o de la falta de una florida descripción de liturgias y rituales tan del gusto de los aficionados a lo esotérico o al género de espada, superstición y brujería. En todo caso, con miguitas o sin ellas, da que pensar en las consecuencias que en pleno siglo XXI tendría la confesión pública de un templario, un esenio, o un cátaro, en el Speakers’ Corner de Hyde Park de Londres. Tendemos a pensar que, en un mundo tan materialista y deshumanizado como en el que vivimos, pasaría totalmente desapercibido ante la indiferencia del público. Aunque también podría ocurrir que fuera víctima de una moderna lapidación o se le encumbrase como líder político o influencer. Otra cosa sería la subasta en Sotheby´s, debidamente publicitada, de unos manuscritos de Qumrán o de una esmeralda del tesoro de Salomón, autentificados y certificados por expertos. No digamos ya, si nos muestran por la tele “la partícula de Dios” que los científicos prefieren denominar Bosón de Higgs (y que ya pudimos ver en las correrías de Robert Langdon por Roma y el Vaticano).

Durante la atenta lectura, página tras página, evidenciamos la realidad de que obras como la presente nos recuerdan que los hombres pasan y las leyendas, con mayor o menor poso histórico, permanecen. Eso la hace irresistible.


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