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EL TIEMPO ESTÁ PRÓXIMO

EL TIEMPO ESTÁ PRÓXIMO

– GUSTARÁ:
A aquellos lectores amantes del riesgo narrativo, de la originalidad de planteamientos, de la valentía de los autores, de los discursos en caminos no trillados y de los personajes expuestos al límite de la cordura, que arrastran con ellos al lector en una vía de sentido único. Esta obra es para los amantes de las cápsulas concentradas de mensajes potentes que originan caldos sabrosos de ingredientes de lo más variopinto. Una cayena mezclada en su justa medida hace apretar los dientes durante la lectura y entender la medida de la negrura que habita en ciertas almas perdidas.

– NO GUSTARÁ:
A los lectores más clásicos, ortodoxos y menos versátiles. A los que las aventuras las prefieren realizar sobre las rodadas de otros caminantes y no se quieren aventurar en la frondosidad de lo desconocido. Noel Pérez Brey ejerce de maestro de ceremonias de un “desconcierto” hecho a su medida del que no todos tendrán el oído aguzado para bajar al barro y enfrentarse a sus propios fantasmas.

– LA FRASE:
“Pronto anochecería. Ernest apuró la cerveza y, sin apenas moverse del asiento, cogió otra lata del frigorífico. Bebió, con los ojos atentos a la calle. No sabía cuanto tiempo llevaba esperando. Se restregó los ojos con la manga del pijama, bostezando, estirándose de la silla, y después se levantó y enderezó la espalda. Sujetó la escopeta sobre los hombros con ambos brazos, y giró el tronco a un lado y a otro, luego, murmurando entre dientes, se volvió a sentar. Entonces, al fondo de la calle, apreció un chico que caminaba en dirección a su casa. Y de inmediato, Ernest reconoció a aquel malnacido”.

– RESEÑA:
Hoy traemos a reseñar lo que es, seguramente, una de las mejores rarezas que ha caído en nuestras manos en lo últimos tiempos. Noel Pérez Brey, con apellido de expresidente y de aspecto facial muy parecido al también escritor de lo oscuro Joe Hill, nos trae un trampantojo narrativo, una furia apocalíptica interior, un rugir de tripas en ayunas que tratan de morder cual Carpanta famélico a todos los que se acercan a sus páginas. Sin pudor, sin medida y sin pedir perdón el autor nos bosqueja una cegadora posmodernidad que asusta no por lo escabroso o escatológico de sus escenas, si no por lo que se desprende de las mismas. La misma locura hace cola en el supermercado de la esquina para, en un sorteo azaroso, darle un empellón al que menos se lo espera.

El libro comienza con una portada que el lector en general, sin entrar en el contenido de la obra, calificará de anodina. Entrando en su posible significado, aunque será el autor el más indicado para darnos una respuesta a sus intenciones de puesta en escena, observamos a nueve individuos que coinciden en cantidad con el número de relatos de la presente obra. Vemos un lugar atemporal, gris, urbano y aséptico, donde los mencionados nueve personajes se mueven en una única dirección, embebidos en su cotidianidad, carente de lógica, orden y concierto. Estas nueve almas se dirigen, seguramente, hacia un lugar agreste, indefinido, hostil, impúdico, quizás apocalíptico. Hablamos de nueve, pero podrían ser diez; un carrito de bebé es empujado por un padre. En esta platea ni los más libres de pecado estarán fuera del alcance de ser devorados por una sociedad que exige cada vez más sacrificios para sobrevivir, enfrentando a los individuos desnortados, acomplejados y manipulados a una suerte de piélago bullente de entelequias, disquisiciones vagas y discursos caducos.

Noel Pérez Brey aterriza sin escalas en un terreno casi desconocido a bordo de su Apolo 11 particular. Es el relato o el cuento el que, en muchas ocasiones, no ha sabido reivindicarse. Vilipendiado por pensarse que se circunscribe, únicamente, a aquellos autores que no han sabido o no han podido llegar al sagrado mundo de la novela, pero que por el camino han querido dejar su impronta y su pensamiento en unas cuantas páginas, no muchas. En cambio, los hercúleos y pantagruélicos volúmenes de cientos de páginas han sido adorados como si el peso afectase al contenido. Es precisamente en la magia de la idea, de la concreción narrativa, de la apuesta por lo directo y vertebrador, lo que hace del cuento o relato su acierto. En el imaginario colectivo siempre se encuentran en lo más alto los cuentos de Andersen, Perrault o los hermanos Grimm, entre otros; y es justamente allí, en ese espacio maleable de apariencia inocente e infantil pero con un esqueleto de moraleja cruel, visceral, grotesca y fuertemente didáctica donde se encuentra el lugar en el que varias generaciones han forjado sus sueños, han despejado sus miedos y han sido avisados del carroñero mundo de la edad adulta. Pero no solamente ahí quedaría el encanto, el interés y el renombre de esta modalidad narrativa; ¿Qué sería del atento del lector si le privásemos de La caída de casa Usher de Edgar Allan Poe, de La metamorfosis de Franz Kafka, de La llamada de Cthulhu de H.P. Lovecraft, de La tristeza de Anton Chejov, de El capote de Nikolai Gogol, de A la deriva de Horacio Quiroga, de La lotería de Shirley Jackson, de Los muertos de James Joyce, de La balsa de Stephen King o de No hay camino al paraíso de Charles Bukowski? La medida, la dificultad y la trascendencia del relato es única y personal y no debe entrar en colisión con otras obras de mayor extensión. Al igual que un enfermero ama su profesión y no quiere ser médico. Cada mochuelo a su olivo y Dios en la de todos.

Desde Forolibro siempre hemos reflexionado sobre la gran dificultad de las obras publicadas en forma de relatos o cuentos. Mientras la lectura de una novela será olvidada por el lector, casi siempre dejará un poso de al menos un par de líneas de la trama, aunque pasen muchos años o sea soterrada en la memoria por lecturas más afines. La dificultad de la colección de relatos radica en que la propia estructura narrativa hace que el lector se introduzca por un espacio tan breve de tiempo en él, que cuando va entrando en calor finaliza la lectura para volver a realizar el mismo proceso de nuevo. Esto ocasiona que la atención de deslavace y se disuelva; pasa también con una batería de chistes, con los capítulos de series de final cerrado, etc. La lectura deja un sabor tan múltiple, una orgía de ideas tan nebulosa que, en ocasiones, como hemos hecho algunos, subrayamos a lápiz en algunas colecciones de relatos clásicos de varios autores, cuáles nos han gustado más. Pero Noel guarda un pequeño as en la manga. Pequeño según se mire. Aquí no se trata se individualizar por escrito fogonazos que le dan a un escritor en puntos y apartes. Aquí tenemos un hilo, que no se deja ver claramente, pero que acompaña todos los relatos de principio a final de la lectura. Una conducción que permite el nexo de unión entre realidades aparentemente diferentes pero como ya verán, o mejor dicho, leerán, dota a toda la obra de una cabalgadura con un fin y un destino medido, tasado y organizado. Descubran de lo que hablamos, ahí, repetimos, está la clave de esta obra.

Respecto a la temática de los relatos y al propio estilo del autor, y relacionado con lo mencionado anteriormente, es mejor no adentrarnos en profundidad, será mejor que el lector sea el que lo descubra. El tiempo está próximo no busca tematizar y uniformar sus relatos de un mismo discurso. No son de terror, pero lo hay, no son de ciencia-ficción, pero la encuentra, no son negros, pero hay negrura. En este compendio imaginativo de almas perdidas, sueños frustrados, maquinaria mental que no funciona correctamente, individuos alienados, perdidos, sometidos, displicentes y agónicos, se mueve el autor desde su atalaya contemporánea para ofrecernos un menú largo y estrecho, metafórico, luctuoso de llanto espiritual y encharcado de las huellas que deja la confrontación entre las rarezas, la heterodoxia y las escenas que, siendo corrientes, se tratan con realismo y dureza a partes iguales. La mortalidad que hace humanos a los personajes, también les hace responsables de sus destinos.

Marcel Proust nos habló de su magdalena personal para adentrarnos en su memoria olfativa de la niñez, a la que todos volvemos periódicamente para sentirnos seguros dándole sentido a esta vida de sinsabores. Noel Pérez Brey nos esconde la magdalena y no nos la devolverá hasta que transitemos por sus nueve círculos del infierno de Dante. A las puertas del paraíso, puede, con suerte, que nos deje marchar en paz. Mientras tanto, seremos esclavos de sus designios.


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